La segunda Administración de Donald Trump empezó con más mujeres en puestos de máximo poder que la primera. Sin embargo, en apenas un año y medio de mandato, la representación femenina se ha reducido a la mitad. Ocho mujeres llegaron a ocupar puestos (equivalentes al nivel de los ministerios españoles) y hoy sólo quedan cuatro: la secretaria de Educación, Linda McMahon, la secretaria de Agricultura, Brooke Rollins, la administradora de las Pequeñas Empresas, Kelly Loeffler, y la jefa del Gabinete, Susan Wiles. Son cuatro de 23 puestos, es decir, el 17,4%, según los datos del Centro para las Mujeres Estadounidenses y la Política (CAWP) del Instituto Eagleton de Política de la Universidad de Rutgers.
La representación femenina de la Administración Trump llegó a alcanzar el 35%. Pero durante este 2026 ha habido una suerte de espantada. La primera fue Kristi Noem, secretaria de Seguridad Nacional, que fue despedida en marzo y sustituida por el senador Markwayne Mullin. Después, en plena polémica por el caso Epstein, llegó el turno a la fiscal general Pam Bondi, destituida en abril y reemplazada por Todd Blanche. Asimismo, abril se llevó la cabeza de la secretaria de Trabajo, Lori Chavez-DeRemer, cuyo puesto fue asumido por Keith Sonderling. En mayo, anunció su salida “por motivos personales” Tulsi Gabbard, la directora de la Inteligencia Nacional. Su sucesor ha sido un hombre, Aaron Lukas.

A una velocidad “sin precedentes”
Para Kelly Dittmar, profesora asociada de Ciencias Políticas en Rutgers-Camden, y directora de investigación del CAWP, la velocidad de la pérdida de representación femenina sí es excepcional. “No tiene precedentes”, explica a Artículo14 por videoconferencia. “Hay que poner la cifra de cuatro en perspectiva. Para encontrar un nivel similar, hay que remontarse a la primera Administración de George W. Bush, cuando llegó a haber tres mujeres entre 21 miembros de Gabinete, alrededor del 14%“, contextualiza la experta. Asimismo, añade que el actual “17,4% de Trump es también prácticamente el mínimo alcanzado durante su primer mandato, cuando llegó al 17%”.
“De hecho, empezamos con más”, pues la segunda Administración Trump arrancó con una presencia femenina mayor (ocho mujeres), de modo que la caída ha resultado mucho más pronunciada, reduciéndose a la mitad. “Desde luego, no vimos ese nivel de desgaste en los dos gobiernos demócratas anteriores“, asevera Dittmar.

La salida de Karoline Leavitt, anunciada esta semana para finales de agosto, amplía el simbolismo de la tendencia. Aunque la portavoz de la Casa Blanca no forma parte de los 23 puestos que el CAWP contabiliza como el equivalente a nuestro Consejo de Ministros, sí aparece entre las mujeres que ocupan puestos de alto nivel en la oficina ejecutiva del presidente. Trump todavía no ha anunciado quién la sustituirá y en las quinielas, de momento, hay tanto hombres como mujeres.
En cuanto a si en EE UU aún hay techos de cristal y ciertos ministerios todavía son considerados “de hombres”, la politóloga señala que los estereotipos sobre las áreas en las que las mujeres son consideradas expertas continúan influyendo en los nombramientos. Por ejemplo, EE UU nunca ha tenido una mujer al frente del Departamento de Defensa. De acuerdo con Dittmar, existiría una explicación estructural, “históricamente ha habido menos mujeres en las carreras militares que alimentan el principal vivero de candidatos para ese puesto”, responde. Y aunque esa tendencia comenzaba a cambiar, la Administración Trump “ha adoptado un enfoque más agresivo, apartando a mujeres del liderazgo militar y de puestos de combate”.
La “remasculinización” del Departamento de Guerra
“Sin duda, se ha producido una tendencia evidente, lo que podríamos llamar una ‘remasculinización’ de este departamento bajo este Gobierno“, indica Dittmar, para quien las políticas impulsadas por el secretario de Defensa, Pete Hegseth, han reducido el espacio de las mujeres lo que puede tener implicaciones futuras. “Eso podría tener consecuencias a largo plazo a la hora de conseguir que una mujer llegue a dirigir este departamento”, contextualiza.

Como contraste, la experta apunta a Sanidad como el área donde históricamente más mujeres han ejercido el cargo, en línea con la percepción pública de que “las mujeres cuentan con mayor experiencia en asuntos de educación, familia o sanidad, mientras que en defensa y seguridad persiste el estereotipo de que los hombres tienen más preparación”.
Pero no todo es un retroceso en la política estadounidense. La experta subraya que las mujeres continúan avanzando y rompiendo techos de cristal en los cargos electos. “Actualmente hay un récord de 14 gobernadoras entre los 50 estados, y el número de mujeres que aspiran a esos puestos en el próximo ciclo electoral también marca un máximo“. En el Congreso, en las próximas elecciones de noviembre de mitad de mandato, “podría mantener o superar los récords recientes”, avanza Dittmar.
Sin coste político para Trump
Y es que la diferencia reside en quién decide las nominaciones. “Es importante quién realiza el nombramiento”, resume Dittmar, para quien la Administración Trump y el Partido Republicano han dejado claro que “la diversidad no constituye una prioridad. No es en absoluto una prioridad”. Al contrario, la oposición a las políticas de diversidad, equidad e inclusión -DEI- ha convertido la representación demográfica en un asunto político. La politóloga distingue entre el rechazo explícito al liderazgo femenino, “minoritario incluso entre el electorado republicano”, y un rechazo más extendido a cualquier “política que priorice la representación por cuotas, por considerarla contraria a la meritocracia”.

Así, bajo esta Administración, lo cierto es que la pérdida de la mitad de las mujeres en el gabinete “no genera ningún coste político para Trump entre sus votantes”.
Para Dittmar, el propio Partido Republicano arrastra una infraestructura de apoyo mucho más débil que el Partido Demócrata para promover candidaturas femeninas, tanto en financiación como en reclutamiento, la que perpetúa la brecha entre ambos partidos. La formación conservadora continúa siendo “un bastión de resistencia”, donde el actual énfasis en la masculinidad como estándar del poder político dificulta aún más el avance de las mujeres.
