Cumbre del G7

La diplomacia palaciega, la fórmula para tener a Trump en la mesa de negociación

De Huis ten Bosch a Versalles, los aliados de Washington han aprendido que la mejor forma de asegurarse la presencia del presidente estadounidense es ofrecerle el escenario que más le seduce

Trump brigitte
Los Macron dan la bienvenida a Donald Trump al Palacio de Versalles
EFE

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, llegó el lunes a Evian para participar en la cumbre del G7 y milagrosamente ha permanecido hasta este miércoles en Francia. No estaba garantizado. En los días previos al encuentro, circuló la posibilidad de que Trump repitiera la jugada del G7 de Canadá del año pasado, cuando abandonó la reunión antes de tiempo. Varios mandatarios se quedaron sin bilaterales y las conclusiones quedaron afeadas por tamaña ausencia.

La solución la encontró Emmanuel Macron en el lugar más obvio para quien conoce al personaje: el Palacio de Versalles.

“El presidente francés, que resulta ser un hombre muy amable, me ha invitado a cenar en Versalles”, declaró Trump el martes en los márgenes de la cumbre, con visible satisfacción. “Versalles no es oro de imitación, es lo auténtico”, exclamó el magnate republicano sobre el icónico palacio. No sorprende ver al inquilino de la Casa Blanca hablando de este metal precioso, el mismo hombre que ha llenado el Despacho Oval de querubines dorados, águilas de oro y apliques de pan de oro.

El rey Midas de la Casa Blanca

En la Avenida Pensilvania 1600, han desaparecido las plantas verdes, que han sido sustituidas por urnas doradas. Las sobrias molduras de las puertas cedieron el paso a ángeles áureos. Las paredes del Ala Oeste tienen ahora ornamentos de estilo rococó.

Donald Trump junto al secretario general de la OTAN, Mark Rutte, en el Despacho Oval de la Casa Blanca
EFE/EPA/AARON SCHWARTZ

El Despacho Oval se ha convertido en el clímax de esta estética: espejos barrocos, lámparas doradas, elementos decorativos de oro en la repisa de la mítica chimenea. Es más, el polémico salón de baile que Trump construye en el jardín de la Casa Blanca, está directamente inspirado en el Salón de los Espejos de Versalles, precisamente donde fue invitado a cenar el miércoles por la noche. Su huella en la residencia presidencial es la que ha dejado ya en sus propiedades privadas, desde la Torre Trump en la Quinta Avenida hasta su residencia en Mar-a-Lago.

Los precursores de la estrategia

La corona neerlandesa fue la primera en descifrar esta clave diplomática. El año pasado, había una enorme tensión entre los aliados de la OTAN por el gasto en Defensa y las amenazas de Trump. Así, el rey Guillermo Alejandro y la reina Máxima pusieron a disposición de Trump un ala exclusiva del Palacio Huis ten Bosch, su residencia oficial, construida en el siglo XVII y decorada en estilo barroco. El contraste con el precedente era muy llamativo, cuando Barack Obama asistió a la Cumbre de Seguridad Nuclear de 2014 en Países Bajos, se alojó en un hotel.

También Trump fue uno de los protagonistas de la cena de gala celebrada en el Oranjezaal, el Salón Naranja del palacio, una joya barroca del siglo XVII. La experta en etiqueta Reinildis van Ditzhuyzen explicó entonces que “a los republicanos, en particular, les encanta el glamour de una casa real. Trump ha visto mucho, pero el ambiente de un palacio es único”.

Lo cierto es que a pesar de las fricciones, Trump llegó a la reunión con los líderes de la OTAN de muy buen humor tras su noche en Palacio. “El día comienza en los hermosos Países Bajos. El rey y la reina son personas hermosas y espectaculares”, indicó el propio mandatario en sus redes sociales en junio. “¡Nuestra reunión durante el desayuno fue estupenda!”, exclamó antes de partir hacia la cumbre.

La apuesta de Macron

Macron ha aplicado el mismo principio en Evian, con Versalles como anzuelo. El Elíseo ha presentado la cena como un acto de trabajo “sobrio” para conmemorar los 250 años de la independencia estadounidense, subrayando el papel histórico de Francia en ese proceso: fue en Versalles donde Luis XVI recibió a Benjamin Franklin en 1778 y donde se firmó el tratado de independencia en 1783. Una justificación histórica para tapar la motivación práctica, también: garantizar que Trump “se quede hasta el final, en palabras del propio Macron.

El propio Trump reconoció que la cena le obligaría a salir de Francia a una hora avanzada de la noche, después de haber celebrado ya su 80 cumpleaños con un espectáculo de Artes Marciales Mixtas en los jardines de la Casa Blanca. “De todas formas, no soy de los que duermen mucho”, respondió con una sonrisa.

Pero en Francia, la operación ha generado críticas. Incluso la opinión pública se pregunta cuánto costará agasajar a Trump en Versalles, pues además de la cena y el servicio, estaba programado un espectáculo de luz y sonido en los jardines reales, así como fuegos artificiales.

Jean-Luc Mélenchon, candidato de la izquierda radical a las presidenciales de 2027, protestó en X: “Hay que aprender definitivamente a vivir sin Trump”. Es más, Macron ha tenido que defender la cena ante la opinión pública francesa, que ve en el gesto una forma de rendir pleitesía a un líder controvertido.

La fórmula, con todo, funciona. Cuando la diplomacia tradicional no garantiza la presencia de Trump en la mesa, un palacio con suficiente oro suele conseguirlo.