Los 80 de Trump

Trump cumple 80: el privilegio masculino de envejecer sin dejar de mandar

Mientras la Casa Blanca certifica el excelente estado de salud de Trump, numerosas investigaciones muestran que las mujeres pagan un precio mucho más alto cuando cuando envejecen en puestos de poder

Trump cumple 80
Los hematomas maquillados del presidente de EE UU, Donald Trump
Efe/KiloyCuarto

Donald Trump cumple este domingo 80 años envuelto en una singularidad que probablemente habría resultado impensable hace unas décadas. Nunca había habido tantas fotografías capaces de mostrar hasta el último detalle del envejecimiento de un dirigente político y nunca un hombre de esa edad había llegado a la Casa Blanca con un discurso tan decidido sobre su propia fortaleza.

Cada aparición pública multiplica los análisis. Se observa cómo baja las escaleras del avión presidencial, la fuerza del apretón de manos, el paso, la voz, el equilibrio o su manera de parecer que dormita mientras escucha. Los fotógrafos amplían hasta el infinito los hematomas que aparecen sobre el dorso de su mano derecha o la hinchazón de sus tobillos. La Casa Blanca responde con informes médicos rigurosos. El doctor Sean Barbabella certificó recientemente que el presidente mantiene una función cardíaca, pulmonar y neurológica excelente, que supera las pruebas cognitivas y que se encuentra plenamente capacitado para ejercer el cargo. Incluso las explicaciones sobre la insuficiencia venosa crónica diagnosticada este año insistían en que se trata de una dolencia frecuente en personas mayores y sin repercusión sobre su capacidad para gobernar.

¿Y si Trump fuese mujer?

¿Podría una mujer de 80 años exhibir exactamente los mismos hábitos y signos físicos sin que se pusiera en duda su liderazgo? En este sentido, Trump nos ofrece un experimento sociológico extraordinario. Su cuerpo envejece delante de cientos de cámaras, pero su autoridad política no se resiente. Las arrugas, el sobrepeso, los movimientos más lentos o las inevitables limitaciones de la edad no parecen desgastar una imagen de fuerza cuidadosamente construida. Se podría decir que el deterioro incluso engrandece al personaje. En el imaginario colectivo aparece como un superviviente, un patriarca que continúa resistiendo.

Trump
El presidente de EE UU, Donald Trump, en el Despacho Oval
Efe

Con las mujeres ocurre algo muy distinto. Numerosos estudios sobre edadismo coinciden en describir un fenómeno conocido como doble rasero del envejecimiento. Ellos ganan experiencia. Ellas pierden juventud. Ellos acumulan autoridad. Ellas comienzan a desaparecer.
Harvard Business Review resumía recientemente esta paradoja con una idea demoledora: las mujeres que ocupan puestos de liderazgo parecen no tener nunca la edad adecuada. Cuando son jóvenes se las considera inexpertas. Cuando envejecen empiezan a ser percibidas como rígidas, desconectadas o poco adaptables. El margen de tolerancia es mucho más estrecho que el reservado a sus colegas masculinos.

El achaque imperdonable

La historia política reciente ofrece numerosos ejemplos. La neumonía que sufrió Hillary Clinton durante la campaña presidencial de 2016 abrió durante semanas un debate nacional sobre su estado físico. Nancy Pelosi lleva años soportando comentarios constantes sobre su edad, muy superiores a los dirigidos contra dirigentes masculinos de generaciones similares. Incluso Kamala Harris ha visto cómo su imagen, su expresión facial o su lenguaje corporal eran objeto de un análisis desproporcionado respecto al aplicado a la mayoría de los hombres.

Kamala
Kamala Harris durante un acto de campaña en Las Vegas
Efe

No se trata de negar que la edad importa. Importa para todos, pero no significa lo mismo según quién envejezca. Incluso la estadística es contradictoria. Las mujeres viven más que los hombres prácticamente en todos los países desarrollados. En Estados Unidos, la esperanza de vida femenina supera ya los 81 años, frente a algo más de 76 para los hombres. En Europa sucede exactamente lo mismo y España continúa figurando entre los países más longevos del mundo. Si ellas viven más, cabría esperar encontrar muchas más mujeres ejerciendo el poder a los 80 años.

Las arrugas suman autoridad (a ellos)

Basta mirar alrededor para comprobar que ocurre justamente lo contrario. Los hombres octogenarios y nonagenarios siguen ocupando las cimas de la política, las finanzas o los grandes conglomerados empresariales con naturalidad. Trump gobierna Estados Unidos. Warren Buffett continúa siendo una referencia absoluta para los mercados. Rupert Murdoch sigue influyendo decisivamente en uno de los mayores imperios mediáticos del planeta. George Soros mantiene una enorme capacidad de influencia política y filantrópica. Bernie Sanders continúa llenando auditorios.

Costaría mucho elaborar una lista equivalente de mujeres. Nancy Pelosi constituye una excepción política. Jane Fonda mantiene una influencia cultural extraordinaria. Gloria Steinem continúa siendo una autoridad intelectual para varias generaciones de feministas. Martha Stewart ha convertido su edad en parte de su propia marca personal. Isabel Allende conserva un enorme prestigio literario. En España, la actriz Lola Herrera o Paloma O’Shea, presidenta de la Escuela Superior de Música Reina Sofía, nonagenarias sin intención de jubilarse.

Pero todas ellas aparecen casi como excepciones admirables, no como representantes de una generación que sigue ocupando el centro del poder. Los datos ayudan a entender por qué. Las mujeres representan aproximadamente una cuarta parte de los parlamentarios del mundo. Solo alrededor de uno de cada diez grandes grupos empresariales estadounidenses está dirigido por una mujer. Y aunque cada vez llegan más a los consejos de administración, la igualdad en los puestos ejecutivos más altos sigue proyectándose varias décadas hacia el futuro.

Existe además un fenómeno cultural. El hombre poderoso ha aprendido a convertir las señales del envejecimiento en símbolos de prestigio. Las canas hablan de experiencia y las arrugas transmiten conocimiento. Incluso cierto cansancio físico puede interpretarse como el desgaste propio de quien ha soportado grandes responsabilidades. La mujer, en cambio, ha sido educada bajo la obligación de parecer siempre joven. La edad no aumenta su prestigio, más bien amenaza su visibilidad.

Volviendo a Trump, es extraordinario que un hombre de 80 años gobierne la primera potencia mundial, pero su envejecimiento nos obliga a preguntarnos quién tiene realmente derecho a hacerse viejo delante de todos sin perder autoridad. La respuesta es claramente en masculino.

TAGS DE ESTA NOTICIA