1986 puede parecer una fecha muy lejana. 40 años después, además de la tragedia humana y la catástrofe medioambiental, lo que nos queda de Chernóbil es la gestión de la verdad y la propaganda de Estado del gobierno de la Unión Soviética. Cuando estalló aquel reactor, el control de la información se centró en proteger la reputación geopolítica de la URSS y el mito de su infalibilidad tecnológica. Y también en encontrar cuanto antes a un responsable. Desde el primer momento, el poder soviético tenía muy claro a quién iba a señalar.
Boris Shcherbina presidía la comisión gubernamental que investigó el accidente. En agosto de 1986, la explicación que la URSS presentó en Viena ante el Organismo Internacional de Energía Atómica cargaba la responsabilidad sobre los operarios y despachaba de pasada los defectos del reactor. Shcherbina sabía que no era toda la verdad. Unas semanas antes, ante el Politburó, había reconocido que los reactores RBMK no cumplían los requisitos modernos de seguridad y había señalado también al ministerio y a los diseñadores. Esa parte no salió de aquella sala. Un año después, un tribunal condenó a seis responsables de la central, con diez años para el director, el ingeniero jefe y el subjefe. Dos de los hombres que manejaban el reactor aquella noche ya habían muerto por la radiación. Hizo falta un informe internacional de 1992 para dar la vuelta a la tesis y señalar el diseño del reactor y una cultura de seguridad deficiente, más que a los operarios, como los primeros eslabones que fallaron.
Óscar Puente ha vivido dos accidentes en menos de diez meses. En Adamuz, el 18 de enero, murieron 46 personas. Aquella noche habló de un accidente “tremendamente extraño” en un tramo recto, con la vía en perfecto estado y renovada con 700 millones. Esa cifra bajó después a 189, y tampoco era exacta. La causa se atribuyó a la rotura de una soldadura en el carril. Cuando las familias le pidieron la dimisión, respondió: “Yo no he soldado el raíl”.

El miércoles 28 de octubre, en Urda, murieron 69 personas. A las 9:40 el ministro estaba en el centro de control de Atocha. Antes de las tres de la tarde, en rueda de prensa, ya apuntaba a un posible error humano en ese centro. En esa misma comparecencia admitió, según publica El Español, que el sistema de seguridad LZB acumula 170 fallos este año, y lo situó dentro de la “normalidad europea”.
Los hechos conocidos apuntan a un fallo en el centro de control. A las 8:30 cayó el LZB en un tramo de 63 kilómetros y los trenes se detuvieron. A las 8:48 el Iryo avisó de que no podía reanudar la marcha y, según las reconstrucciones, Atocha no actuó. Lo que es un hecho es que los controladores llevaban años denunciando caídas del sistema, los maquinistas advirtiendo sobre los problemas del entorno digital y los sindicatos alertando de la precariedad de nuestra alta velocidad.

Chernóbil nos enseñó que la versión de parte con la que el poder intoxica en las primeras horas rara vez es la que sobrevive. En la URSS tardó seis años en caer. 40 años después en España serán como siempre la prensa libre y los jueces independientes quienes cuenten lo que realmente sucedió. Por supuesto Oscar Puente sigue en su puesto. No le asiste ni la humildad de dimitir ni la dignidad de reconocer que, si en última instancia falló el eslabón, antes falló la cadena.

