Llega Halloween y, con él, los escaparates y catálogosen los que personajes fantásticos, profesiones y figuras populares aparecen en versiones muy distintas según estén dirigidas a hombres o a mujeres. Mientras muchos disfraces masculinos apuestan por el terror, la fuerza o la fantasía, las propuestas femeninas incorporan con frecuencia faldas cortas, escotes, corsés y prendas ajustadas. Enfermeras, policías, colegialas o personajes de ficción se convierten así en versiones “sexy” en las que la apariencia y la exposición del cuerpo ocupan un lugar central.
Para Carolina Pulido Castro, socióloga y educadora social, consultora en políticas de género e infancia y experta en violencias y masculinidades, esta asimetría no es un simple detalle comercial, sino que refleja estereotipos de género que siguen presentes en la sociedad. La experta, socia fundadora de la Asociación para la Investigación e Intervención Social Lumbra, advierte de que estos modelos transmiten mensajes diferentes sobre cómo deben comportarse mujeres y hombres y sobre el lugar que deben ocupar.
A ellas, para ser observadas; a ellos, para actuar
“Los roles y estereotipos de género se construyen a través de los mensajes que la sociedad transmite a niñas y niños sobre cómo deben comportarse, relacionarse con su entorno y ocupar el espacio”, explica Pulido. Los disfraces son, a su juicio, un ejemplo de que, pese a los avances en igualdad, siguen reproduciéndose modelos diferentes para unas y otros.
“A las niñas se les sigue transmitiendo que una parte importante de su valor tiene que ver con su apariencia, con gustar y con resultar atractivas, o con el cuidado de los demás. A los niños, en cambio, se les ofrecen más modelos vinculados a la acción, la fuerza, el poder y la capacidad de hacer cosas. Es decir, a ellas se las educa más para ser observadas y a ellos para actuar y ser protagonistas”.
Esta división no se limita a la oferta de disfraces. También aparece en los catálogos de ropa infantil, donde, como señala la socióloga, las camisetas de los niños suelen mostrar dinosaurios, coches o superhéroes, mientras que en las de las niñas abundan los corazones, los unicornios o los animales domésticos. No se trata de que unos dibujos sean mejores que otros, sino de que la oferta comercial delimita desde edades tempranas qué intereses, comportamientos y aspiraciones parecen apropiados para cada sexo.

Una sexualización que no empieza en Halloween
La hipersexualización de los disfraces femeninos no surge de manera aislada ni responde únicamente a una estrategia comercial para las fiestas. Forma parte de una cultura que ha vinculado la feminidad con la belleza, la apariencia y la aprobación externa. Esa asociación se reproduce a través de la publicidad, la moda, el entretenimiento y los mensajes cotidianos que transmiten qué se espera de las mujeres y cómo deben presentarse ante los demás.
En los catálogos de Halloween, esta lógica se traduce en la transformación de personajes de profesiones, figuras de autoridad o criaturas fantásticas en versiones sexualizadas. El personaje deja de ser el centro del disfraz y su representación pasa a estar condicionada por una estética que prioriza el atractivo físico que poco tienen que ver con la caracterización original..
Para Pulido, esta presión tiene raíces mucho más tempranas. La socióloga explica que los mensajes sobre la importancia de la apariencia comienzan en la infancia y se acumulan a través de experiencias cotidianas. A las niñas se les suele reconocer más su aspecto físico, mientras que a los niños se les valoran sus habilidades y capacidades. Una diferencia que contribuye a construir identidades distintas y a situar la apariencia femenina en el centro de la valoración social.
“Hay que distinguir, eso sí, entre disfrutar de la ropa o querer sentirse guapa e imponer la apariencia como una obligación o una medida del propio valor”, señala Pulido. “El problema no es que las niñas quieran estar guapas, sino que aprendan que tienen que estarlo para ser aceptadas, reconocidas o valoradas”. Una presión que, añade, puede afectar a su autoestima, su seguridad y la libertad con la que construyen su identidad.
El disfraz nunca es una justificación para el acoso
La hipersexualización de algunos disfraces conecta con una cuestión que va más allá de la oferta comercial: la persistencia de una cultura que utiliza la ropa y la apariencia de las mujeres para cuestionar sus límites o relativizar las agresiones. Durante celebraciones como Halloween, el contexto festivo no altera el derecho de cada persona a decidir sobre su propio cuerpo ni convierte un atuendo en una invitación a recibir comentarios, insistencias o contactos no consentidos.
“Seguimos arrastrando una cultura que tiende a culpabilizar y responsabilizar a las víctimas en lugar de poner el foco en los agresores. La ropa, el disfraz, el grado de desnudez o la actitud de una mujer se utilizan todavía como elementos para cuestionar sus límites, relativizar una agresión o trasladar parte de la responsabilidad a quien la sufre”, denuncia Pulido.

La socióloga recuerda que existe una doble vara de medir: mientras la vestimenta de las mujeres se interpreta como una señal que algunos hombres utilizan para justificar determinados comportamientos, pocas veces se cuestiona por qué hay quienes creen tener derecho a invadir su espacio físico o sexual.
“Hay que dejar algo muy claro: vestirse de una determinada manera no es una invitación al acoso, igual que disfrazarse de un personaje sexualizado no significa renunciar al derecho a decidir sobre el propio cuerpo. El consentimiento no se presupone por la ropa, por el contexto festivo, por haber salido de fiesta o por estar bailando”.
Desplazar el foco: de la autoprotección a la responsabilidad colectiva
La responsabilidad de prevenir las agresiones tampoco puede recaer sobre las mujeres. Pensar qué ropa ponerse, organizar cómo regresar a casa, decidir con quién salir o avisar al llegar son estrategias que muchas incorporan a sus planes de ocio. Sin embargo, estas medidas no deben convertirse en una condición para disfrutar de los espacios públicos ni sustituir la obligación colectiva de prevenir y combatir las conductas de quienes ejercen violencia.
Pulido describe una desigualdad significativa en la forma en que mujeres y hombres experimentan el ocio nocturno. Mientras que para muchos hombres salir de fiesta consiste fundamentalmente en decidir dónde ir, con quién quedar y cuánto tiempo quedarse, para muchas mujeres esas decisiones van acompañadas de una planificación preventiva constante.
“Es una forma de violencia sutil que no siempre se materializa en una agresión concreta, pero que tiene consecuencias muy reales: condiciona la libertad, la autonomía y el disfrute de las mujeres. Estamos hablando de una limitación de derechos que se produce incluso antes de que ocurra cualquier episodio de violencia”.
La socióloga reclama que l as campañas de prevención amplíeen su foco y se dirijan también a los posibles agresores y a su entorno. Los protocolos y los recursos de atención son necesarios, pero no bastan si no van acompañados de formación para identificar el acoso, atender a las víctimas sin cuestionar su relato e intervenir ante comportamientos que suelen normalizarse.
“Y hay algo especialmente injusto: hemos normalizado que sean las mujeres quienes tengan que desarrollar estrategias permanentes para reducir el riesgo de sufrir una agresión, como si la responsabilidad de garantizar su seguridad recayera sobre ellas. Las recomendaciones de aurroprotección pueden ser útiles en determinadas circunstancias, pero nunca deben sustituir a la obligación colectiva de prevenir las agresiones y actuar contra quienes las ejercen”.
Su conclusióon es clara: “No podemos aceptar que la libertad de las mujeres dependa de su capacidad para anticiparse a la violencia de otros. Salir, divertirse, bailar, beber, volver solas o vestir como quieran debería ser compatible con hacerlo sin miedo”.
Si algo de lo que has leído te ha removido o sospechas que alguien de tu entorno puede estar en una relación de violencia puedes llamar al 016, el teléfono que atiende a las víctimas de todas las violencias machistas. Es gratuito, accesible para personas con discapacidad auditiva o de habla y atiende en 53 idiomas. No deja rastro en la factura, pero debes borrar la llamada del terminal telefónico. También puedes ponerte en contacto a través del correo 016-online@igualdad.gob.es o por WhatsApp en el número 600 000 016. No estás sola.

