En la casa Marialar todavía recuerdan la llegada de una mujer con la cara y el cuerpo marcados por cicatrices. Su pareja la había acuchillado. Yuliana, nombre ficticio, me explica el caso como una de esas imágenes que cuesta olvidar. Pero en un recurso de acogida para mujeres víctimas de violencia machista, las heridas visibles son solo una parte de la historia. Hay otras que tardan mucho más en aparecer y que no se curan simplemente poniendo distancia con el agresor.
La casa Marialar, gestionada por Cáritas Barcelona y Suara Cooperativa, acoge a 18 mujeres cuya vida está en riesgo. Cerca del 80% llegan derivadas del Ayuntamiento de Barcelona. Muchas tienen hijos pequeños, que están con ellas en la casa, una treintena en total. Es un edificio de varias plantas donde reina una armonía delicada. Estancias limpias, ordenadas y luminosas con muebles sencillos. Hay varios rincones con juguetes, un patio en el último piso y una pequeña ludoteca donde se puede imaginar a los más pequeños jugando en un día de lluvia.
Pero es una armonía frágil. Cuando las mujeres consiguen huir del agresor, no siempre sienten el alivio que imaginamos desde fuera. Después de vivir durante meses o años soterradas en la violencia, llega el momento de bajar la guardia y entonces se derrumban.
“El cuerpo ha de poder relajarse, dormir y estabilizar las hormonas, porque llegan en un estado de hiper alerta”, asegura Elisabeth Luque, directora de la casa. Aparecen el insomnio, las cefaleas, las crisis de ansiedad y, en ocasiones, la desconexión de la realidad. Las profesionales lo llaman la bajada al infierno. Hay mujeres que no consiguen atender sus necesidades básicas o que, en un momento de desbordamiento, son incapaces de cuidar de sus hijos.

“Es importante entender que estas mujeres no están enfermas ni son disfuncionales”, asegura Luque. “Han vivido situaciones extremas. Necesitan tiempo, seguridad y acompañamiento para empezar a reconstruirse”.
En Marialar conviven dos recursos. Montseny es la casa de urgencia, donde las mujeres llegan en los momentos más críticos. La atención es permanente y existe una intensa vida comunitaria. La estancia media es de tres meses. Después, cuando las mujeres recuperan cierta estabilidad y empiezan a imaginar un futuro distinto, pueden pasar a Gavines, un recurso de mayor autonomía. Allí viven en pequeños apartamentos con zonas comunes y comienzan a recuperar hábitos, vínculos y proyectos. Algunas necesitan aprender castellano, otras manejarse en el mundo o encontrar trabajo. Pero no todas carecen de formación. Entre las supervivientes ha habido mujeres que ejercían como juezas o doctoras. La violencia no distingue de formación, profesión ni clase social. Los dos recursos cuentan con un equipo profesional 24 horas al día, siete días a la semana. Es una de las obras sociales más desconocidas de Cáritas, que intenta darlas a conocer a través de la campaña “Más de lo que crees”.
El objetivo en la casa Marialar es que las mujeres recuperen su autonomía, para ello las necesidades básicas de las supervivientes y sus hijos están cubiertas, pero el camino está lleno de obstáculos. La vivienda es inaccesible y las cargas familiares dificultan encontrar un empleo compatible con los horarios escolares.

A esas dificultades materiales se suma otra menos visible: la violencia aprendida. Después de haber vivido durante años en un entorno donde los gritos, las humillaciones o las amenazas formaban parte de la convivencia, algunas supervivientes reproducen esas conductas. En consecuencia, paradójicamente, pueden aparecer comportamientos violentos entre las mujeres acogidas. Compartir espacios, convivir con otras familias y gestionar la frustración no es sencillo, aun menos cuando una llega emocionalmente devastada.
En Marialar trabajan la comunicación no violenta y la reparación. Las líneas rojas existen, pero el objetivo no es castigar, sino ayudar a reconocer el daño causado y encontrar otra manera de relacionarse. Romper el patrón de la violencia exige un trabajo consciente, individual y colectivo.
La experiencia de Yuliana, nombre ficticio, permite entender esa mezcla de fortaleza y agotamiento. Su expareja la menospreciaba, boicoteaba cualquier plan que emprendiera y la hacía sentir culpable cuando reaccionaba airada a sus provocaciones. “Es toda una vida en la que una es la culpable del todo”, explica. En la última fase, la violencia psicológica se tornó también física.

Cuando decidió marcharse, lo único que se llevó fue ropa para su hijo pequeño. El mayor, que a raíz de la crisis vive solo, arrastra una depresión, dice Yuliana, producto de la violencia vivida en casa. Habían llegado a España desde Perú, donde permanece su familia, y nunca imaginó que acabaría necesitando un recurso de acogida. “Yo estudié, tenía buen trabajo, me sentía poderosa y hay un momento que te ves más que abajo. Eso me creó mucha angustia”, asegura.
Ahora intenta reconstruir su vida mientras encadena visitas con psicólogos, profesionales sociales, abogados y educadoras. Está agradecida por la ayuda, pero siente que no avanza. Quiere tener una vivienda donde reunir a sus hijos y recuperar una vida familiar que la violencia ha fragmentado. “Siento que esto fue una bomba que nos separó a todos para todos lados”. Lo dice serena.
Por eso ha decidido que no cambiará a su hijo de colegio, aunque eso implique entrar en la zona de riesgo, la zona donde vive el agresor. “Sé que de puertas afuera le gusta dar la imagen de padre perfecto. Estoy segura de que no me va a hacer nada.”, asegura.
Esto le podría generar complicaciones a Yuliana. Los cuerpos policiales, aunque cada vez están más formados en violencia de género, todavía arrastran un enfoque de cuestionamiento de la víctima. Pero una mujer que ha huido de su hogar, cuando se estabiliza, querrá ver a su vecina, a su amiga, o volver a las paradas del mercado donde compraba. Pero la recuperación de los vínculos con la vida anterior puede acabar utilizándose para poner en duda la vivencia de la superviviente.

Yuliana está meditando si denunciar a su agresor o no. La decisión no resulta sencilla. A pesar de la violencia, los hijos pueden querer a su padre y responsabilizar a la madre de la ruptura. A eso se añade el miedo, la incertidumbre económica y, en su caso, la pérdida del trabajo y la documentación. La salida de la violencia no es una línea recta.
Lo que motiva a Yuliana es que sus hijos crezcan sin normalizar la violencia. “Yo quiero reinventarme. No quiero pasar nunca más por otra violencia, psicológica ni física. Quiero ser el reflejo para mis hijos y aprender de esta experiencia”, dice.
No sabe todavía cómo será su futuro, pero empieza a reconocerse capaz de hacer cosas que durante años le hicieron creer que no podía hacer. También ha encontrado algo inesperado. “Lo mejor es la red de amigas que te haces. Identificar que hay muchas que están viviendo lo mismo que tú, ver que no eres la única, y el apoyo mutuo, la red que se teje entre nosotras”, cuenta Yuliana. “Si llegué aquí, es por algo. Tenía que vivirlo. ¿Por qué? Todavía no sé por qué.” Cualquier recuperación pasa por encontrarle un sentido a lo vivido, pienso mientras me marcho.
Si algo de lo que has leído te ha removido o sospechas que alguien de tu entorno puede estar en una relación de violencia puedes llamar al 016, el teléfono que atiende a las víctimas de todas las violencias machistas. Es gratuito, accesible para personas con discapacidad auditiva o de habla y atiende en 53 idiomas. No deja rastro en la factura, pero debes borrar la llamada del terminal telefónico. También puedes ponerte en contacto a través del correo 016-online@igualdad.gob.es o por WhatsApp en el número 600 000 016. No estás sola.

