Opinión

Leonor: diamante y kryptonita en una España que descarrila

OVIEDO, 23/10/2026.- La princesa Leonor y el rey Felipe VI durante la ceremonia de entrega de los Premios Princesa de Asturias que se celebra este viernes en el Teatro Campoamor de Oviedo. EFE/Ballesteros.
La princesa Leonor y el rey Felipe VI durante la ceremonia de entrega de los Premios Princesa de Asturias. EFE/Ballesteros.
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Durante la carrera, mi profesor de Historia del Pensamiento Filosófico y Científico formuló una de las mejores definiciones de Filosofía que conozco: “Una forma de situarse ética y estéticamente ante el mundo”. Ello ha hecho que, de manera instintiva o con un rápido ensamblaje de raciocinio y emociones —la inteligencia emocional—, al estudiar la historia o a lo largo de mi vida, sienta inclinación por determinados movimientos ideológicos o culturales, por corrientes culturales o por unos estilos de música; y en sentido contrario, siento aversión por otros tantos. Ya sea a través de filmaciones históricas, documentos periodísticos o en vivo, al observar a muchedumbres reivindicativas, oír su ideario, ver el aspecto de sus integrantes y analizar su comportamiento, tengo claro mi posicionamiento a favor o en contra.

La épica del Movimiento de los derechos civiles de EEUU, con Martin Luther King a la cabeza, me hace levantarme y aplaudir, tanto por lo que representó como por las imágenes del bando contrario: una caterva de hombres y mujeres airados y anclados en prejuicios raciales que debían ponerse la túnica y el caperuz blancos del Ku Klux Klan hasta como pijama. Igual me sucede con los jóvenes chinos —muchos tenían mi edad por aquel entonces— que se concentraron en la plaza de Tiananmén en 1989 para pedir reformas y fueron aplastados sin contemplaciones por los tanques de la dictadura comunista. Emulaban, quizá sin proponérselo, a los checos que, en 1968 —el año en que nací—, se enfrentaron con las manos desnudas y a pecho descubierto contra los carros blindados del Pacto de Varsovia. Las banderas rojas siempre se tiñen de sangre. A fin de cuentas, es su tinte natural.

Los recientes disturbios ocurridos en Francia, con una violencia de alto voltaje, una oleada de saqueos de comercios —para vender los productos en internet—, de incendio de edificios, de vandalismo urbano y de amedrentamiento ciudadano han sido protagonizados por jóvenes criados en la gratuidad de los servicios básicos, derechos a tutiplén, ayudas sociales, victimización de la mediocridad y estimulación de la vagancia que, con la excusa de reivindicaciones educativas y socioeconómicas, se han tapado la cara como forajidos o como los cachorros etarras de la kale borroka para practicar una política de tierra quemada. Tras zamparme las imágenes en la tele y en las redes, me bastó muy poco tiempo para decidir que, pensasen lo que pensasen, yo pensaba lo contrario que ellos.

La también reciente acampada en la Puerta del Sol, junto con las recurrentes manifas antifas de los últimos años, están compuestas por gentes variopintas que flamean banderas republicanas y corean consignas con gesto crispado, mostrando un resentimiento social camuflado con ínfulas revolucionarias antañonas. La República que anhelan quienes tricotan la tricolor no es, desde luego, la que en un principio soñaban Giner de los Ríos, Gregorio Marañón o José Ortega y Gasset; tampoco la que construyeron en los nacientes Estados Unidos Benjamin Franklin, John Adams o Thomas Jefferson bajo la premisa constitucional de “establecer la justicia, garantizar la tranquilidad nacional, atender a la defensa común, fomentar el bienestar general y asegurar los beneficios de la libertad para nosotros mismos y para nuestra posteridad”. Y me temo que tampoco se asemeja a las Repúblicas de Italia o de Portugal (bien que me gustan). Serían legítimas tales aspiraciones de cambio de régimen, por descontado. Sin embargo, sus corazones al baño maría y sus mentes sectarias ansían una Tercera República unida por una autovía sentimental con el Frente Popular. Quienes añaden la franja morada a la roja y gualda no pretenden exactamente construir el futuro, sino rebobinar para cambiar el pasado, pues viven políticamente amartelados con él.

En la acera contraria está la mayoría de españoles que, de manera pacífica y callada, se dedica a estudiar, a trabajar, a superar las adversidades, a cuidar a los niños y a los mayores, a intentar prosperar por medio de su esfuerzo, de su inteligencia y mañas con la ayuda de sus amigos y familiares, con la ilusión de quien confía en las instituciones y en la democracia para avanzar a base de reformas, del cambio sancionado por las urnas y de la protesta civilizada encauzada a través de las entidades de la sociedad civil y de los medios de comunicación. Estas personas no necesitan ocultar su rostro con pasamontañas. Por cierto, la única vez que me he puesto verdugo fue en mi infancia, porque era friolero y el invierno de Jaén era un vivero de sabañones en las orejas.

El medio siglo de monarquía parlamentaria ha posibilitado una modernización española a un ritmo de maratón, una sustancial mejora de nuestras condiciones de vida y un régimen de libertades que ha permitido la convivencia pacífica de varias generaciones. El rey Felipe no sólo es un escrupuloso cumplidor de sus obligaciones constitucionales en las deseables situaciones de normalidad, sino que ha ejercido en varias ocasiones como desfibrilador emocional de una nación en estado de shock, colapsada o desmoralizada: su discurso televisado cuando el golpe de estado de los separatistas catalanes, su visita a Paiporta tras la riada y su estancia en Ceuta tras la multitudinaria invasión marroquí. Felipe VI encarna la Corona, y la Princesa de Asturias, la esperanza de su continuidad.

Leonor, una beldad de uniforme y una belleza de paisano, es una políglota que puede manejarse a la perfección por el mapamundi y que cursa estudios universitarios para completar la formación necesaria para cuando acceda al trono. Aguanta primerísimos planos casi mejor que Grace Kelly, irradia un carisma sosegado, quintaesencia lo mejor de una nación de dilatada continuidad histórica y representa a una pleamar de españoles que se sienten monárquicos por convicción o por pragmatismo. Escuchar su discurso en los premios Princesa de Asturias supone un subidón en estos tiempos convulsos y oscuros. Leonor es un diamante para la España democrática cimentada en la Constitución de 1978 y kryptonita para los pancarteros republicanos.

El día de entrega de los premios Princesa de Asturias, Oviedo es un fiesta popular de asturianos que se echan a las calles exultantes y emocionados para ver a Leonor, vitorearla y aplaudirla. Este apoyo de enraizadas emociones es uno de los intangibles de la monarquía.

Por cierto, este año, cerca del teatro Campoamor, volvieron a dar la nota abucheando a la princesa los vociferantes de la Tercera República. Eran cuatro gatos.

Y, por último, el choque de trenes ocurrido esta semana en Urda es el síntoma de que España descarrila debido a la criminal falta de inversiones en la red ferroviaria del ministerio de la Morgue Sostenible, cuyo primer titular está entre rejas, y el segundo, el que tuitea contra el Rey y dice tener “alma republicana”, graba gags televisivos con bailecito que suponen una afrenta a las víctimas de Adamuz y a sus familiares. Viajamos a alta velocidad hacia el Tercer Mundo y cabe la posibilidad de que, tras las próximas elecciones, experimentemos tal mutación que nos precipite a un final a lo Blade Runner y todos estos recuerdos de la Corona se perderán como lágrimas en la lluvia.

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