La historia es harto conocida y carece de misterio: algunas de las miles de personas que el sábado 26 de septiembre se manifestaron contra el desahucio de Maricarmen Abascal, lideradas por el Sindicato de Inquilinas e Inquilinos de Madrid, acamparon en la Puerta del Sol para reclamar “vivienda bajo control obrero”, “organizar la rabia”, reivindicar –o no, según el barrio– la okupación y ciscarse en “el buitre invasor” y, sobre todo, en Isabel Díaz Ayuso.
Un mes después, el Kampamento Marikarmen languidece, como narcótico, debido al turbión de acontecimientos, al reventón de la supuesta burbuja revolucionaria y, para qué nos vamos a engañar, al frío. A saber, en este tiempo, Sánchez –en su octavo año de Gobierno; antes no se dio cuenta, más vale tarde– llevó dos decretos de vivienda al Congreso, la Cámara Baja los tumbó, el presidente convocó elecciones, la anciana murió, los acampados/manifestantes la lloraron de diferentes maneras –con solemnidad y respeto, pero también con una batukada infame–, la ciudadela de plástico azul resistía, una amalgama de nazis y de pijas fue a protestar contra los acampados en Sol el Día de la Hispanidad, la madera intervino, Ayuso chapó el Metro de Sol porque apestaba a zorrera –según el consejero de Vivienda, Transportes e Infraestructuras, Jorge Rodrigo, “los análisis ambientales han detectado concentraciones de amoníaco de hasta el 80% del valor límite de exposición laboral”–, buena parte de la tropa se empezó a pirar –incluida la del Sindicato de Inquilinas–, las tiendas permanecían/permanecen, y ahí sigue el asentamiento, según el alcalde Almeida, “porque Pedro Sánchez ha dado la orden de que continúe ahí”. Ah, y dos periodistas salieron escaldados del lugar: Elena Chaves, de Telemadrid, y Unai Cano, de Horizonte.

Artículo14 recorrió el Kampamento este viernes, durante las primeras horas de la mañana. La “Calle de la Rabia” estaba tranquilísima, en la “Avenida del Socialismo” no había rastro de camaradas y por la “Plaza de Gaza” parecía que había pasado Netanyahu. La postal, cochambrosa y decadente, hibrida Woodstock 69 y Belchite: la vida renquea oculta o ausente, asoma mínima y discreta –un par de treintañeros sentados en sillas de plástico cerca del acceso más cercano a la calle Mayor, una joven accede a una Quechua próxima a la fachada de la Real Casa de Correos, y poco más–. El comedor no sirve desayunos. Bajo lonas con lamparones, cuelga un Zara de ropa tendida. Un peatón, a eso de las 10:30 de la mañana, se acerca silbando; un acampado, desde dentro de una tienda, brama: “¡Por favor, que hay gente descansando!”. Junto a la cúpula del metro, un vagabundo visiblemente beodo: “¿Me puedes ayudar, que tengo que ir a Aranjuez?”. “No, lo siento”. Veinte minutos después, otro tipo, de ralea similar, cerca de la pastelería La Mallorquina: “¿Me puedes ayudar, que tengo que ir a Aranjuez?”. La de arancetanos que debe de haber en la acampada…

Fuera de la ciudadela, frente a la Real Casa de Correos, luce un monumento a Maricarmen con peluches, flores, velitas, un rosario, una estampa del Cristo de Medinaceli. También con un poema que es un soneto con malformaciones: lo componen dos cuartetos y tres tercetos, y sus versos poseen, al tuntún, ea, entre doce y dieciséis sílabas. “Maricarmen es mi abuela, aunque no tuvo hijos, / aquí estamos todos sus nietos, los que en España / al verla salir en camilla nos morimos de vergüenza. / ¿Quién tendrá en la mano un futuro digno / para traer hijos a un techo inalcanzable, / si no es la voluntad del pueblo y la fuerza de la calle?”. Digno del Premio Espasa de Poesía. No lo digo con ironía. Cerca de la entrada de la calle Mayor, descubrimos una “Biblioteca Almudena Grandes” con alma de “Biblioteca Carmen Porter” donde destacan El ángel perdido, de Javier Sierra, y Las profecías de Nostradamus, de un tal Dr. Klaus Bergman.

La acampada sigue en pie y seguirá hasta no se sabe cuándo –el exdelegado del Gobierno, el repudiado Francisco Martín, ya no velará por ella–. Como cuando el 15M, las asambleas se embarullan en un sindiós inconcluso: algunos apuestan por aguantar hasta el 11 de noviembre, día de huelga política; otros, por darse el piro ya y evangelizar en los barrios. La autogestión permanece, pero los efectivos menguan. Algunos activistas han cedido sus tiendas a garandones. Las normas continúan vigentes, aunque de aquella manera: “No se permite el consumo, tenencia o distribución de drogas en la acampada”. El pasado jueves, el Ayuntamiento reconoció oficialmente haber puesto un total de 180 multas en el entorno de Sol; de ellas, 76 correspondían a infracciones de la Ley de Seguridad Ciudadana por consumo de alcohol o drogas en la vía pública. Y, para acabar, va una de carteles: “Educación con el corazón”, “Cada golpe nos hará más grandes. Cada lágrima nos hará más fuertes, hasta ahogarlos” –la puntuación la pongo yo–. Ya nadie se baña en la fuente de Carlos III. Este domingo se celebró la trigésimo tercera Fiesta de la Trashumancia. Atravesaron el centro de Madrid 1250 ovejas y 160 cabras. “Me gusta cuando bala la ovejita: ‘Beee…’, / y cuando le contesta el corderito: ‘Baaaa…’, parabarabarabababá“.

