En una España con la natalidad por los suelos un nacimiento es siempre una gran noticia. Miriam González Durántez acaba de alumbrar un nuevo partido político: Democracia 21, una formación centrista, liberal. El sorpresivo adelanto electoral del presidente Sánchez les pilló con el bebé en pañales, pero la vallisoletana supo reaccionar con la cabeza, esa parte de la anatomía humana que las mujeres españolas saben utilizar mejor que nadie. En estas elecciones (tan prematuras para ellos) Democracia 21 solo se presentará en Madrid y Barcelona, concentrando en las dos grandes circunscripciones todos sus esfuerzos. A partir de los próximos comicios ya se presentarán en toda la geografía nacional. Muchos dudaban de que Miriam González lograse fundar un nuevo partido. La Mark Carney española (el primer ministro de Canadá es su gran referente político) les ha respondido con los versos de su paisano Jorge Guillén: “Siempre he querido concluir mi obra / Y sucediendo está que la concluyo”.
La historia de Miriam González, una mujer cuya vida son muchas vidas, no sabemos dónde concluirá. Podría finalizar en la carrera de San Jerónimo, en una casita en la campiña inglesa o, incluso, en la carretera de La Coruña. Lo que sí conocemos es dónde se inició: en Olmedo, un pueblecito de la provincia de Valladolid. Miriam, que ha pisado y brillado en los despachos y salones más rutilantes y codiciados del mundo, presume siempre de sus abuelos agricultores y de saber de dónde viene. Miriam nunca olvida que leyó de niña a Cervantes: “Haz gala, Sancho, de la humildad de tu linaje, y no te desprecies de decir que vienes de labradores”.
Esta hija de profesores, que estudió siempre en la educación pública, recuerda los años de su formación, los años de la Transición como los mejores de su existencia y de nuestra historia. Una época donde se produjo el milagro de que con una beca pública (gracias a que era muy buena estudiante) pudiese acudir al prestigiosísimo Colegio de Europa de Brujas, que cambiaría para siempre su vida. Esa beca, esa ayuda es una de las razones fundamentales que la han llevado a lanzarse de lleno a la durísima y cainita arena política española. Miriam siempre dice que tiene una “deuda monumental con su país”.

En Flandes, la Mark Carney española, con mucho trabajo y esfuerzo (no dominaba las lenguas de Dickens y Baudelaire como sus compañeros, provenientes casi todos de las más elitistas universidades europeas) logró el triunfo profesional y el personal. Se especializó en Derecho Mercantil Internacional y conoció a un joven inglés que años más tarde se convertiría en un importantísimo político. Del marido de Miriam, Nick Clegg, solo diré que fue el político británico que con más determinación y visión se opuso al brexit. El mayor error histórico del pueblo más pragmático de la Tierra (recuerden a Lord Palmerston), desde la decapitación de Tomás Moro.
Miriam vivió durante años en Bruselas, trabajando como alta funcionaria de la Unión Europea, hasta que la carrera política del padre de sus tres hijos los llevó a Londres donde se convertiría en una reputada abogada en las mejores firmas de la City. Una abogada que ha asesorado durante años a decenas de empresas en la redacción de sus complejos contratos en decenas de países. En uno de los ecosistemas más competitivos del mundo (el distrito financiero londinense) la niña de Olmedo volvió a demostrar que había asimilado de maravilla la ética universal de don Quijote: “La sangre se hereda, y la virtud se aquista (se adquiere), y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale”.
La última etapa de su vida, antes de su regreso definitivo a España, ha transcurrido en California, donde, mientras su marido trabajaba en una gran tecnológica, ella daba clases en la universidad de Stanford y comprendía que el futuro de la humanidad se está decidiendo y diseñando en la costa oeste de los Estados Unidos.
Esta intensísima y errante vida profesional no le ha impedido a la fundadora de Democracia 21 hacer otras muchas cosas. Además de su blog de cocina, de lo que más orgullosa está es de haber fundado Inspiring Girls, una organización internacional presente ya en cuarenta países, que presenta a las niñas las vidas de mujeres icónicas para que les sirvan de estímulo y ejemplo.
Tras la aventura americana, Miriam ha vuelto a Madrid y se ha encontrado con una España muy distinta a la que ella recordaba de los inolvidables años de la Transición. La vallisoletana, como Ofelia en Hamlet, se lamenta: “¡Oh desdichada de mí! ¡Haber visto lo que vi y ver ahora lo que veo!”. Este es uno de los motivos que la han llevado a fundar un nuevo partido político: su intención de hacer algo por su país, aquí y ahora. Un acto de patriotismo moderno, según sus palabras; un deseo de clarísimos ecos kennedianos. La hija de la antigua profesora de Física y Química de generaciones enteras de jóvenes olmedanos quiere canalizar la ilusión de los miles de ciudadanos a quienes no les gusta la España de bloques y evitar que su voto se pierda en el enorme océano de la abstención: “El voto más útil en la España actual es el que no divide al país”, dice la política nacida en Castilla, formada en Flandes y consagrada en Londres.
A pesar de que solo le ha dado tiempo a presentarse en Madrid y Barcelona, recibe duras críticas de sus adversarios políticos. Como diría uno de esos paisanos míos de la Galicia rural, esos auténticos Immanuel Kant de la filosofía de la vida, la rama más elevada del pensamiento: “Si no va a sacar ningún voto, ¿por qué la atacan tanto?”.

Ella ni se inmuta y responde con la mayor de las sonrisas. Dice que es inmune a los ataques políticos y personales tras soportar durante años los de los amarillistas tabloides británicos, que la consideraban su “musa española”. La atacaban sin piedad porque representaba todo lo que ellos odiaban y odian: española (extranjera), europeísta, católica, mujer profesional que se negó a dejar de trabajar y encima les respondía siempre con sentido del humor. El Daily Mail, que la consideraba su anticristo particular, le llamaba la “tocadora de castañuelas” porque encima tuvo la “osadía”, para el orgullo británico, de no renunciar nunca a su apellido de soltera y bautizar a sus hijos con nombres españoles.
Hace unos días publicó en el Financial Times, la biblia económica mundial, un artículo que ha tenido mucho eco y repercusión y donde sintetizaba de manera magistral su ideario y sus preocupaciones ante el inquietante momento histórico que está viviendo Europa. En el gran periódico salmón británico esta admiradora de la obra de Adolfo Suárez, de la capacidad de síntesis y análisis de Tony Blair, de los principios y buenos modales de Václav Havel y de la visión a largo plazo de Jacques Delors, daba sus recetas para responder a los enormes desafíos del Viejo Continente en este convulso comienzo del siglo XXI.
Miriam se considera una mujer con suerte en la vida, aunque ha recibido golpes muy duros como el fallecimiento de su padre en un accidente de circulación, dejando a su madre viuda con tres hijos a su cargo, o la enfermedad, felizmente superada, de uno de sus hijos. De su padre, José Antonio González Caviedes, que era alcalde de Olmedo y senador del PP en el momento de su muerte, seguro que nació su vocación política. De su madre, Mercedes Durántez, su heroína favorita, nació su férrea voluntad de arrostrar de frente todas las adversidades vitales y caminar, siempre, como Auden: “hacia la derrota del dolor”.
Muchos auguran que Democracia 21 se estrellará en las elecciones más apasionantes de medio siglo de democracia española. La vallisoletana está segura de lo contrario: “No estoy sola. Somos muchos los que estamos hartos del sistema”. La antigua colaboradora del mítico Chris Patten en Bruselas está segura de que conseguirán representación en el Congreso de los Diputados (mientras no se modifique la Constitución siempre lo denominaré así).
Ante estos pronósticos adversos yo recuerdo el consejo de Joaquín Calvo Sotelo, que advertía del cuidado que hay que tener con Una muchachita de Valladolid. También me acuerdo de que Robert Louis Stevenson observó que hay una virtud sin la cual todas las demás son inútiles; esa virtud es el encanto. Todos los que conocen a Miriam coinciden en que Stevenson no pudo estar más acertado.
En el Colegio de Europa esta olmedana leyó a todos los grandes clásicos europeos, leyó a Hölderlin: “El hombre es Dios cuando sueña y mendigo cuando reflexiona”. Miriam González, la Mark Carney española, tiene sueños, muchos sueños, que se funden en uno. El sueño de que su partido, Democracia 21, sea útil para unir a los españoles y construir una España Mejor.

