Marouanre tenía 22 años y estudiaba Biología. El pasado 30 de julio su cadáver fue encontrado en la orilla de la playa del Tarajal de Ceuta. Se ahogó mientras intentaba llegar a España en busca del sueño europeo.
La Guardia Civil logró identificarlo gracias al teléfono móvil que había en su ropa. Cuando su madre, Hasna, recibió aquella llamada en una pequeña localidad del sur de Marruecos no se lo podía creer. Marouanre no había dicho nada a su familia. Aprovechó que aquella madrugada amanecía con niebla y se lanzó al mar. En secreto, en silencio, como tantos. En los días previos, las redes sociales alentaban a dar el salto a Ceuta.
Su cuerpo, como el de más de un centenar de víctimas rescatadas por buzos de la Guardia Civil, tenía las huellas de una batalla feroz y desigual. El hombre frente al mar, el agotador braceo, la pugna con las olas, molido a golpes contra las rocas del espigón que Rabat dejó de vigilar o pisoteado por los compatriotas que intentaban cruzar la puerta de España. Más de 60.000 según las cifras oficiales, 100.000 según las Organizaciones de derechos humanos.
Quizás Marouanre era uno de los migrantes que, tal y como ha desvelado Artículo14, fue arrojado por la borda de un buque militar marroquí en plena avalancha. El 30 de julio, Salvamento Marítimo alertó al Centro Operativo de Servicios de la Guardia Civil de que “la patrullera marroquí no está recogiendo y además está tirando a los que lleva al agua”. Los agentes españoles se afanaban en rescatarlos del agua mientras el ejército marroquí los echaba al mar para que cruzasen a nado. No cabe mayor crueldad, no es posible imaginar una actuación más desalmada.

Cuando un mes después, Pedro Sánchez compareció en el Congreso tras volver de vacaciones para “dar explicaciones” de la mayor tragedia migratoria de la historia de España, no hubo un solo reproche ni condena para Marruecos.
Por el contrario, hizo ante la Cámara baja una defensa férrea de la colaboración de Rabat durante la avalancha. Explicó que no obran en manos del Gobierno “pruebas” ni “evidencias sólidas” de que las autoridades marroquíes estuvieran detrás de lo ocurrido en Ceuta. Alabó incluso la ‘leal colaboración’ del vecino del sur y su ‘inteligente’ actuación durante este dramático episodio sin precedentes.
Las informaciones que estos días ha revelado Artículo14 ponen palmariamente en evidencia que el presidente del Gobierno español mintió en las Cortes. Salvamento Marítimo, dependiente del Ministerio de Transportes, y la Guardia Civil, bajo el mando de Interior, alertaron el mismo día de un hecho tan grave como que Marruecos estaba poniendo en riesgo la vida de decenas de personas con el único fin de que colapsasen nuestras costas.
Los buques marroquíes que entraron en aguas españolas durante la avalancha, incluida la fragata del Rey Mohamed VI, fueron parte de una violación de nuestras fronteras que coordinó Rabat ante la inacción del Gobierno.
La evidencia de la participación del Ejército marroquí, que acreditan las conversaciones de los miembros de Salvamento Marítimo, explicaría por qué Sánchez ocultó la presencia de estos buques de guerra durante setenta días, como publicó El País. Si el Gobierno hubiese informado al Congreso y a la opinión pública de hechos tan graves, como habría ocurrido en cualquier país democrático, hubiera supuesto reconocer que Marruecos no es un “socio fiable”.
Ante una prueba tan clara de que Rabat alentó y participó en la avalancha de Ceuta la única respuesta incuestionable de un Ejecutivo democrático era la de abrir una crisis diplomática con la inmediata llamada a consultas de la embajadora de Mohamed VI en Madrid.
Un evidente caso de guerra híbrida
Exigir responsabilidades, no sólo por el ataque a la “integridad territorial” que el propio presidente reconoció, sino por el atentado contra los derechos humanos que supone arrojar al mar a decenas de personas poniendo su vida en peligro. Lo ocurrido en Ceuta ha sido un evidente caso de guerra híbrida en donde la munición han sido seres humanos.
Ante la publicación de estos hechos que están siendo investigados en la Audiencia Nacional por la jueza María Tardón, a Sánchez sólo le queda comparecer en el Congreso para exponer la verdad a los españoles y exigir responsabilidades al Gobierno de Mohamed VI, que no ha recibido hasta la fecha ni una sola reclamación de responsabilidades por parte de Moncloa. Si la Cámara está abierta para aprobar los decretos de vivienda por la vía de urgencia debe estarlo también, y con mucho mayor motivo, para esclarecer la muerte de más de un centenar de personas.
Los mismos que alzaban la voz, cargados de razón, contra el genocidio en Palestina, los de ‘flotilla de Gaza’, Ada Colau y Greta Thunberg que no se las escucha ahora luedo de tantos gritos, no pueden callar ahora ante la brutal actuación de un país que envía a la muerte a sus ciudadanos. Los Reyes visitaron el cementerio musulmán durante su visita a Ceuta.
Mohamed sigue callado y silente, quizás a la espera de lanzar otro zarpazo. Sánchez, que tan intenso se muestra en su campaña electoral entre besos y bailes, que no ha obviado el lanzar reproches, burlas e insultos al jefe del Estado argentino durante su visita a Madrid, está a tiempo de rectificar, de pronunciarse sobre esta brutal violación de los derechos humanos o será cómplice del dictador que no permitió a la madre de Marouanre dar sepultura a su hijo en su tierra después de haberle empujado a la muerte.

