Por lo visto, dejar a un hombre sigue siendo una cosa bastante fea. Especialmente si es famoso, cae bien y tiene seguidores dispuestos a defender su corazón roto como si fuera patrimonio de la humanidad. Da igual que una mujer haya ganado torneos, construido una carrera extraordinaria o se haya convertido en una de las mejores tenistas del mundo. Como se le ocurra dejar a un hombre al que todo el mundo quiere, sus méritos pasan a segundo plano.
De repente, lo importante ya no es lo que ha conseguido, sino lo que supuestamente le ha hecho a él. Y poco importa que ya no sea feliz, que quiera otra vida o que, sencillamente, haya dejado de querer. Al parecer, antes de marcharse tiene que asegurarse de que él no sufra demasiado.
Algo así le ha ocurrido a Elina Svitolina. La tenista ucraniana, número seis del mundo, anunció el pasado 19 de octubre que se separaba del también tenista Gaël Monfils, con quien llevaba cinco años casada y tiene una hija. Lo hizo a través de un comunicado en el que hablaba del desgaste emocional que le había provocado la guerra de Ucrania, de las noches sin dormir y de la necesidad de reencontrarse consigo misma. También tuvo palabras de cariño hacia su marido, del que aseguró que nunca le había soltado la mano en los momentos más difíciles. “No hay nadie a quien culpar aquí. Solo dos personas que se amaron profundamente y una historia que está cambiando”, explicó.
Pero hubo quien decidió buscar una culpable. Monfils había anunciado que adelantaba su retirada del tenis profesional, renunciando a despedirse de su público en el Masters de París, y una parte de sus seguidores no tardó en responsabilizar a Svitolina. Daba igual que la decisión de retirarse fuera de él. Para algunos, ella había arruinado el final de su carrera. “¡He perdido todo el respeto por Svitolina! ¿No podía haber esperado hasta que él jugara el Masters de París? Es egoísta y no le importa nada Gaël. ¡Así NO se demuestra el amor, Elina!”, escribió una usuaria en un medio especializado en tenis. Las redes se llenaron de reproches y comentarios misóginos que la presentaban como una mujer insensible, incapaz de pensar en el sufrimiento de su marido.
Ver esta publicación en Instagram
La situación llegó hasta el punto de que Svitolina publicó un segundo comunicado al día siguiente. En él aclaró que la guerra de Ucrania no era la única razón de su separación y pronunció una frase que parecía necesitar más explicaciones de las que debería: “En un momento dado, simplemente me di cuenta de que no quería seguir viviendo una vida en la que no era verdaderamente feliz”. También insistió en que quería y respetaba profundamente a Monfils, pero recordó que había cuestiones demasiado personales para compartirlas públicamente.

Había, además, una paradoja en toda esta historia. La pareja había decidido hacer pública su separación para frenar las especulaciones sobre la retirada de Monfils, que incluso habían dado lugar a rumores sobre posibles infracciones de las normas antidopaje. Svitolina quiso proteger a su marido de unas acusaciones que consideraba injustas y terminó siendo ella quien tuvo que defenderse. De repente, una decisión íntima se había convertido en un juicio público sobre si tenía derecho a marcharse, cuándo debía hacerlo y cuánto sufrimiento podía causar en el camino.
El deber de hacer felices a los hombres
¿Habría ocurrido lo mismo si hubiera sido Monfils quien decidiera dejar a Svitolina? ¿Se le habría responsabilizado de su sufrimiento, de sus decisiones y de todo lo que viniera después? ¿O seguimos dando por hecho que, cuando una relación se rompe, el bienestar de él también es responsabilidad de ella?
La cuestión es que una mujer puede decidir sobre su propia vida siempre que su decisión no altere demasiado la de los demás. Y ahí entra en juego un viejo conocido: el mandato de cuidar, sostener y procurar que todo el mundo esté bien, aunque una misma no lo esté tanto.
Beatriz Gimeno, exdirectora del Instituto de las Mujeres y escritora, explica que a las mujeres, precisamente por esa condición de cuidadoras que se les atribuye, no se les permite buscar su felicidad a costa del bienestar de quienes las rodean. Da igual que se trate del marido, de los hijos o de unos padres a su cargo. Socialmente, se sigue esperando que sus propias necesidades queden en segundo plano.
Ver esta publicación en Instagram
Hay, eso sí, algunas excepciones a esta particular norma no escrita. Gimeno señala que una separación puede juzgarse más favorablemente cuando la situación es insostenible, por ejemplo, cuando existe maltrato. Aunque tampoco entonces se libra una de pasar por el tribunal de la opinión pública. “También se la juzgaría, se diría: ¿por qué no se fue antes?”. Es decir, si se queda, mal; si se marcha, también puede estar mal. Siempre parece haber algo que reprocharle.
Y en el caso de Svitolina, ni siquiera basta con responsabilizarla de la ruptura. También hay que cargarle las decisiones posteriores de Monfils. “Todo lo que haga, en este caso, el marido, las decisiones que tome, como abandonar el tenis, se le hace a ella responsable porque no ha cumplido con su deber de procurar la felicidad de él”, explica Gimeno. Como si la carrera deportiva del francés, sus sentimientos y la manera de afrontar su separación fueran también asuntos que debiera gestionar su mujer.
“Se hace a las mujeres responsables del bienestar de los hombres y buscar la propia felicidad es considerado siempre egoísta, es faltar a uno de los principales deberes femeninos, el del cuidado de otros”, concluye Gimeno.
No hace falta que él sea un mal hombre para dejarlo
Pero hay algo más llamativo en esta historia. Svitolina no ha dicho que Monfils sea un mal marido. Más bien todo lo contrario. Ha contado que estuvo a su lado en los peores momentos, que la sostuvo cuando atravesaba dificultades y que siempre le estará agradecida. Y, aun así, ha decidido separarse. Parece que ahí está parte del problema: ¿cómo se atreve una mujer a dejar a un hombre del que ella solo ha tenido palabras de cariño y agradecimiento?
La socióloga experta en género Beatriz Bonete pone palabras a esa exigencia. “Cuando una mujer decide terminar una relación, con frecuencia se la juzga como si tuviera la obligación de quedarse para garantizar el bienestar del hombre. Se la responsabiliza de su sufrimiento y se cuestionan sus motivos, como si su propia voluntad no fuera suficiente para marcharse”.

Y volvemos al mismo punto: el bienestar de él parece tener que pesar más que el de ella. Bonete recuerda que sigue operando un mandato de género según el cual “las mujeres debemos cuidar, sostener y anteponer las necesidades de los demás a las nuestras, incluso a costa de nuestro bienestar”. No basta con que una relación haya dejado de hacernos felices. Parece que hay que aportar pruebas, justificar la decisión y convencer a los demás de que marcharse era la única salida posible.
Pero ¿y si no hay una gran traición? ¿Y si no existe un comportamiento terrible que denunciar? ¿Y si, sencillamente, una mujer ya no quiere continuar? “Una mujer no tiene que demostrar que su pareja es una mala persona para tener derecho a dejarla. Su deseo de terminar la relación es suficiente”, recuerda Bonete.
Eso no significa que una ruptura no duela. Ni que quien se queda no tenga derecho a estar triste, enfadado o profundamente afectado. Lo que no debería ocurrir es que ese dolor se convierta automáticamente en una deuda que la otra persona tenga que pagar. “Podemos comprender que una ruptura cause dolor sin convertir a quien se marcha en culpable”, insiste la socióloga.
El derecho a marcharse
Y esa dificultad para aceptar que una mujer pueda decidir cuándo termina una relación tiene, en otros contextos, consecuencias mucho más graves. Bonete establece una conexión que pide abordar con cuidado: cuando existe violencia de género, la separación puede ser un momento de especial peligro para la mujer. El agresor puede interpretar su decisión de marcharse como una pérdida de control e intensificar la violencia. En esos casos, recuerda, la responsabilidad es siempre de quien agrede, nunca de quien decide abandonar la relación.
Bonete no equipara las críticas recibidas por Svitolina con la violencia machista ni establece paralelismos con el comportamiento de Monfils. Son situaciones distintas. Lo que señala es la persistencia de un estereotipo de género: la dificultad de determinadas personas, también hombres, para aceptar que las mujeres son autónomas y tienen derecho a tomar decisiones sobre su vida, incluso cuando esas decisiones no gustan a quienes las rodean.
Porque, al final, tampoco tendría que ser tan complicado entender que una mujer puede querer a un hombre y no querer seguir casada con él. Que puede haber compartido años maravillosos y decidir que esa etapa ha terminado. Que no necesita encontrar un sustituto, iniciar otra historia de amor ni dar explicaciones a medio mundo para justificar su decisión.
Y que, como recuerda Bonete, “también tenemos derecho a elegir una vida sin pareja, sin que esa decisión se interprete como egoísmo o fracaso”.
Al fin y al cabo, Svitolina no ha pedido permiso para separarse. Tampoco ha acusado a su marido de nada ni ha pretendido convertirlo en el malo de la historia. Simplemente ha decidido que quiere otra vida. Y quizá eso sea lo que algunos todavía no terminan de entender: que una mujer no necesita un culpable, una excusa ni una desgracia para marcharse. Que dejar de ser feliz también es motivo suficiente. Y que, por mucho que duela un corazón roto, no es obligación de ninguna mujer quedarse para que no se rompa.
Si algo de lo que has leído te ha removido o sospechas que alguien de tu entorno puede estar en una relación de violencia puedes llamar al 016, el teléfono que atiende a las víctimas de todas las violencias machistas. Es gratuito, accesible para personas con discapacidad auditiva o de habla y atiende en 53 idiomas. No deja rastro en la factura, pero debes borrar la llamada del terminal telefónico. También puedes ponerte en contacto a través del correo 016-online@igualdad.gob.es o por WhatsApp en el número 600 000 016. No estás sola.

