Cuentan que el pionero de los “barones ladrones”, los empresarios millonarios que dominaron la economía estadounidense a finales del siglo XIX, fue Cornelius Vanderbilt. Los capitanes del puerto de Nueva York le pusieron el mote de “El comodoro”. El joven Cornelius, que se inició en la industria naviera con sólo 16 años, acabó siendo el gran jefe del comercio marítimo, al desafiar a las compañías subvencionadas que operaban en el oeste del país con una jugada maestra: inventó una ruta desde Nueva York que pasaba por Nicaragua para llegar a California. Algo que no pasó desapercibido al filibustero William Walker —el mercenario que fue durante un año presidente del país centroamericano—, que decidió quedarse con los barcos de Vanderbilt. Este no se amilanó y contraatacó formando su propio ejército de sicarios. El primer “barón ladrón” recuperó sus posesiones, y metió tanto miedo a las compañías navieras del Oeste que decidieron pagarle una cuota anual para que se olvidara de sus rutas alternativas por Nicaragua y Panamá. Cornelius rompió el acuerdo cuando le interesó y se dio cuenta de que había un nuevo negocio que controlar, el ferroviario. Para algunos economistas, los Robber Barons fueron los grandes impulsores del sueño americano; para otros, fueron los precursores de los actuales oligarcas digitales. Entre los defensores de estos primeros empresarios capitalistas estaba Ayn Rand, novelista y ensayista, que en libros como La rebelión de Atlas (Deusto) nos contó la “cruzada” de los libertarios contra el Estado intervencionista que había llevado el país a la ruina. Seguro que Peter Thiel tiene en su despacho unas cuantas fotos de los “barones ladrones” y en su biblioteca unas cuantas obras de Ayn Rand. El líder de la “Mafia de PayPal”, el hombre que le susurra al oído al vicepresidente de Estados Unidos, J.D. Vance, el billonario que escribió “no creo que la libertad y la democracia sean compatibles”, no quiere controlar monopolios ni aumentar su fortuna, como Vanderbilt, su objetivo es otro: acabar con la democracia en el mundo.
Afirman que el mayor general Smedley Butler, el militar más condecorado de los Estados Unidos, dijo de sí mismo que era “un matón con clase a sueldo de la gran empresa, Wall Street y la banca”. Después de participar en la guerra contra España en Cuba, también en Filipinas y de servir en la I Guerra Mundial, decidió apoyar una nueva lucha, esta vez más honesta; una acampada de veteranos en Washington D.C. para reclamar el pago de las bonificaciones que les correspondían por haber luchado por su país. El presidente Herbert Hoover no quiso saber nada de sus protestas y ordenó retirar las tiendas de campaña. Hoover dejó el Despacho Oval el año siguiente a un nuevo inquilino, Franklin D. Roosevelt. Smedley Butler no dudó en apoyarlo. El militar se convirtió en denunciante de una de las mayores conspiraciones de la historia de los Estados Unidos, la Business Plot. Supuestamente, un grupo de influyentes capitalistas preparaba un golpe de Estado contra Roosevelt, al que consideraban una amenaza por sus propuestas. Aunque la conspiración fue desmentida, hubo una investigación y Butler dio su versión en Washington. Quizás sólo fueron un conjunto de reuniones entre poderosos asustados por las ideas “comunistas” del nuevo presidente, que no llegaron a cristalizar en ningún movimiento subversivo, pero la narrativa “libertad versus democracia” comenzó a calar. Los integrantes más destacados de la “PayPal Mafia” (Peter Thiel, Elon Musk y David Sacks) el día que preparen su Business Plot no se van a esconder, y lo peor es que cada vez parece más difícil que aparezca un Smedley Butler dispuesto a señalarles con su dedo acusador. Peter Thiel nunca ha disimulado sus intenciones: el objetivo de PayPal no era facilitar las transacciones entre usuarios, sino atacar al sistema financiero tradicional. Los pioneros digitales siempre tuvieron un enemigo, el Estado. Después de hacerle una jugarreta a su socio Elon Musk, Thiel vendió la compañía —en la cual también trabajaron los fundadores de YouTube, el creador de LinkedIn y el impulsor de Slide— a eBay por 55 millones de dólares. A partir de ese momento, pasó a convertirse en el mecenas de startups como Facebook, SpaceX, Airbnb y Yelp. Esos hábiles movimientos financieros le han llevado a amasar una fortuna de 30.000 millones de dólares. En 2009 publicó su ensayo The Education of a Liberal —en el que aboga por prohibir el voto femenino—, y ha compartido sus ideales políticos con otros personajes turbios como Curtis Yarvin, el padre de la “Ilustración oscura”, el movimiento que propone un gobierno corporativista, a imagen de una gran empresa con un CEO todopoderoso, para reemplazar el sistema democrático. Thiel también está involucrado en la carrera de Silicon Valley para dominar la IA; él ha sido el mentor de otro personaje siniestro, Sam Altman, fundador de OpenAI, la empresa detrás de ChatGPT. Peter Thiel es un emperador galáctico que influye en la política de su país y aspira a hacerlo en todo el mundo con su particular lado oscuro de la Fuerza, su empresa Palantir.
Sostienen que el Washington Post, como había hecho durante décadas, tenía preparado su editorial para apoyar a uno de los candidatos a la Casa Blanca. Al final, tuvo que cancelarlo. El periódico que había destapado cincuenta años antes el Watergate, el escándalo que acabó con Richard Nixon, es ahora propiedad de Jeff Bezos —creador de Amazon—, y a éste no le hizo ninguna gracia que Trump tuviera que leer un artículo en el que se apoyaba a Kamala Harris. La pugna por el control de los medios de comunicación es una fijación de los gurús del libertarianismo. Peter Thiel descubrió después del 11-S que para poner en práctica sus ideas debía controlar la información. Por ese motivo fundó Palantir, la compañía que se ha convertido en la líder en el análisis de datos. Tras el ataque terrorista del 11 de septiembre, la administración estadounidense tomó conciencia de que tenía mucha información: la CIA tenía la suya y el FBI también, pero no había un intercambio entre esas dos agencias. Peter Thiel vio ahí una oportunidad y, junto a un antiguo colega de Stanford, Alex Karp, montó una compañía para solucionarlo, y la bautizaron con el nombre de unas piedras mágicas del universo Tolkien. Desde sus inicios fue una empresa militar con una vinculación inquebrantable con los Estados Unidos. La inversión de fondos de la CIA en Palantir le permitió desarrollar un software para la captación y manejo de bases de datos que no tiene competencia. El precio es no hacer negocios con países como Rusia o Irán. Aunque cada vez su círculo de acción se amplía y, aparte de su estrecha relación con el gobierno de Netanyahu, también ha conseguido contratos de gobiernos occidentales como España. El Estado de vigilancia al que nos lleva Palantir recuerda a la novela de George Orwell, 1984. Las detenciones del ICE (Servicio de Control de Inmigración y Aduanas de EE. UU.) de este último año han sido posibles, en gran medida, gracias a la información que Palantir tiene de los inmigrantes ilegales. Estamos controlados por una empresa con un valor de 380.000 millones, con unos dueños, Thiel y Karp, que cuestionan la democracia y no saben qué son los escrúpulos. ¿Qué puede salir mal? Cada tienda de Gucci que saqueamos para “luchar contra el fascismo” es una piedra más que colocamos en el sendero del totalitarismo al que aspiran los enemigos de la democracia. Se lo estamos poniendo muy fácil, demasiado fácil.

