Opinión

Un voto por hogar: acabar con el sufragio femenino para lograr la “Utopía blanca”

Erika Kirk, directora ejecutiva de Turning Point USA, es una de las impulsoras de la iniciativa "Un voto, un hogar".
Erika Kirk, directora ejecutiva de Turning Point USA (centro de la imagen), es una de las impulsoras de la iniciativa "Un voto por hogar".
EFE/EPA/WILL OLIVER
Actualizado: h

Cuentan que cuando el socialista Indalecio Prieto se enteró de que el Parlamento había aprobado el sufragio femenino, declaró: “El voto femenino es una puñalada trapera a la República”. El rebuzno no lo soltó en el hemiciclo, sino en declaraciones al periódico Ahora Madrid, porque el ministro de Hacienda decidió ausentarse el día de la votación, cabreado como estaba con la extravagante idea de Clara Campoamor de querer que las mujeres votaran. El sufragio femenino se impuso por 161 votos a favor, 121 en contra y un 40 % de abstenciones. Indalecio no fue el único de su partido al que ese avance en los derechos de la mujer le pareció una mala idea: el 23% de los representantes del PSOE no apoyaron la propuesta. La diputada del partido Radical —la formación política de los liberales de Lerroux, que curiosamente fueron los que menos apoyaron a su propia compañera— no lo tuvo fácil para sacar adelante su ley, pero aún les fue peor a las precursoras del movimiento en los Estados Unidos, las sufragistas que comenzaron a agitar el avispero a mediados del siglo XIX tuvieron que esperar hasta el 26 de agosto de 1920 para conseguir que tomaran en serio su reivindicación. Susan B. Anthony (1820-1906) —conocida como “la mujer atrevida”, y que en 1872 fue arrestada y condenada a pagar una multa de cien dólares por votar en las elecciones presidenciales, después de haber convencido a los supervisores de Rochester para que la inscribieran en el censo—, Elizabeth Cady Stanton (1815-1902) —promotora de la Declaración de Sentimientos, un texto que promovía la igualdad basado en la Declaración de Independencia, y autora de una frase incontestable: “Hombres, sus derechos y nada más; mujeres, sus derechos y nada menos”— y tantas otras mujeres que lucharon por el voto de las mujeres no vivieron lo suficiente para celebrar la aprobación de la Decimonovena Enmienda de la Constitución en toda la nación.

Un siglo más tarde de esa efeméride, ha surgido en ese mismo país un movimiento para acabar con el voto de las mujeres. Dale Partridge —un antiguo ladrón de citas de personajes famosos que hacía pasar por suyas para ganar influencia en Twitter, convertido en escritor superventas y pastor racista—, Doug Wilson —líder religioso próximo a la corriente MAGA y defensor de una sociedad patriarcal— y Erika Kirk —la viuda del creador de Turning Point USA, la asociación que promueve el conservadurismo entre los más jóvenes— defienden una fórmula sencilla: un voto por hogar, el cabeza de familia —el hombre, por supuesto— debe ser el encargado de elegir a los representantes políticos. De momento son una minoría, cierto, pero también parecía improbable acabar con el aborto —como ocurrió en 2002 cuando el Supremo acabó con el rango federal que avalaba el derecho de las mujeres a interrumpir el embarazo— o que un señor vestido de bisonte entrara por la fuerza en el hasta entonces sagrado Capitolio.

Afirman que Douglas Wilson lleva preparando su asalto al sufragio femenino desde los años setenta del pasado siglo. En estos cincuenta años, el reverendo ha tenido tiempo para formar su propia congregación, Comunión de Iglesias Reformistas Evangélicas, y abrir 170 franquicias por los Estados Unidos. Sin Donald Trump en el poder, sus arengas serían meras excentricidades, pero el presidente ha traspasado tantos límites, sobre todo en este segundo mandato, que cualquier idea, por delirante, sexista, racista o fascista que parezca, es capaz de ser llevada a la práctica. Doug —aprovechando la apertura de la Oficina de la Fe en la capital del país— ha decidido llevar sus ideas hasta la misma Casa Blanca, donde dio este año un sermón, invitado por el secretario de Guerra Peter Hegseth —el tertuliano facha al que Trump le ha dado el mando de su ejército—. Si lo de Indalecio Prieto fue el calentón de un político misógino o lo de Margarita Nelken y Victoria Kent —que se opusieron al sufragio femenino porque pensaban que beneficiaría a la derecha por la influencia de la Iglesia Católica en las mujeres del medio rural— un ataque de fuego amigo de esos que tanto nos gustan en España, en el caso de Wilson, Partridge y Kirk, sus movimientos no vienen de la improvisación, sino de una estrategia muy elaborada; y esto último es lo que da tanto miedo.

Sostienen que cuando Erika Kirk vio morir a su esposo Charlie, dijo “Si pensaban que la misión de mi marido era poderosa, no imaginan lo que acaban de desatar”. Pero su odio, igual que el de los otros religiosos radicales mencionados o el de personajes tan populares dentro de la machosfera —esa macroalianza fascista y misógina, compuesta por blogueros, influencers y foreros machistas— como Nick Fuentes —popular podcaster que se define como antisemita, sexista y seguidor de Adolf Hitler—, tiene un origen más racial. Cada uno de estos personajes ha hecho su propuesta: Partridge quiere que su país deje de ser una república —según él para evitar una guerra civil— y que se convierta en una monarquía constitucional; Wilson habla de un proyecto teocrático en el que, al igual que ocurre en sus congregaciones, las decisiones se tomen por unidad familiar; y Kirk quiere devolver a la mujer a un papel secundario en el hogar, alejada del feminismo. Pero la gran aspiración de todos ellos es crear una nación blanca.

Y aquí está la clave del cacareado “voto por hogar”: que voten las familias, pero las familias blancas. Esto es algo que Bell Hooks tuvo claro hace unos cuantos años cuando acuñó la expresión “patriarcado capitalista imperialista supremacista blanco” al denunciar que las mujeres negras eran doblemente discriminadas, por ser mujeres y por ser negras. No es ninguna casualidad que la iglesia de Doug Wilson tenga su sede en Idaho. Este estado se ha convertido en el paraíso soñado por los supremacistas que buscan comenzar allí su “utopía blanca”. Fue Rich Benjamin el primero que descubrió el pastel, cuando en su libro Searching for Whitopia (2009) explicó que ya existen en Idaho lugares, como Coeur d’Alene, donde se cumplen los requisitos para denominarlos “Blantopía”: 1) su población tiene que haber crecido más de un 6% desde el año 2000, 2) el 90% de esos nuevos vecinos tienen que ser blancos y 3) ese lugar tiene que tener un gran encanto social y cultural. Si las sufragistas estadounidenses —muchas de ellas también curtidas en la pelea abolicionista— resucitaran, a buen seguro que pedirían regresar a la tumba. De momento, el “voto por hogar” sólo es una aspiración más de la “Utopía blanca”, pero para conseguirlo únicamente es necesario que apoyen la propuesta dos tercios del Congreso. La República de Gilead sigue apuntalando los forjados de su edificio teocrático, racista y sexista, y nosotros mientras tanto nos preocupamos por la “crisis de los influencers”.

TAGS DE ESTA NOTICIA