No hace falta leer muchos titulares ni analizar todas las sesiones parlamentarias para darse cuenta de que la vivienda se ha convertido en la gran protagonista de estas elecciones. Todos los partidos políticos lanzan sus promesas de cara a una nueva legislatura: planes estatales, legislación, bajada de precios, bonificaciones para la gente joven, construcción de millones de viviendas… También se disparan dardos en forma de memes, vídeos hechos con IA, expresiones elocuentes y declaraciones exageradas. Sin embargo, en medio de esta ensordecedora guerra de zascas, hay una severa miopía ante lo que atraviesa a la crisis de la vivienda y a la mayoría de los problemas que se disputan en estas elecciones: la desigualdad de género.
Esta falta de visión compartida viene reflejada en las últimas encuestas del CIS. El acceso a la vivienda se sitúa entre las máximas preocupaciones de la población española junto con la inmigración y la crisis económica. Al mismo tiempo, la desigualdad entre hombres y mujeres ha desaparecido de la lista de los principales motivos que mueven a la gente a la hora de votar. No está presente en los mítines. No está presente en los medios. No está presente en los resultados de las encuestas. El error que cometemos es tratar todos los temas como compartimentos aislados, ya que la perspectiva de género está involucrada en todos y cada uno de ellos. Desde su planteamiento, hasta la gravedad con la que sacuden a hombres y mujeres.
Para entender por qué la crisis de la vivienda es una cuestión feminista basta con echar un ojo rápido a las cifras. En España, la brecha salarial está entorno al 15% y la brecha en las pensiones de jubilación deja a la mayoría de las mujeres con ingresos inferiores a los 1.000 euros mensuales. Esta situación se agrava si hablamos de familias monomarentales, esos hogares compuestos por una madre sola con sus hijos y que en España suponen más del 80% de las familias a cargo de un solo progenitor. No solo a ellas les cuesta más pagar una casa, sino que el sistema actual las empuja a la exclusión social por distintos factores: la necesidad de aportar dos nóminas para poder solicitar una hipoteca, una mayor tasa de desempleo, la dificultad para conciliar o quedarse fuera de muchas ayudas públicas, como las viviendas de protección oficial.
Maricarmen, Paquita, Paloma, Olga… Los desahucios en España tienen rostro de mujer. El 70% de las personas afectadas por procesos de desahucio en España son mujeres y de ellas casi la mitad son familias monomarentales, según los datos recogidos por la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) y el Instituto de las Mujeres. El último caso que ha movilizado a todo el país ha sido el de Maricarmen Abascal, la mujer de 87 años desahuciada de su piso por un fondo de inversión. Pero no ha sido un caso aislado. Paquita López Ruiz, de 82 años y enferma de Parkinson, también sufrió el acoso inmobiliario para convertir su hogar en un piso turístico. Ambas eran mujeres mayores que vivían solas, tenían problemas físicos y su pensión no alcanzaba para cubrir la subida impuesta por el mercado inmobiliario. Olga Matute era un caso de familia monomarental. Su problema surgió a raíz de su separación y el impago de las pensiones alimenticias por parte del padre. Al quedarse sola frente al hogar y el cuidado de sus hijos, su sueldo fue insuficiente para sostener el alquiler y hasta la propia existencia. Olga se quitó la vida el pasado 7 de septiembre.
La crisis de la vivienda no es un problema aislado que afecta por igual a toda la población, sino que tiene una relación directa con la violencia estructural, económica y cultural que sufren las mujeres. Así como el resto de cuestiones que preocupan a la población: la crisis económica se ceba más con las mujeres que sufren mayores índices de precariedad y pobreza, las tasas de paro son más altas en mujeres, el porcentaje de hombres condenados por corrupción representan hasta el 80% de los casos y la política sigue teniendo una perspectiva masculina y androcéntrica.
Dejar a un lado la desigualdad entre hombres y mujeres ante cualquier conflicto social es cerrar los ojos, no solo a una de las causas que los provocan sino también a la vía para encontrar solución.

