La pérdida de Fátima Báñez nos ha dejado un vacío difícil de describir. Se ha ido nuestra presidenta, nuestra compañera y, por encima de todo, nuestra amiga. Su fallecimiento nos une en el dolor a las familias de las víctimas del trágico accidente ferroviario de Urda, a quienes quiero trasladar todo mi cariño y solidaridad.
He tenido la fortuna de compartir con Fátima años de trabajo, proyectos y una amistad que trascendía nuestras responsabilidades. Pocas personas he conocido con semejante capacidad de entrega, generosidad y compromiso con los demás.
Su trayectoria política, su etapa como ministra de Trabajo y las reformas que impulsó forman parte de la historia reciente de España. Pero quienes la conocimos de cerca sabemos que su legado va mucho más allá de sus responsabilidades institucionales.
Fátima creía profundamente en las personas y en la capacidad de la sociedad para transformar realidades. Desde la Fundación CEOE convirtió esa convicción en iniciativas concretas. Durante la pandemia movilizó la solidaridad empresarial para llevar alimentos, facilitar pruebas diagnósticas y contribuir a la vacunación. Después llegaron los programas de apoyo a los refugiados afganos y ucranianos, la ayuda a los afectados por la DANA y los proyectos de inclusión social y digital.
También quiso acercar a los más pequeños el valor de emprender, creando a Olegario, el duende empresario, un personaje que invitaba a los niños a perseguir sus sueños.
Fátima disfrutaba haciendo realidad cada proyecto. Su entusiasmo era contagioso y encontraba siempre motivos para celebrar los resultados colectivos. Porque, si había una palabra que resumía su manera de entender la vida, era sumar.
Para mí, sin embargo, su contribución más valiosa fue también la menos visible. Fátima era una consejera lúcida, una amiga leal y una persona que sabía escuchar. Tenía el talento de hacer que todos se sintieran importantes y el detalle de agradecer el esfuerzo ajeno cuando ya no quedaban cámaras ni espectadores.
Su humanidad no entendía de diferencias políticas ni ideológicas. Cultivó amistades en todos los ámbitos, dentro y fuera de su querida Andalucía, porque siempre puso a las personas por delante de cualquier discrepancia.
Las innumerables muestras de afecto recibidas tras su fallecimiento reflejan precisamente eso: el cariño auténtico que despertaba y la huella que dejaba en quienes se cruzaban en su camino.
Su profunda fe cristiana fue otra de las grandes referencias de su vida. Vivió sus creencias con coherencia y las convirtió en una razón más para ayudar a quienes más lo necesitaban.
Fátima nos enseñó que no basta con hacer bien las cosas. Hay que hacerlas con ilusión, con generosidad y, sobre todo, con alegría.
Hoy, cuando las palabras resultan insuficientes, quizás la mejor manera de honrarla sea preservar su ejemplo, continuar su trabajo y recordar su sonrisa.
Acompañamos también en el dolor a todas las víctimas del accidente y sus familias. Porque, como ella habría dicho, ante su sufrimiento somos uno más.
Descansa en paz, querida Fátima.

