Mi amigo PGV, hermano por elección, podría haber muerto en el accidente ferroviario de Urda. Se libró por azar –me niego a invocar a Dios cuando el número de muertos supera los setenta–: debía viajar por curro en uno de los trenes siniestrados, pero, cuando fue a comprar su billete, la infame web de Renfe le avisó de que ya no había plazas y tuvo que tomar el convoy anterior. Me lo contó este lunes, a eso de la una, más caliente que la plancha del Burger King, mientras se ciscaba en Óscar Puente –normal, a ver–. “¿Quién escribirá la historia / de lo que pudo haber sido?”, se preguntaba Calamaro en “El día de la mujer mundial”. Qué poco ha faltado, carajo.
Uno sale del Foro rumbo a Alcázar de San Juan en un tren que se desplaza al galope durante no menos de cinco minutos. Hay toros mecánicos que se alzan menos, y no estoy haciendo ningún maldito chiste. Durante los primeros instantes, los pasajeros nos miramos de lado y apretando los labios, como el monigote del meme, y atamos en corto el acojone individual para que no cunda el pánico; al rato, la tropa se resigna y queda contenta si llega a su destino sin chichones, aunque sea con equis horas de retraso. Hace unos años, Arcadi Espada me dijo que los españoles pecamos “de sumisión”, y yo creo que razón no le falta.
En los últimos años, los usuarios de Renfe nos hemos acostumbrado a los retrasos, a las cancelaciones, a las averías, a los trenes que se quedan tirados en mitad de Mordor, a los retrasos más largos que Ben Hur, a la incomunicación neolítica, a las explicaciones de cartón piedra y a las reclamaciones pasadas por la intratable trituradora del olvido. A que el viaje lo patrocine el Caesars Palace de Las Vegas y una ruleta decore los vagones. Sucede que, de una manera trágica y macabra, desde hace diez meses, a esa ruleta le calza como un guante el adjetivo “rusa”. Tragedias como la de Adamuz, como la de Urda o como la de Gelida, ya olvidada, nos abruman, nos afligen y nos encabronan, pero, ay, no nos sorprenden.
Porque padecemos el síndrome de la rana hervida. Hervida con sangre en una olla de 15.519 kilómetros de red ferroviaria. La metáfora anfibia, made in Olivier Clerc, no es baladí. Mi compadre PGV estuvo a un tris de correr la misma desgraciada suerte que la exministra Fátima Báñez. Nuestro columnista Santiago Martínez-Vares viaja(ba) todas las semanas por esa vía. Un colega lamentaba la muerte de la hija de un amigo suyo. Y un conocido lloraba a un compañero de partido, también fallecido. Te enteras directamente, sin intermediarios mediáticos. Un superviviente te llama para celebrar su suerte; alguien cercano a una víctima mortal te transmite su dolor más lacerante, y así. Mientras el ministro de Transportes señala vilmente a un trabajador de Atocha, un tertuliano de Cintora apunta a Israel y los neofascistas montan su violenta performance.
Los paisanos, entretanto, seguimos comprando billetes. Con una pistola en la sien y un rosario en la otra mano. Y rogándole a san Judas Tadeo, patrón extraoficial de los ferroviarios, que nos permita llegar de una pieza a nuestro destino.

