Opinión

La violencia está en la calle… y en las aulas

sistentes encienden bengalas durante una manifestación de estudiantes y de colectivos 'antifascistas' este lunes por el centro de Bilbao "contra el fascismo" y en protesta por el acto anunciado por el agitador y activista político Vito Quiles para esta tarde en la ciudad. EFE/Luis Tejido
Manifestantes encienden bengalas en Bilbao "contra el fascismo" y en protesta por el acto anunciado por Vito Quiles. EFE/Luis Tejido
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Hace unas semanas, en un instituto de Castilla y León, un profesor pidió a un alumno que volviera a su sitio. Algo tan corriente como eso. El chico se negó, levantó la voz y acabó siendo enviado fuera del aula. Pero no se fue del todo: en mitad del pasillo dio media vuelta, regresó a la clase, abrió la puerta de golpe, rompió el proyector y se lanzó hacia el docente, rojo de ira. Fueron sus propios compañeros quienes lo detuvieron. El episodio tuvo, como no podía ser de otro modo, consecuencias disciplinarias.

La agresividad en las aulas no es nueva. En el último curso escolar (25-26), según datos difundidos por el sindicato CSIF, el número de incidencias relativas a la convivencia en las aulas afectó ya a un 4,54% del alumnado en Castilla y León. Y como les sucede a los profesionales sanitarios, también los docentes vivimos en ocasiones situaciones violentas con alumnos o familias. Violentas en sentido literal. No describen toda la vida escolar (no trabajamos en una “trinchera”), pero tampoco podemos acostumbrarnos a ellas. “El malestar está en la calle”, me decía hace poco una compañera, hablando del tema. La frase apuntaba a algo que merece una reflexión: lo que sucede dentro de los centros tiene raíces fuera de ellos.

A esta realidad, la de las agresiones a docentes, se añade la nueva moda de las cuentas curis: cuentas anónimas de TikTok que algunos chavales crean para satirizar a profesores y compañeros. Se publican dibujos, frases pronunciadas en clase y recreaciones de situaciones escolares, con bromas que en ocasiones derivan en el insulto o las vejaciones, de compañeros o profesores. Los dibujos pueden no reproducir los rasgos físicos de nadie y, aun así, las alusiones resultar reconocibles para quienes comparten el aula. El fenómeno ha llegado ya a distintos centros españoles.

El mismo patrón —redes sociales que convocan, amplifican y celebran un determinado desafío— se ha visto a otra escala en los recientes disturbios de París, y también en Barcelona y Bilbao. No me atrevo a decidir si estamos ante el germen de una revuelta generacional o ante simple pillaje nacido del hastío. Pero, aunque en España fuesen episodios aislados, nos obligan a preguntarnos qué estamos ofreciendo hoy a estos chicos y chicas.

¿Qué les está pasando a los adolescentes y jóvenes, para manifestar tanta rabia en todo lugar? Una reflexión arqueológica, que buscase las causas últimas de estas conductas, tendría que detenerse, por ejemplo, en la pérdida de autoridad. Un viejo chiste escolar lo expresa mediante una inversión brutal: hasta los años 60 del siglo XX, si el profesor te pegaba, tu padre volvía a hacerlo cuando llegabas a casa; ahora, en el siglo XXI, alumno y padre pueden acabar regañando (o pegando) al profesor. La caricatura no sirve como diagnóstico de todas las familias, como es normal, ni debemos volver a los abusos de antaño. Pero señala una erosión del reconocimiento de la autoridad educativa.

Cuando el insulto a cualquier figura pública se vuelve cotidiano, ¿por qué habría de quedar a salvo un profesor? Si las redes sociales acumulan material inflamable de unos contra otros y el debate parlamentario recurre una y otra vez a la descalificación personal, ¿por qué nos sorprendemos al encontrar ecos de ese ambiente en las aulas? “Está en la calle”. Los adultos también educamos mediante nuestras formas de discrepar.

Más allá del análisis sociológico, también hay una cuestión pedagógica de fondo: el deterioro de la dignidad docente. Tengo la impresión de que el prestigio de esta profesión y su reconocimiento social se han debilitado. Tal vez también pese la memoria de antiguos abusos de autoridad. Sin embargo, como me recordaba hace poco un compañero, la dignidad de nuestro oficio hunde sus raíces en la propia labor que realizamos: educar, transmitir conocimiento, favorecer la socialización y acompañar el crecimiento personal del alumnado, entre otras cosas. Contribuimos a la formación de las personas del presente y del futuro.

A veces parece que esa conciencia se ha desdibujado en la sociedad e incluso entre los propios docentes. Basta observar qué se espera (socialmente hablando) de la escuela. En ocasiones, los profesores parecemos simples sostenedores de un servicio público de cuidado de los adolescentes… y poco más. Una guardería para las hormonas recién estrenadas. Sin embargo, cuando educar exige colaboración de las familias, sacrificios compartidos, coordinación u obligaciones por parte de todos, aparecen las resistencias y las justificaciones hacia la conducta (disruptiva, muchas veces) del propio hijo o hija (“la culpa es del profesor…”, se insinúa). Así, una sanción o una petición de mayor acompañamiento a los hijos para las familias pueden recibirse como una intromisión o como prueba de que el problema está en el sistema, cuando no en el profesor. Como si hubiéramos delegado tanto en la escuela que resultara sorprendente que esta nos pidiera algún tipo de colaboración.

La dignidad docente debe ser recuperada, revalorizada, redescubierta. Esa tarea compete a los poderes públicos, a las familias y al alumnado, pero también a nosotros, los docentes. Tal vez tengamos que volver a descubrir que enseñar es uno de los servicios más dignos que podemos prestar. Una profesión pacífica, conciliadora, de servicio; un trabajo en el que acompañamos vidas e historias y donde siempre seguimos aprendiendo… también a soltar, a confiar en que aquello que nosotros no hayamos podido hacer encontrará otros caminos.

Aun así, necesitamos también la colaboración de las familias (y no solo los medios para que nuestra labor se pueda hacer con dignidad). José Antonio Marina ha recordado muchas veces el proverbio africano según el cual para educar a un niño hace falta la tribu entera. Las responsabilidades no son idénticas, pero tampoco pueden descargarse todas sobre la escuela. La educación transforma la sociedad y también nos transforma a quienes participamos en ella.

La vocación sostiene a muchos profesores cuando escasean los incentivos para crecer y realizar nuestra labor con esmero. Pero el desgaste diario, los recursos realmente disponibles y la calidad de lo que hacemos merecen una atención pública sostenida. Hacen falta políticas realistas a largo plazo, como ya hemos comentado en otras ocasiones en este periódico. La entrega del profesorado necesita condiciones que la hagan posible.

Por último, la dignidad no nos la concede desde fuera quien nos aplaude, ni nos la arrebata quien nos insulta. Se sostiene también desde dentro, en la conciencia del valor de lo que hacemos. Aunque el mismísimo director entre en una clase para poner orden y una alumna lo insulte —un hecho real—, ese profesor, ese director, sigue siendo digno. La ofensa no disminuye su valor. Eso no exime al sistema de protegerlo: nadie debería tener que demostrar su vocación soportando violencia.

Nosotros, por nuestra parte, seguiremos reivindicando el valor de la educación y trabajando por su calidad, con el cuidado del orfebre que modela una joya o del artesano que da forma a una escultura. Seguiremos acompañando a personas libres, que habrán de recorrer sus propios caminos. Porque, al fin y al cabo, la docencia no es solamente un trabajo: es también un arte y una forma de vida. Una forma de vida muy digna.

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