Hay olores que no se olvidan, por mucho tiempo que pase. Más de dos décadas después de los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid, un antiguo policía municipal que participó en aquel operativo ha vuelto a enfrentarse a los recuerdos de ese día. Esta vez ha sido en Urda, Toledo, donde el accidente ferroviario ha dejado decenas de víctimas mortales. “Ese olor a gente quemada, igual que en el 11-M, se te graba”, recuerda en conversación con Artículo14.
Durante 31 años ejerció como policía en Madrid y estuvo presente en los operativos de emergencia tras los atentados que acabaron con la vida de 193 personas. Ahora vive en Urda, uno de los municipios que se ha volcado con los afectados por el accidente ferroviario. En esta ocasión no ha participado como miembro de los servicios de emergencia, sino como un vecino más, dispuesto a ayudar en lo que fuera necesario.
Prefiere mantener su identidad en el anonimato. No quiere reconocimientos ni que se le trate como un héroe. De hecho, recuerda que en otra ocasión, tras auxiliar a varias personas en un accidente de tráfico, la Guardia Civil quiso felicitarlo y él rechazó el reconocimiento. “Como ser humano, yo veo a una persona ahí que se está desangrando y voy a ayudarla”, explica.
Sin embargo, lo ocurrido en Urda le ha hecho recordar algunos de los episodios más duros de su trayectoria profesional. “Yo estuve en el 11-M en Madrid, estuve en el 11-M y eso me recordaba mucho”, relata.
El antiguo agente recuerda especialmente las consecuencias de los incendios en los vagones y las escenas que tuvo que presenciar entonces. “Se incendió un vagón o dos, y ha habido gente quemada. Y ese olor a gente quemada, igual que en el 11-M, se te graba“, asegura.
La crudeza de las imágenes es otro de los aspectos que más le han marcado. “Es duro ver que le faltan miembros a las personas… sin brazos, es muy duro”, reconoce. Instantáneas que también le hicieron recordar algunas de las experiencias más difíciles de sus 31 años como policía municipal en Madrid.

“Te acostumbras a no mirar a los muertos a la cara, porque luego los ves por la noche”
Más allá de las imágenes, nuestro protagonista insiste en las consecuencias psicológicas que pueden sufrir quienes intervienen en una catástrofe de estas características. Algunas, explica, permanecen durante toda la vida. “Compañeros se dieron de baja y no se han encontrado todavía. De lo que vieron allí, el trauma que cogen”, recuerda sobre los atentados de Madrid.
Su experiencia le enseñó que, en determinadas circunstancias, los profesionales de emergencias desarrollan mecanismos para intentar protegerse emocionalmente de lo que están presenciando. “Te acostumbras a no mirar a los muertos a la cara, porque luego los ves por la noche”, confiesa.
Aunque reconoce que ambas tragedias son diferentes, y que los atentados de Madrid tuvieron una magnitud mayor, considera que el accidente ferroviario de Toledo también dejará huella entre quienes han participado en las labores de rescate y asistencia. “Es duro, pero bueno, hay que afrontarlo y hay que echarle valor”, reflexiona.

“El pueblo se volcó, estaba todo el mundo pendiente”
Pese a la dureza de lo ocurrido, el antiguo agente también quiere destacar la respuesta de sus vecinos. Urda se ha convertido en uno de los principales puntos de asistencia a los afectados, con su polideportivo habilitado para atender a los pasajeros que lograron salir con vida del accidente.
Su propia mujer participó en la atención de los heridos que fueron llegando al municipio. “Los iban curando un poquito, las heridas que traían, los más leves que llegaban aquí”, explica.
Durante las primeras horas, antes de que llegaran todos los recursos sanitarios y asistenciales, fueron los propios habitantes quienes comenzaron a llevar alimentos, medicamentos y otros materiales necesarios.
Recuerda especialmente las dificultades iniciales para conseguir algunos productos sanitarios. “A mi mujer le pedían suero para los ojos”, relata. “Estaba todo el pueblo pendiente, llevando de todo a primera hora, que no había nada”, entiza.
Entre las conversaciones que mantuvo con algunos supervivientes, recuerda especialmente la de un pasajero que era consciente de que su posición dentro del tren podría haber marcado la diferencia entre la vida y la muerte. “Iba en el penúltimo vagón y pues iba atrás. Si llego a estar en los primeros, pues estoy destrozado”, le relató.
Para este vecino, acostumbrado durante décadas a enfrentarse a situaciones límite, la solidaridad de Urda ha sido una de las pocas noticias positivas en medio de la tragedia. “Es un pueblo solidario”, insiste. Y aunque reconoce que nada podrá reparar la pérdida de tantas vidas, quiere que se recuerde la respuesta de sus vecinos.

