Una mano que asciende hasta el cabello, la cabeza ligeramente ladeada y un rostro que no parece alterarse mientras relata una tragedia de enormes proporciones. Seis horas después del accidente ferroviario de Urda, Óscar Puente comparecía ante los periodistas en el centro de control de Adif, en Madrid. Había decenas de muertos, familias buscando respuestas y una pregunta que sobrevolaba la sala: ¿cómo podía haberse producido semejante catástrofe otra vez? Pero, además de sus palabras, había otro discurso sometido al escrutinio público: el de su cuerpo.

¿Transmitía serenidad, desconcierto, frialdad o nerviosismo? ¿Pueden los gestos revelar algo que las palabras esconden? Dos especialistas consultados ofrecen interpretaciones diferentes.
La frialdad de un ministro desbordado
José Luis Martín Ovejero, abogado, especialista en comunicación no verbal y autor de libros como Tú habla, que yo te leo y Miénteme… si te atreves, lleva años estudiando la relación entre los gestos y la comunicación y desarrolla una intensa actividad como conferenciante y formador. Después de examinar la primera declaración de Puente, identifica tres características fundamentales: tranquilidad, coherencia y frialdad emocional. “No he advertido señales de nerviosismo en sus gestos”, explica. Tampoco observa contradicciones significativas entre el discurso verbal del ministro y sus movimientos. “Hay coherencia entre lo que dice verbalmente y a nivel gestual”.
Pero existe un tercer elemento que le llama especialmente la atención. ”Frialdad emocional. Es lo que más me ha impactado porque no he advertido tristeza, enfado o miedo. Algo que habría sido bastante normal en estas circunstancias”. La apreciación es significativa porque Puente aseguró sentirse “absolutamente devastado” y describió la tragedia como uno de los momentos más duros que podía afrontar.
También calificó de “inexplicable” la autorización para reanudar la marcha del AVE que terminó alcanzando al Iryo detenido. Su contención emocional podría responder a múltiples circunstancias, entre ellas el contexto institucional de una comparecencia, pero no es así como la ha interpretado una ciudadanía consternada.
El mensaje del rostro
Mucho más severa es la interpretación de Julián Gabarre Mir, doctor en Psicología por la Universidad Autónoma de Barcelona, fundador del Instituto Superior de Morfopsicología y autor de varios libros dedicados a la llamada psicología facial. Gabarre defendió en 2010 una tesis doctoral titulada Rostro y cerebro: dos caras de una misma realidad, en la que investigó posibles asociaciones entre determinadas características morfológicas y variables psicológicas.
Su lectura de las facciones de Puente parte de dividir el rostro en tres regiones. Atribuye a la zona inferior, donde se encuentran la mandíbula y el mentón, una relación con los instintos y las necesidades materiales. A la región central, integrada por la nariz y los pómulos, le asigna un significado emocional. “Al observar este rostro, vemos que la zona baja (mandíbulas mentón hasta donde termina la nariz), es la más grande, es la zona de los instintos primordiales y en particular la de las necesidades materiales, que en este rostro son prioritarias; la zona media (nariz y pómulos) que es la emocional, es pequeña”.

Interpreta la inclinación de la frente como un indicador de determinadas capacidades cognitivas. “Como probé científicamente, cuando la zona media es más pequeña que la baja, las personas (todas) demostraron alta sociopatía; con la zona cerebral inclinada y más pequeña, pueden tener memoria para alcanzar estudios de nivel superior al ser memoriones, pero con la frente inclinada como es este rostro estudiado, no son reflexivos, ni tienen capacidad de poner rigor y metodología en lo que hagan, ya que la capacidad de planificación en ellos es casi inexistente”.
A partir de esas proporciones, Gabarre indica que Puente presentaría un perfil impulsivo, escasamente reflexivo y con dificultades de planificación. “Como consecuencia, no saben prever lo inesperado, es decir: el rostro de un primario impulsivo y sociópata de un adolescente, que para él lo primero es el dinero, y ha pasado lo que ha pasado”.
¿Delata la mentira tocarse el cabello?
Uno de los movimientos que más curiosidad ha despertado en las redes sociales es el gesto de ladear la cabeza y llevarse la mano al pelo. Para quienes buscan señales ocultas en el lenguaje corporal, podría parecer una pista reveladora. Martín Ovejero desmonta esta interpretación. “Es completamente falso, pero cien por cien falso, que exista un gesto humano que indique que la persona está mintiendo. Eso está completamente descartado. Ojalá fuera así de fácil”.

Y amplía la explicación: “Ni ese que se ve en Óscar Puente, ni tocarse la nariz, ni no mirar a los ojos, ni removerse en el asiento… No es verdad”. El especialista insiste en que cualquier comportamiento debe examinarse atendiendo a la persona, sus circunstancias habituales y el momento. “Hay que estudiar al personaje, hay que estudiar el contexto, hay que estudiar muchas cosas”.
En sus cursos de detección del engaño utiliza una comparación especialmente gráfica: “Os voy a dar muchos indicadores de lenguaje y de comportamiento que son indicadores de que la persona puede estar mintiendo, pero el álbum de cromos nunca va a estar completo”.
Su advertencia coincide con las conclusiones de investigaciones internacionales sobre el engaño, que consideran débiles y poco fiables las señales corporales aisladas.

