Opinión

España llora

MADRID, 29/10/2026.- Una corona de flores en memoria de las víctimas del accidente ferroviario de Urda (Toledo) ocurrido este miércoles puede verse en la estación de Atocha de Madrid este jueves, en el coinciden la huelga de 24 horas convocada por el sindicato de maquinistas y la suspensión de la línea Madrid-Andalucía de alta velocidad por el siniestro. EFE/ Javier Lizon
Una corona de flores en memoria de las víctimas del accidente ferroviario de Urda (Toledo) ocurrido este miércoles puede verse en la estación de Atocha
Efe
Actualizado: h

El tremendo accidente ferroviario de Urda ha roto muchas vidas, muchas familias, muchas ilusiones, ha roto el corazón de España, pero lo que no ha roto, sino que le ha dado nuevas energías, es la tremenda guerra político-mediática que los españoles llevamos meses soportando entre el pasmo y el hartazgo. Y encima con la ayuda entusiasta de las redes sociales, convertidas ya, en tragedias como la de Toledo, en un hediondo basurero moral.

Uno pensaba, inocentemente, que era el momento de las víctimas, del dolor, del duelo. Uno pensaba que era el momento de las familias, de arroparlas y apoyarlas en horas tan difíciles, pero no, los que llevan años en feroz campaña contra Sánchez (absolutamente legítima, por otra parte) y los que con la misma legitimidad le defienden fieramente no han tardado ni un segundo en politizar hasta el infinito el accidente.

Llevo tres días tratando de leer mucha prensa, pero sobre todo viendo los máximos minutos de televisión posibles, para poder formarme una opinión mínimamente solvente que poder trasladar a mis lectores. Lo reconozco con humildad: soy el último de mi gremio, porque tras horas de escuchar a todo tipo de expertos (que me iluminaron) y a decenas de tertulianos (que me confundieron) me siento como Sócrates: solo sé que no sé nada del accidente de Urda.

Las opiniones de los todólogos

La experiencia ha sido agotadora, pero muy enriquecedora. Por una vez, la reacción de la clase política ha estado muy por encima de la de las legiones de tertulianos que han conquistado las cadenas patrias. Lo sospechaba, pero ya no tengo ninguna duda: las tertulias son al periodismo lo que la homeopatía a la medicina. Hay, por supuesto, algunas honrosísimas excepciones, pero los todólogos mediáticos son, sin duda, unos de los mayores responsables del irrespirable clima político que padecemos desde hace mucho tiempo los españoles. Por cierto, las opiniones de los todólogos coinciden siempre, curiosamente, con su ideología.

Es indecente buscar votos cuando muchas familias están buscando a sus seres queridos. Es vergonzoso pensar en los votos, en vez de pensar en las víctimas. Es deprimente ver que, en las elecciones más politizadas y tensas de la democracia española, no haya siquiera veinticuatro horas de tregua en las que la misericordia y la fraternidad humana logren acallar el miserable cálculo electoral.

Para mi sorpresa, y lo digo con alegría, los políticos se han portado (al menos los dos primeros días) con mucha más humanidad y respeto hacia las víctimas y sus familias que las incansables cohortes mediáticas que llevan toda la legislatura trabajando a tres turnos para dividir y enfrentar aún más a los españoles.

El presidente Sánchez ha dado la cara ante esta nueva desgracia y no se ha escondido en ninguna Mareta. Emiliano García-Page ha estado en todo momento en el lugar que le correspondía. El ministro Óscar Puente (que mientras escribo esta columna está dando su segunda rueda de prensa) ha solicitado comparecer en el Congreso con la máxima prontitud, pero haga lo que haga, incluso presentar su dimisión, será una nadería para sus entusiastas críticos, que solo se sentirán satisfechos con un destierro napoleónico a perpetuidad a alguna Santa Elena antártica.

Alberto Núñez Feijóo se ha comportado con la altura y la seriedad que se le exige a un líder de la oposición que aspira a ser muy pronto el nuevo presidente de todos los españoles. El líder del PP ha honrado a las víctimas (incluida una queridísima compañera de partido), ha respetado el dolor de las familias y ha interrumpido la precampaña electoral, como han hecho todos los demás partidos políticos (menos uno). Feijóo ha vuelto a demostrar maneras presidenciales. Tal vez alguien le debería susurrar al oído que las llaves de Moncloa están en la centralidad y la moderación que le hicieron triunfar en Galicia y no en el extremismo y la radicalidad que otros practican en Madrid con mucho más virtuosismo que él.

De la actitud de Abascal prefiero no decir nada, por respeto a las víctimas, a sus familiares y también a esos miles de votantes de buena fe de Vox que me consta que no comparten las continuas “trumpadas” de su amado líder y de sus aduladores acólitos. Era el momento del duelo, del respeto y del silencio por los que se fueron, pero Vox prefirió acordarse a gritos de las madres de los que siguen en el poder.

Los vecinos de Urda, como antes los de Adamuz y Angrois, han dado otra admirable lección de solidaridad, de entrega y de empatía al mundo. Ellos representan a la mejor España, a la España que se desvive por ayudar y abrazar a los abandonados por la fortuna, a los que sufren. Nuestro país lleva un tiempo padeciendo una terrible racha de catástrofes. Lo único positivo de estas tragedias es que muestran a todo el orbe la pasta insuperable de la que está hecho el pueblo español.

De todo lo que se está diciendo sobre audios, protocolos y demás cuestiones técnicas, yo no puedo aportar nada a los que me leen. Es la hora de la responsabilidad; ya llegará la de las responsabilidades. Y, salvo alguna nueva exclusiva del gran Javier Chicote, en lo único que confío es en los jueces españoles. Lo he escrito y lo vuelvo a escribir. La justicia española, una justicia llena de Llarenas, Marchenas y Lucianos Varela, es el gran tesoro oculto de este viejo reino de España. Los jueces, junto a la Corona, son los únicos que, cuando todo falla en la patria de Manuel Azaña, siguen funcionando y acertando.

La prioridad número uno

Me sorprende que los todólogos televisivos sigan hablando con tanta ligereza y no se den cuenta del tremendo dolor que lo ocurrido en la provincia de Toledo ha producido a los españoles; que no sean conscientes de la tremenda angustia que sus palabras provocan a toda la gente que tiene que seguir cogiendo un tren; que ignoren el tremendo daño que sus banales, pero interesadas, opiniones causan a la imagen de nuestro país en el mundo, y a los millones de turistas que nos visitan cada año. No destrocemos el prestigio de una de las joyas indiscutidas e indiscutibles de nuestra patria por cuatro miserables votos.

El próximo gobierno tendrá como prioridad número uno lograr que los españoles recuperemos la confianza en nuestros trenes. Para ello es inexcusable una auditoría integral de todo el sistema ferroviario y una política de inversión que no escatime recursos para el mantenimiento de la inmensa red de alta velocidad de la que España goza (la segunda del mundo tras China).

España llora a las víctimas de Urda. España tiene el corazón roto. Despidamos a los que se han ido con toda la dignidad y el respeto posibles, pero también apoyemos a sus familias con toda la ayuda y el calor que se merecen. Quiero dedicar a todos los que son ya espíritu (fuesen creyentes de cualquier credo o no creyesen en ninguno) este párrafo celestial de Hölderlin, el gran poeta alemán que vivió su locura en las orillas del río Neckar: “La ola del corazón no se cubriría de la más hermosa espuma, ni se haría toda espíritu, si la roca impasible del destino no se opusiera a su paso”.