Gloria se fue a vivir “por amor” a un pueblo con dos farmacias y dos parques. Dejó su Badajoz natal para empezar una nueva vida en un pueblo de Sevilla de alrededor de 7.000 habitantes. Luego llegó la violencia y, como muchas otras mujeres, se dio cuenta rápido de que eso de ‘pueblo pequeño infierno grande’, con la violencia de género se cumple a rajatabla.
Ella lo sabe bien. Tras sufrir una agresión por parte de su pareja y de la madre de él, cuenta que denunció. La Guardia Civil reaccionó bien, pero todo lo que vino después convirtió su vida en un “infierno”.
La primera noche no pudo quedarse en casa. “A mí me llevaron esta misma noche porque no permitieron que yo me quedara en el domicilio”, cuenta. La Guardia Civil la trasladó en un coche patrulla a casa de una amiga. Después, un juez dictó una orden de alejamiento de 500 metros. Gloria tenía que empezar de nuevo, pero seguía necesitando salir para ir al médico y recoger sus medicamentos. Tiene una enfermedad de Crohn, un 75% de discapacidad y otros problemas de salud.

La orden fijaba una distancia que no siempre podía mantener en sus desplazamientos. Gloria podía cruzarse con su pareja o con la madre de él al salir para hacer esos recados. “Yo lo que procuraba era no andar mucho por el pueblo”, dice. Pero no podía dejar de ir al médico ni de recoger los medicamentos que necesitaba.
En un lugar donde, según ella, “se entera todo el mundo de todo”, cada salida podía exponerla también a las miradas y los comentarios. “Me daba vergüenza salir”, recuerda. Le daba vergüenza hablar con la gente, aunque sabía que no tenía la culpa. Al principio, cuenta, no la creían: “Ellos son de aquí. Yo vengo de fuera”. No la conocían y tardó en conseguir que la vieran como era.
La violencia también estaba en lo que se decía
Gloria relaciona esa desconfianza con el machismo que escuchaba a su alrededor. “Aquí como que pegarle a una mujer lo ven como medio normal”, dice. En las conversaciones aparecía la idea de que “la mujer para casa” y también los insultos: “puta, guarra”. Ella resume esa mirada así: “Se creen que las mujeres somos un objeto que pueden moverlo a su antojo”.
Mientras intentaba abrirse camino, perdió también apoyos materiales. Se quedó sin dinero y sin el coche, que era suyo. Encontró trabajo, pero llegar hasta allí exigía cuatro autobuses de ida y otros cuatro de vuelta. Para ir al hospital necesitaba dos de ida y dos de regreso. “Yo estaba atada de pies y manos”, dice. Una noche salió del hospital cerca de las doce, cuando ya no había transporte. Una patrulla la llevó a casa.
En el trabajo vivía pendiente de que él pudiera aparecer. Estaba conectada con la policía las 24 horas. “En cuanto se acercaba un poco a mí, saltaba y llamaba a la policía”, cuenta. Cualquier movimiento podía ponerla en alerta.

Encontrar una salida
Gloria no tenía a sus padres y sus hermanos vivían en Extremadura. “Se lavaron las manos”, dice. Alicia, una asesora jurídica, fue uno de sus principales apoyos. Aun así, Gloria tuvo que buscar por su cuenta cómo salir adelante: “Yo fui la que me moví, la que pedí ayuda, la que busqué”. En el pueblo, explica, “hay muy poca ayuda” para las víctimas.
No quería una ayuda económica; quería quitarse de encima a quien la había maltratado. “Yo no quería ayuda. Yo quería que me quitaran lo que yo tenía encima. Que era ese ser”. Siguió trabajando y se formó como auxiliar de quirófano. Pero haber podido avanzar no ha borrado lo ocurrido. “No hay día que no me dé como flash”, cuenta. La cocina, donde sufrió la agresión, se lo recuerda.
A otras mujeres que viven una situación parecida les aconseja que se marchen si pueden, pidan ayuda y denuncien. También que acudan a los servicios sociales y, si tienen esa posibilidad, se vayan con su familia. Gloria quería irse, pero no tenía cómo hacerlo: “Yo no tenía cómo largarme del pueblo”. Por eso insiste: “Que huya de donde esté y pida ayuda, sobre todo que pida ayuda”. Y remata: “Denunciar a la primera, no esperar a ver si cambia. Y no aguantar ni una”.
Si algo de lo que has leído te ha removido o sospechas que alguien de tu entorno puede estar en una relación de violencia puedes llamar al 016, el teléfono que atiende a las víctimas de todas las violencias machistas. Es gratuito, accesible para personas con discapacidad auditiva o de habla y atiende en 53 idiomas. No deja rastro en la factura, pero debes borrar la llamada del terminal telefónico. También puedes ponerte en contacto a través del correo 016-online@igualdad.gob.es o por WhatsApp en el número 600 000 016. No estás sola.

