Posiblemente la gran mayoría de ustedes, ávidos lectores de Artículo14, ya conozcan esa novela de Albert Camus, titulada La Peste, maravillosa como todo lo que escribió el genio francés. Y, quien no la conozca, puede imaginar su sinopsis: el pueblo se levanta un día con una rata muerta, presagio de la posterior plaga de peste bubónica que arrasará la ciudad, y deberá pelear para salir de la tragedia con determinación y esperanza.
En la novela, hay un momento en que las cifras oficiales de fallecidos dejan de tener sentido. Desde sus poltronas, los gobernantes escupen cifras, bien a salvo de la enfermedad, mientras el pueblo muere. Se niegan a reconocer la evidencia de lo que está ocurriendo, hasta que surge eso que Camus llama “la honestidad”. ¿Qué es la honestidad para este genio? Simplemente la voluntad humana fuera de ideologías, religiones o consuelos metafísicos: la vía intermedia y sencilla de una honradez desprovista de ilusiones, prudente lealtad y obstinación en reforzar solamente la dignidad del ser humano.

Para Camus, hay un momento en la novela en que, ante la tragedia que marca el relato, el pueblo agarra esa honestidad por las solapas, y ejerce un movimiento solidario y desinteresado para intentar librar del peligro a sus vecinos. Ya no hay rencores ideológicos o políticos, sólo pequeños seres que intentan salvar la vida de sus semejantes.
Pienso en esta honestidad cuando veo las trágicas imágenes del accidente ferroviario de Urda. Apenas habían chocado los trenes cuando, rápidamente, por aquí y por allá surgían voces partidistas, intentando politizar la masacre. Ahora pido responsabilidades al gobierno, ahora me eximo de ellas por miedo a las reprimendas. Ahora encalomo al maquinista, ahora filtro este audio, ahora monto una manifestación frente al ministerio.
Mientras, allí, bajo el cielo toledano, miles de hombres y mujeres se afanaban en ayudar a las víctimas. Y qué decir del resto de España: hospitales llenos para donar sangre, miles de voluntarios dispuestos a viajar al lugar para ayudar en lo posible, operarios jugándose la vida entre escombros, héroes anónimos prestando ayuda psicológica a los heridos, vecinos usando sus coches como ambulancias improvisadas, farmacéuticos prestando cuanto remedio fuese necesario, gentes dejando que sus teléfonos fuesen de mano en mano para avisar a los familiares… No hizo falta ningún llamamiento, ninguna proclama: la simple honestidad, que decía Camus, había sido capaz de actuar.

Resulta patético ver cómo, mientras el pueblo se desvive por intentar aliviar el peso que una tragedia como esta ejerce sobre una sociedad, los partidos intentan blindar sus siglas, calculando milimétricamente el coste político de cada cadáver. Hay que apartar la vista de estos atriles oficiales para ver el verdadero valor de un pueblo, el español, al que le da igual si se trata de Urda, de Las Ramblas, de Atocha, de La Palma, de Adamuz o de Paiporta, siempre responde con solidaridad y honor.
Decía Camus que lo único que se aprende en las epidemias es que en los hombres se hallan más cosas dignas de admiración que de desprecio. Pienso en ello cada vez que veo cómo mis vecinos se lanzan a la calle para mitigar el horror de estos días. Mientras queden seres humanos así, la integridad de este país permanecerá a salvo, por encima de quienes lo dirigen desde estériles despachos.

