Opinión

Cuando el tren era mi última frontera de seguridad

URDA (TOLEDO), 30/10/2026.- Miembros de los servicios de rescate y maquinaria pesada continúan este viernes los trabajos de rescate de los dos trenes accidentados este miércoles en Urda (Toledo), donde han fallecido al menos 69 personas. EFE/ Ismael Herrero
Miembros de los servicios de rescate y maquinaria pesada continúan los trabajos de rescate en Urda.
EFE/ Ismael Herrero
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“El corazón del hombre traza su rumbo, pero sus pasos los dirige el Señor“. (Proverbios, 16:9)

Hace unos días enviaba a la redacción de esta casa uno de mis artículos intempestivos.

–Les vendrá bien –pensé para mí mismo–. Es la típica crónica–masilla, muy útil para rellenar cualquier hueco, porque no está pegada a la actualidad; sirve, como diría Oliver Stone, “any given Sunday“.

La columna recogía mi aversión como estudiante de letras puras hacia todo lo empírico, ingenieril, construido y binario, y cómo esta ha lastrado gran parte de mis miedos hacia cualquier medio de locomoción, especialmente el avión y el coche. Como diría mi ingeniero hermano del alma –y de verdad–, “sin las ciencias no se podría vivir, sin las letras no merecería la pena vivir”. De estos restos del naufragio, se salvaba –y bien dicho está, en pasado– el tren, que me ha conducido de sur a norte, de oeste a este, y desanduvo el mismo camino desde los compartimentos de madera y humo en los años de universidad y que, cuando escribía las citadas líneas, me mecía a 300 kilómetros hora por la mancha de arpillera que es España desde el borde del mar. Transporte favorito también por cinematográfico, y que da lugar a dispares aventuras con erotismo entre los estrechos pasillos, extrañas alianzas y crímenes victorianos de todo tipo.

El tren era un medio amable para mí hasta el día en que escribí dichas notas, parado entre las venas de acero que dibujan la cicatriz entre la alfombra de esparto que es España.

Y como nunca se va a publicar, al menos tal como fue pensado, pues duerme el sueño de los justos con los miles de escritos que nunca vieron la luz, lo parafraseo aquí:

Viajo cómodamente pegado a la cabina del maquinista. Alta alcurnia española.

Sin previo aviso, el tren comienza a moverse extrañamente mientras tomo algo en el vagón cafetería, dando bandazos laterales y de atrás para adelante, inéditos para mí. Muy bruscos estos últimos, como de coches de feria. Vuelvo a mi asiento y escucho nítidamente al conductor nervioso y agobiado comunicándose con ‘Atocha’ y ‘taller’, como los llama él.

–¡No puedo traccionar el tren, no tengo tensión y pierde aire por todos los lados!

Desde la central, le tranquilizan. Pero el tren sigue su errática marcha.

– ¡Es que ha sido cogerlo y joderse todo! –vuelve a decir el señor maquinista– ¡Voy a hacer un reseteo entero al tren, a ver!

‘A ver’, dice. Como si fuera un Iphone.

El tren se para. La luz se va. Nos quedamos a sin energía en medio de la nada. Los ocupantes del Coche 1, que hemos puesto la oreja al unísono, nos miramos con estupor y terror.

De repente se me aparece la cara de Óscar Puente en el ventanal. Trato de limpiar el vaho, pero no se va.

Pienso, como cualquier persona que quisiera vivir un día más, que las palabras ‘reset‘ y ‘a ver’ no son suficientes. Aventuro la idea de bajarme en medio de la nada, pero no me atrevo.

Así que cierro los ojos. Imagino a un señor delgaducho, con camisa blanca y un Ducados entre los labios bajando de la cabina del piloto, cerrando con llave la puerta para que no se lleven el convoy y dándole patadas a la cabeza de pato de varios millones de euros. Mi cinefagia me hace imaginar a Tony Leblanc apareciendo a lo lejos con un mono azul, gorra ladeada y pañuelo lleno de grasa. Abre el mastodóntico capó, echa un escupitajo a las bielas, aprieta un tornillo y le dice al maquinista del Ducados que lo arranque, mientras le suelta: “son veinte duros. Apretar el tornillo es gratis, pero yo cobro por saber cuál apretar”.

Al final debió de pasar algo parecido, porque el tren se volvió a encender a la manera de los cochecitos de choque, y echó a andar, algo más lento y bastante desorientado, como si se hubiera echado la siesta, porque tras más de tres horas de viaje desde Huelva a Madrid, la inteligencia artificial del tren nos anunció: “Bienvenidos a la Palma del Condado” mientras pasábamos por Brazatortas.

Y así, haciendo más caso a la orografía que a la ciencia, llegamos a Madrid, con solo 55 minutos de retraso. Una minucia para Óscar Puente. Un negociazo para Tony Leblanc.

Yo tuve más suerte que los 69 fallecidos (a la hora de escribir esto) y los más de cien heridos.

Casi todos los que circundamos este océano de albero que es La Mancha, encabezada por su poblachón madrileño, hemos tenido menos de seis grados de separación con alguna de las víctimas de este brutal accidente ferroviario. En mi caso, también, por desgracia. Un compañero de trabajo de una muy querida amiga viajaba en uno de esos trenes. Pero si no fuera así, la cercanía no ha de ser física, ni moral, ni identitaria. ¿Quién no ha cogido un maldito tren camino del sur?

Y sé muy bien que ni Tony Leblanc, ni todos los cómicos que me ceda Campofrío van a poder arrancar siquiera una mueca de sonrisa a todos los afectados, familiares, amigos, seres queridos, de esas vidas cercenadas. Ahora toca extender la mantilla negra sobre la arena y, a Dios rogando, pero con el mazo dando, exigir las responsabilidades técnicas, humanas, hardware, software, la misma mierda son, al adolescente mamporrero que tenemos (¿teníamos?) como ministro de Transportes.

He iniciado el artículo con una cita bíblica, que cose la atemporalidad voluntaria de mi primer escrito con estas líneas y el tiempo, ese monstruo. Pero hay otro dicho del cofre del refranero mucho más pertinente: “El hombre propone y Dios dispone”.

Descansen en paz todas las almas.

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