El supremacismo blanco estadounidense no nació con Donald Trump ni desaparecerá con él. Sus raíces se remontan a décadas atrás, y su historia revela cómo un movimiento extremista puede adaptarse a los cambios culturales, encontrar vías de acceso a la política institucional y mantener su influencia incluso cuando sus organizaciones parecen actuar desde la clandestinidad. Kathleen Belew, profesora asociada de Historia en la Universidad Northwestern, ha dedicado buena parte de su investigación a estudiar estas dinámicas. Su libro Traed la guerra a casa. El resurgimiento de la ultraderecha y el supremacismo blanco, publicado ahora en España por Capitán Swing, reconstruye la historia del movimiento del poder blanco en Estados Unidos y su relación con la violencia política.
En entrevista con Artículo14, Belew examina también el papel de las mujeres en estas organizaciones, la instrumentalización de la protección de las mujeres blancas para justificar la violencia racista y los paralelismos entre las ideas de ayer y los discursos de la ultraderecha actual.

-¿Hasta qué punto participaron las mujeres en este movimiento como agentes ideológicos activos, en lugar de ser simplemente víctimas del sistema patriarcal de la época?
-A menudo, cuando pensamos en movimientos de derechas, especialmente en los militarizados, damos por hecho que están compuestos mayoritariamente por hombres. Lo que vemos en público suelen ser desfiles y acciones armadas protagonizadas por ellos. Sin embargo, cuando estudias la historia del movimiento del poder blanco y de otros movimientos paramilitares de extrema derecha, descubres que son movimientos sociales que necesitan el trabajo de las mujeres para funcionar. Su labor abarca desde establecer vínculos entre distintas personas hasta participar discretamente en acciones armadas e incluso intervenir directamente en ellas. En gran medida, hemos pasado por alto esta historia porque, al menos en Estados Unidos, nuestra idea de lo que significa la acción política de las mujeres procede de la tradición feminista. Las mujeres de derechas no siguen ese modelo, pero eso no significa que no actúen políticamente. En los archivos repiten una y otra vez: “No soy política, no soy activista, solo soy esposa y madre”, mientras escriben sus propios boletines, crean las imágenes que utilizan los grupos, organizan grandes acontecimientos o incluso conducen el coche de huida cuando alguien atraca un banco. Las mujeres están profundamente implicadas. El movimiento no podría funcionar sin su trabajo.
-¿Cómo explicaban estas mujeres esta contradicción? Por un lado, los grupos supremacistas blancos las presentaban como figuras sagradas que había que proteger; por otro, les negaban autonomía sobre sus cuerpos y sus decisiones reproductivas.
-Es una cuestión compleja, porque muchas de las mujeres que comparten esta ideología no siempre desean tener autonomía sobre sus decisiones reproductivas. Muchas creen que esas decisiones corresponden a Dios. Otras aceptan la idea de que el marido debe ser el líder y servidor de la familia, o consideran que el papel de la mujer es valioso, aunque fundamentalmente distinto del del hombre. Esto ha ido cambiando con el tiempo. Hoy vemos muchas de estas ideas en los contenidos de las tradwives, las mujeres que reivindican un modelo tradicional de esposa. Hablan de cómo las cosas siempre debieron ser así, de que simplemente están regresando a una época más sencilla o de que ese es el modelo que establece la Biblia. Para los historiadores, esto resulta interesante porque esa época que describen nunca existió tal como la imaginan. Están adoptando una posición política que depende de muchos factores, entre ellos, disponer de suficiente riqueza para que una persona pueda quedarse en casa sin trabajar fuera. Es una forma de hacer política diferente, pero constituye, sin duda, una perspectiva ideológica y política.

-¿Por qué fue tan eficaz el discurso de la protección de las mujeres blancas para legitimar la violencia racial, incluso entre personas que no se identificaban necesariamente como supremacistas blancos?
-El movimiento del poder blanco en Estados Unidos compartía con otros sectores conservadores varias posiciones: la oposición al aborto, a la inmigración, a los derechos de los homosexuales -como se decía entonces- y al feminismo. Eran cuestiones habituales en la derecha, pero el movimiento del poder blanco las abordaba de una manera distinta. Para sus integrantes, todas esas cuestiones suponían un problema porque, a su juicio, reducían la natalidad de la población blanca. La tasa de natalidad blanca se convirtió en una especie de abreviatura para expresar lo que consideraban un ataque apocalíptico contra la raza blanca, que conduciría a su extinción.
Para muchos, esta idea estaba vinculada a una teología apocalíptica. Otros la entendían como una cuestión política: creían que una élite de forasteros malvados los estaba atacando e impulsando esas políticas. Pero todos veían la situación como un desenlace definitivo. En Estados Unidos, durante las décadas de 1980 y 1990, se publicaban pequeños reportajes que preguntaban cuándo una localidad, un condado, un estado o, finalmente, el país dejaría de tener una mayoría blanca. En aquel momento, mucha gente veía esas historias como reportajes curiosos sobre el crisol de culturas, la diversidad o el cambio demográfico. Para los activistas del poder blanco, en cambio, aquello representaba el apocalipsis, el fin de los tiempos. Creo que la natalidad se convierte así en un punto de referencia simbólico en torno al cual se sitúa a las mujeres y, al mismo tiempo, permite expresar ese miedo tan intenso.
-Al leer su libro, me ha llamado la atención cómo se repite el relato de un hombre que viola a una mujer blanca, presentada como “una de las nuestras”, y cómo esa historia se utiliza para desencadenar la violencia. Sigue ocurriendo hoy. Estuve en Turquía y, durante mi estancia, circuló la noticia de que un refugiado sirio había violado a una mujer turca. Esa noche quemaron todas las tiendas de los refugiados sirios. También lo vemos en España: cuando el agresor es un político o un futbolista, muchas veces no se cree a las víctimas y se las revictimiza. Pero cuando el agresor procede de otro país, los movimientos de extrema derecha insisten en que los extranjeros están violando a nuestras mujeres. Como historiadora, ¿reconoce este patrón en la historia estadounidense?
-Sí. Ahora mismo estoy impartiendo una asignatura de historia estadounidense a estudiantes universitarios y es algo que aparece una y otra vez. Es difícil insistir demasiado en que todo esto tiene que ver con la supremacía blanca. En Estados Unidos se observa en las leyes, en el historial de la justicia por mano propia y en los medios de comunicación, como usted señala. Las relaciones y los hijos de mujeres blancas con hombres de otras razas, así como las violaciones de mujeres blancas, reciben un tratamiento mucho más severo que, por ejemplo, las relaciones de hombres blancos con mujeres de color o los hijos que tienen con ellas. La amenaza implícita es el nacimiento de niños mestizos. Para la supremacía blanca, es necesario tener hijos blancos. Esto se convierte en un mecanismo para vigilar y controlar de manera extrema el comportamiento de las mujeres. Si observamos la historia estadounidense, este fenómeno se remonta al siglo XVII. La manera en que se narran las violaciones de mujeres y se utilizan esos relatos como catalizadores de la violencia es una constante histórica.

-En su libro también habla de cómo se presentaban ciertas imágenes y noticias para alimentar estos discursos. Recientemente, me ha sorprendido encontrar datos que muestran que los matrimonios interraciales siguen siendo minoritarios en EE UU. ¿Cree que esto refleja la persistencia de ese pasado?
-En Estados Unidos hay un hito importante: la sentencia del Tribunal Supremo en el caso Loving contra Virginia, de 1967. Fue la decisión que impidió prohibir los matrimonios interraciales. Un historiador observó que se habían realizado encuestas telefónicas para conocer la opinión pública antes y después de la sentencia. Antes de la decisión, la oposición a los matrimonios interraciales era abrumadora. La gente no consideraba que fueran aceptables. Después de la sentencia, el apoyo pasó a ser mayoritario. Eso nos obliga a preguntarnos qué refleja realmente ese cambio. ¿Cambió todo el mundo de opinión por la decisión del Tribunal Supremo? Yo diría que no. Creo que las personas pueden cambiar lo que declaran en las encuestas para adaptarse al discurso que se considera socialmente aceptable en cada momento. Sin embargo, persisten ideas muy arraigadas sobre si los matrimonios interraciales son aceptables o no, y reaparecen una y otra vez en el debate público. Una de las aportaciones interesantes de Traed la guerra a casa es que cuenta la historia de un movimiento clandestino durante un periodo en el que, en Estados Unidos, se decía que el racismo estaba resuelto. Durante los años de Obama se hablaba de una sociedad que había superado las diferencias raciales, de un futuro multicultural y de una era posracial. Hoy sería difícil sostener ese discurso en Estados Unidos, donde resulta evidente que el racismo sigue siendo una fuerza que impulsa la política y la sociedad. Este movimiento nos permite comprender qué ocurre con esas ideas cuando pasan a la clandestinidad.
-¿Qué paralelismos encuentra entre el discurso actual de la extrema derecha sobre la natalidad y la teoría del gran reemplazo, que también está presente en Europa?
-La preocupación por la natalidad y la teoría del gran reemplazo -la idea de que otras poblaciones desplazarán a la población blanca y provocarán una diversificación que este movimiento considera amenazante- son esencialmente lo mismo que describo en Traed la guerra a casa, solo que expresado con nuevos términos. La teoría del gran reemplazo contiene una visión conspirativa según la cual determinadas élites, cosmopolitas o, habitualmente, judíos, promueven deliberadamente una serie de políticas para exterminar a la raza blanca. La natalidad ocupa un lugar central en ese discurso. Una persona que ha mostrado una preocupación especialmente visible por esta cuestión es Elon Musk, pero también encontramos estas ideas en los discursos de numerosos dirigentes mundiales. Asimismo, aparecen en grupos de extrema derecha, aunque el discurso concreto varía en función de cómo perciban la amenaza migratoria. En las décadas de 1970 y 1980, una idea similar se habría expresado mediante conceptos como el Gobierno de Ocupación Sionista, según el cual un grupo secreto de judíos controlaba el Gobierno estadounidense y pretendía erradicar la raza blanca. En los años noventa se hablaba del Nuevo Orden Mundial, no en el sentido positivo del término, sino como una amenaza: la idea de que un grupo secreto iba a dominarlo todo. Es la misma concepción. Algo parecido ocurre con el aceleracionismo, la idea de que se puede provocar una revolución para crear un futuro blanco. Eso ya aparece en Los diarios de Turner y en los documentos que analizo en este libro. Se trata de un movimiento fundamentalmente oportunista. A lo largo de su historia, ha aprovechado las circunstancias culturales de cada momento y ha utilizado al chivo expiatorio disponible para perseguir los mismos objetivos de siempre.
-El 3 de noviembre conoceremos los resultados electorales. Teniendo en cuenta lo que ocurrió en el Capitolio el 6 de enero, ¿cree que Donald Trump aceptará los resultados si son desfavorables para el Partido Republicano? ¿Podría producirse algún episodio de violencia?
-Hay varias cuestiones que conviene tener en cuenta. Cuando hablamos del 6 de enero, solo un porcentaje muy pequeño de quienes participaron en el asalto al Capitolio pertenecía a lo que yo consideraría activistas del poder blanco. Muchas de esas personas creían en el movimiento MAGA o en QAnon, pero no formaban parte del movimiento supremacista blanco. Dicho esto, los activistas del poder blanco que estuvieron allí fueron quienes llegaron uniformados. Llevaban equipamiento táctico, tenían un plan, utilizaban radios para comunicarse y llevaban gorros de colores llamativos para coordinarse. Encabezaron los asaltos al Capitolio y organizaron las acciones violentas. Es algo parecido a lo que vemos en las protestas de Black Lives Matter en Estados Unidos. Hay una protesta civil legítima y se producen alteraciones, pero los activistas que intervienen para elevar el nivel de violencia resultan ser, en ocasiones, miembros del movimiento del poder blanco. Son quienes saquean, queman y tratan de convertir la protesta en algo más radical o, diría, menos ajustado a la legalidad. Esa capacidad sigue existiendo. La cuestión es cuándo podríamos esperar que vuelva a manifestarse.

Hay también varios factores que conviene considerar. Este movimiento recurrió a la violencia en el pasado porque no creía que fuera posible lograr cambios políticos por las vías convencionales. Lo decía abiertamente. Pero ahora la situación es diferente. Ha conseguido penetrar en la política institucional. Sus integrantes han logrado cargos electos en distintos lugares de Estados Unidos, trabajan en la seguridad de mítines republicanos y tienen acceso a la Administración de maneras que están documentadas. Creo que tienen muchos motivos para no querer volver a la clandestinidad y para actuar dentro del sistema, porque han avanzado considerablemente hacia un autoritarismo y un etnonacionalismo que se ajustan a sus objetivos. Una cuestión es si quieren emprender acciones violentas cuando ya disponen de una vía para participar en política. Otra es hasta qué punto apoyan realmente al presidente Trump o si, más bien, respaldan las oportunidades que su presidencia les ofrece. Es un movimiento profundamente oportunista y resulta difícil saberlo. Como muestra el libro, dentro de él operan muchas facciones diferentes que no siempre están de acuerdo en la estrategia. Creo que estamos ante una situación que resulta muy difícil de predecir. Si se produce una gran “ola azul”, como llamamos a una victoria electoral amplia de los demócratas, con los republicanos perdiendo muchos escaños, puedo imaginar que algunos se sientan frustrados y reaccionen. Pero, si no ocurre, también existen fracturas dentro de la coalición de Trump que podrían desencadenar otras dinámicas. En cualquiera de los dos casos, creo que el punto de inflexión más importante llegará con las próximas presidenciales. En Estados Unidos prestamos muy poca atención a la política cuando no hay elecciones presidenciales. Aunque nuestro sistema está tremendamente polarizado, sigue existiendo un enorme grupo de personas que se sitúan en el centro y que ni siquiera votan o siguen la actualidad política. La cuestión es cómo evolucionarán todas estas fuerzas durante los próximos años. Sin duda, atravesamos un momento precario, y este movimiento no desaparecerá simplemente porque Trump deje el poder, sea cual sea la forma en que eso ocurra.

-Volviendo a su libro, usted habla de los derechos reproductivos y de la sentencia Roe contra Wade, que protegía constitucionalmente el derecho al aborto. Cuando escribía sobre aquel periodo, ese derecho seguía vigente. ¿Le ha asustado comprobar que Estados Unidos podía retroceder, al menos en materia de derechos de las mujeres?
-Por supuesto. En Estados Unidos hay muchos otros derechos que, cuando era más joven, daba por sentados y que ahora están amenazados. Por ejemplo, el nacionalismo cristiano, que no es lo mismo que el movimiento del poder blanco, aunque a veces ambos persiguen los mismos objetivos. Hay un porcentaje considerable de personas dentro del nacionalismo cristiano que quiere recuperar el voto por unidad familiar.
-Es decir, un solo voto por familia, de modo que el hombre vote en nombre de todo el hogar.
-Exactamente. Y hay muchas mujeres, el fenómeno, que apoyan esa idea debido a sus convicciones políticas e ideológicas. Cuando era una mujer más joven, nunca pensé que llegaríamos a encontrarnos ante una lucha de ese tipo. Pero aquí estamos.

