Cada mañana comienza exactamente igual para Laila. No hay despertador, ni rutina, ni planes para el futuro. Solo se pregunta cómo sobrevivir hasta el día siguiente. “La vida en Gaza ya no es realmente una vida en el sentido normal de la palabra, es una lucha constante por sobrevivir hasta mañana”, explica en conversación con Artículo14.
Su hogar ya no es una casa. Como miles de familias desplazadas, duerme sobre una esterilla fina en el suelo o dentro de una tienda de campaña abarrotada y sofocante. Al abrir los ojos, las prioridades son elementales: encontrar agua y conseguir algo de comida para su familia. Su ciudad de origen, Beit Hanoun, ya ni existe. Quedó reducida a una pila de escombros tras la ofensiva militar israelí.
“Solo piensas en sobrevivir las próximas horas”, aclara. Cada jornada se consume haciendo cola durante horas, cargando pesados bidones de agua o recorriendo las calles en busca de restos de madera para encender un pequeño fuego con el que cocinar lo poco que haya disponible. Es una rutina agotadora que, asegura, ha terminado por desgastar física y psicológicamente a toda la población.

Para Laila, la mayor dificultad no es únicamente la escasez de recursos, sino la absoluta ausencia de seguridad. “Nunca sabes si dentro de diez minutos tendrás que coger lo poco que puedas cargar y salir corriendo para salvar la vida“, resume. Pese al estado de supuesta tregua, el Ejército israelí sigue atacando objetivos de Hamás casi a diario.
La incertidumbre permanente convive con una economía completamente colapsada. Los pocos productos que consiguen llegar a los mercados tienen precios desorbitados. “Todo cuesta diez veces más que antes”, explica. Para una población que lleva meses sin ingresos y que ha agotado prácticamente todos sus ahorros, esos alimentos son sencillamente inalcanzables.
Dormir sobre suelo duro, caminar largas distancias bajo el calor y vivir sin ninguna comodidad básica forman parte ya de la normalidad. “Todo eso se suma a un agotamiento físico constante”, agrega Laila. Conseguir alimentos frescos se ha convertido en una excepción. Las verduras, la fruta o la carne prácticamente han desaparecido de la dieta de la mayoría de las familias. “Sobrevivimos con arroz, judías en conserva o los paquetes de ayuda humanitaria que conseguimos recibir”, explica.

La escasez obliga a calcularlo todo. “Los padres dejan de comer regularmente para que sus hijos puedan llevarse algo a la boca”, dice. El acceso al agua tampoco ofrece garantías. Para conseguir agua potable hay que recorrer largas distancias hasta camiones de desalinización o puntos de distribución. Incluso después de horas de espera, nadie sabe con certeza si esa agua será segura para el consumo.
La situación sanitaria resulta igualmente desesperada. “Los médicos están haciendo un trabajo imposible con prácticamente nada”, describe Laila. La falta de analgésicos, vendas, camas limpias o material médico básico convierte enfermedades o heridas relativamente menores en situaciones potencialmente mortales.

La gazatí asegura que muchas familias han tenido que desplazarse cinco, seis o incluso siete veces desde que comenzó el conflicto. “Tienes que meter toda tu vida en dos bolsas y marcharte una y otra vez. Cada vez que huyes pierdes una parte de tu intimidad, de tu dignidad y de la pequeña sensación de seguridad que habías conseguido recuperar”, lamenta.
Una infancia robada en Gaza
Las consecuencias psicológicas son especialmente visibles entre los más pequeños. “Llevan años sin asistir a una clase de verdad. Les han robado completamente la infancia. Parecen mucho mayores de lo que realmente son. Se sobresaltan con cualquier ruido y echan de menos sus habitaciones, sus juguetes y la simple sensación de sentirse seguros en casa”, prosigue.
La red eléctrica dejó de funcionar hace mucho tiempo. Algunas familias dependen de pequeños paneles solares para cargar un teléfono móvil o mantener una bombilla encendida durante la noche. Encontrar gas para cocinar o combustible resulta casi imposible y, cuando aparece, su precio es inasumible. La consecuencia es que la mayoría cocina utilizando madera, cartones o incluso residuos plásticos.

A ello se suma otro problema menos visible pero igualmente angustioso: las comunicaciones. “Las redes de telefonía e internet se caen constantemente”, explica. Entre la incertidumbre, Laila encuentra un motivo para mantener cierta esperanza: la solidaridad entre vecinos. “Si hay algo que nos mantiene en pie es la forma en que la gente intenta ayudarse mutuamente”, celebra.
Jóvenes voluntarios organizan cocinas comunitarias donde preparan grandes ollas de comida sencilla para alimentar a barrios enteros. Cuando una tienda de campaña queda destruida por el viento o la lluvia, los vecinos aparecen inmediatamente con lonas improvisadas, madera o cualquier material que permita reconstruir un refugio. “La comunidad es nuestra última línea de defensa”, aclara.
“No somos héroes”
Laila cree que fuera de Gaza persisten ideas equivocadas sobre la población civil. “La gente nos presenta como si fuéramos una especie de superhumanos capaces de soportarlo todo. No somos héroes de una película. Somos personas normales que queremos dormir tranquilas, ir a trabajar, criar a nuestros hijos y vivir una vida normal”, cuenta.

“Estamos cansados de ser resilientes. Lo único que queremos es vivir”, sentencia Laila. También rechaza otra generalización frecuente: asumir que toda la población comparte las decisiones adoptadas por Hamás. “La mayoría de la gente solo quiere paz, estabilidad y una oportunidad para vivir lejos de los eslóganes políticos”, reclama.
La responsabilidad de Hamás
Laila pide que los habitantes de Gaza dejen de ser tratados como simples cifras o vídeos virales de una tragedia lejana y reclama que se exijan responsabilidades, se haga cumplir el derecho internacional y termine el sufrimiento de la población civil. Pero también considera imprescindible mirar hacia dentro. “Hamás tiene una enorme responsabilidad política, moral e histórica en la catástrofe que vive Gaza hoy”, apunta.
A su juicio, tomar decisiones de enorme riesgo -como perpetrar una matanza contra el estado más poderoso de la región- sin disponer de capacidad para proteger a la población, garantizar alimentos o preservar las viviendas condujo a una destrucción total. Por ello considera necesario que el grupo islamista abandone el gobierno de la Franja y ceda el control a una administración nacional unificada que priorice la protección de la población, la reconstrucción, la apertura de las fronteras y el fin del aislamiento.
Para que Gaza pueda aspirar a un futuro diferente, Laila cree que son imprescindibles tres condiciones: un alto el fuego permanente acompañado de una reconstrucción masiva; un profundo cambio político con la salida de Hamás del poder en favor de un liderazgo centrado en la dignidad humana; y un camino real hacia la libertad y la autodeterminación palestina que permita vivir “sin bloqueos, sin ocupación y sin un ciclo interminable de guerras”.

