Dos semanas después de que Donald Trump anunciara que el estrecho de Ormuz volvería a ser un “paso libre mundial”, Washington amenaza ahora con imponer un peaje del 20% al tráfico marítimo que atraviese una de las rutas comerciales más estratégicas del planeta. El giro llega en plena reactivación del conflicto con Irán, con nuevos bombardeos, amenazas cruzadas y un alto el fuego que apenas ha sobrevivido unas semanas. Mientras el tráfico por Ormuz sigue condicionado por la tensión militar, la gran incógnita es si Estados Unidos conserva realmente capacidad para imponer las reglas del juego en la región.
Para Lena Georgeault, directora del Grado en Relaciones Internacionales de la Universidad Villanueva, el anuncio de Trump tiene más valor simbólico que capacidad real de aplicación. “Trump nunca ha llegado a tener el control de Ormuz. Al revés, con la guerra, Teherán ha descubierto su capacidad para utilizar el estrecho como una palanca de presión, y no está dispuesto a soltarla”. El conflicto, considera la experta, refleja un cambio de fondo en el equilibrio de poder en Oriente Próximo: Washington mantiene su superioridad militar, pero cada vez le resulta más difícil controlar la escalada o imponer unilateralmente sus condiciones.

– Trump ha pasado de decir que Ormuz es “un paso libre mundial” a cobrar un peaje del 20% que ni siquiera puede garantizar que se cumpla. ¿No es esto reconocer en la práctica que Estados Unidos ha perdido el control real del estrecho?
– Es una ironía histórica. Hace poco más de un siglo, Woodrow Wilson convirtió la libertad de navegación en uno de los principios fundacionales del orden internacional con sus Catorce Puntos. Hoy, un presidente estadounidense propone cobrar un peaje en uno de los principales estrechos del mundo. En realidad, el anuncio es casi anecdótico. Trump nunca ha llegado a tener el control de Ormuz. Al revés, con la guerra, Teherán ha descubierto su capacidad para utilizar el estrecho como una palanca de presión, y no está dispuesto a soltarla.
– Llevamos meses de amenazas, ultimátums, altos el fuego y vuelta a empezar. ¿Crees que los mercados y los propios aliados de Washington ya han dejado de tomarse en serio los anuncios de Trump sobre Ormuz?
– Estamos en un momento de mucha volatilidad. De hecho, Trump llegó a presumir de que cada uno de sus anuncios sobre la guerra con Irán movía los mercados. Es verdad que el alto el fuego trajo un respiro y vimos una moderación de la inflación en Estados Unidos, pero la estabilidad ha durado muy poco. Además, Irán aún puede activar a los hutíes en Bab el-Mandeb, por donde pasa alrededor del 7% del petróleo mundial. Ya hemos visto con Ormuz que no hacen falta grandes medios para alterar el tráfico marítimo y desestabilizar la economía global.

– Cada vez que Trump anuncia un acuerdo o un alto el fuego, la guerra se reactiva en cuestión de semanas. ¿Qué le queda de credibilidad a Estados Unidos como mediador después de tantos bandazos? Esto no le da legitimidad a Irán, que fueron los primeros en hablar de un peaje?
– Al analizar los acontecimientos de estos últimos días, vemos que la reanudación de la violencia la provoca Irán. Y es que ambas partes tienen incentivos para retomar las conversaciones desde una posición distinta. Trump firmó un memorando extraordinariamente impreciso, pensado sobre todo para congelar temporalmente el conflicto durante las celebraciones del 250 aniversario de Estados Unidos y su propio cumpleaños, y que Israel nunca terminó de respaldar. Pasadas las celebraciones, tiene más margen para retomar la guerra. Es cierto que se acercan unos midterms complicadas, pero todo apunta a que está preparando ya el relato de una eventual derrota. Sus recientes declaraciones sobre los supuestos fallos del sistema electoral sirven para preparar el terreno y poder denunciar un fraude si pierde las elecciones. Mientras tanto, una evolución favorable del conflicto podría darle un impulso de popularidad. Del lado iraní caben dos hipótesis. La primera es que existan divisiones dentro del régimen y que los sectores más radicales consideren insuficiente el acuerdo. La segunda es que Teherán quiera mejorar las condiciones sobre el desbloqueo de sus activos congelados en el extranjero, una cuestión decisiva para su debilitada economía. Con ese escenario, el conflicto se reactiva prácticamente con todas las opciones militares que ya estaban sobre la mesa antes del alto el fuego. Mientras tanto, las negociaciones no se han roto: Omán y Pakistán siguen actuando como intermediarios entre Washington y Teherán.

– Si ni bloqueando puertos ni cobrando peajes Irán cede y el estrecho sigue prácticamente paralizado, ¿para qué sirve entonces la estrategia de presión de Trump, más allá del gesto político?
– Al margen del drama humano, desde un punto de vista geopolítico, seguimos ante un nivel de conflictividad todavía contenido. Ambas partes tratan de acercarse al máximo al umbral de escalada del adversario sin llegar a franquearlo. En esa lógica, Washington intensifica los bombardeos y afirma que no descarta el envío de tropas sobre el terreno, mientras la prensa israelí difunde un supuesto plan del Mossad para apoyar a las fuerzas kurdas e instalar a Ahmadineyad en el poder. Por su parte, Irán responde amenazando con atacar sistemáticamente las infraestructuras de los países de la región. Es una amenaza muy seria: bastaría con dejar fuera de servicio una planta desalinizadora para obligar a evacuar Riad en unas 48 horas. Pero una amenaza de ese calibre también podría hacer que países que, hasta ahora, han mantenido una calculada ambigüedad estratégica decidieran implicarse directamente en el conflicto. Es una escalada gradual para comprobar quién cede primero en las negociaciones.
– Con Ormuz cerrado en la práctica pese a las promesas de reapertura, ¿quién está saliendo realmente beneficiado de este caos: China, Rusia, los productores del Golfo… o nadie?
– A corto plazo, creo que nadie sale realmente beneficiado. Estados Unidos está todavía muy lejos de haber logrado sus principales objetivos de guerra declarados. Teherán paga un coste económico y militar enorme. Mientras todo el mundo tiene la mirada puesta en Ormuz, la población iraní queda sola frente a una economía desastrosa, una represión feroz y los bombardeos estadounidenses. Las monarquías del Golfo viven bajo una amenaza permanente. Rusia puede beneficiarse de un petróleo más caro y del desgaste de Washington, mientras que China gana cierto margen estratégico frente a Estados Unidos, pero también necesita desesperadamente que esas rutas marítimas sigan funcionando y que el conflicto no se extienda hacia zonas donde tiene importantes intereses económicos y militares, como Yibuti. A largo plazo, si hay un cambio importante, es que Teherán ha descubierto el enorme poder de presión que le da Ormuz y difícilmente renunciará a él.

