Giorgia Meloni y Mette Frederiksen han publicado este lunes una carta abierta conjunta en la que reiteran su rechazo a la “inmigración descontrolada” y reclaman la creación de centros de repatriación en terceros países. La primera ministra italiana y la danesa son, según recuerda el propio texto, las dos únicas mujeres al frente de un gobierno en la Unión Europea, una condición que ambas subrayan pese a representar tradiciones políticas opuestas.
Y es que no pueden venir de familias ideólogicas más antagónicas. Meloni lidera un Ejecutivo de ultraderecha desde octubre de 2022. Frederiksen, socialdemócrata, gobierna Dinamarca desde hace más de siete años. Prácticamente no coinciden en ningún asunto social ni económico, salvo en la política migratoria, que ambas han convertido en eje de su acción exterior desde la crisis registrada en el enclave español de Ceuta, donde decenas de miles de migrantes cruzaron la frontera en cuestión de horas en unas imágenes que dieron la vuelta al mundo.

A raíz de aquel episodio, en el que según cifras oficiales, 79.000 personas cruzaron a España, Italia y Dinamarca encabezaron una carta a las instituciones europeas firmada por 22 estados miembros. Ya entonces demandaron una acción coordinada para reforzar las fronteras exteriores y frenar los llamados “factores de atracción” migratorios. La nueva carta publicada este lunes profundiza en esa misma línea. Meloni denuncia el aumento de la criminalidad, la presión sobre los servicios públicos y la erosión de la confianza ciudadana por la inmigración ilegal. La líder italiana señala como especialmente grave que migrantes sin derecho a permanecer en el país cometan delitos violentos, trafiquen con drogas o sean responsables de violencia sexual.
A pesar de que Frederiksen es de la misma familia política que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, pero en los países nórdicos hay animadversión y alarma por las bandas organizadas y las mafias criminales que han aumentado considerablemente en los últimos años. Por ejemplo, en el discurso de Año Nuevo de la premier danesa de 2026, Frederiksen aprovechó para anunciar sus planes para deportar a todo inmigrante que cometa un delito grave en Dinamarca. Si se les impone una pena de más de un año de cárcel, serán expulsados del país.
Ambas coinciden en algo más. Las dos mandatarias insisten en la necesidad de habilitar centros de repatriación fuera de Europa, un modelo que Italia ya ensaya en Albania y que quedó recogido en una polémica ley europea aprobada recientemente. Vinculan además el cumplimiento de la ley con el respeto a los valores europeos, una exigencia que extienden tanto a los migrantes irregulares como a los millones de extranjeros que residen legalmente en el continente. El texto apela también a la herencia cultural cristiana de Europa como elemento que ambas se comprometen a defender.
Una relación tortuosa con Trump
Más allá de la migración, ambas mantienen una relación complicada con Trump. Frederiksen convocó elecciones anticipadas tras la polémica desatada por las pretensiones del presidente estadounidense Donald Trump sobre Groenlandia. La danesa se mostró como una “dama de hierro” frente a los intereses del mandatario estadounidense lo que le puso a la opinión pública a su favor. Confiaba en capitalizar su popularidad por la firmeza mostrada frente a Washington, aunque el resultado electoral dejó un parlamento fragmentado y una aritmética de coalición compleja. Por su parte, Meloni, pasó de ser su aliada fiel (y una de las pocas mandatarias comunitarias invitadas a su ceremonia de investidura junto al húngaro Viktor Orban) a convertirse en el blanco de las críticas del magnate republicano.
Meloni, al frente del tercer gobierno más longevo de la historia de la República Italiana, y a punto de lograr el récord en septiembre, reaccionó ante la caída de la popularidad de Trump en Italia por la guerra de Irán. Quiso mostrarse más patriota que aliada después de perder un referéndum que debilitó su autoridad. Su giro no gustó nada a Trump, quien hasta entonces la consideraba su interlocutora europea favorita.

En Bruselas, la primera ministra italiana ha ido ganando adeptos por la postura negociadora y pragmática que ha tomado la líder italiana. Cuando salió elegida, en los pasillos comunitarios se temían un perfil más disruptivo y euroescéptico. Muchas veces, Meloni y Frederiksen son las únicas mujeres en la sala, que junto a la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, se enfrentan a todo un elenco de hombres con corbata.
Así, la cuestión migratoria ha terminado convirtiéndose en el insólito punto de encuentro entre dos dirigentes separadas por profundas diferencias ideológicas. Ambas lideran ahora y prometen luchar juntas en la misma batalla en Bruselas: endurecer la respuesta europea frente a la inmigración irregular.

