Mi verano yanqui

Monument Valley, donde el Oeste dejó de ser una película para mí

Mucho antes de John Ford y Forrest Gump, este paisaje sagrado de la nación Navajo ya desafiaba a la imaginación. Recorrerlo a caballo fue descubrir el verdadero corazón del Oeste

Mi verano yankee
Monument Valley
Shutterstock/KiloyCuarto

Hay lugares que uno imagina durante años y otros que desafían cualquier imaginación. Monument Valley pertenece a estos últimos. Llegar hasta allí ya forma parte de la experiencia. No está cerca de nada o, dicho de otro modo, está lejos de todo. Horas de carretera atravesando desiertos rojizos, estaciones de servicio que resisten al paso del tiempo y rectas infinitas que invitan a pensar que quizá el destino no exista. El GPS de incógnito durante horas me exigió una maestría en lectura de mapas. Sin música, las canciones a viva voz nos desgastaron las cuerdas vocales hasta que el silencio terminó por convertirse en otro compañero de viaje. Recuerdo el momento exacto en que pensé que nos habíamos equivocado de camino. Entonces, cuando estaba a punto de rendirme, de gritar a la nada en línea recta que no podía más, el paisaje dejó de ser un paisaje para convertirse en una aparición.

No. No era un espejismo. Frente a nosotros se alzaban enormes moles de arenisca roja elevándose sobre una llanura inmensa. El mismo escenario que Hollywood convirtió durante décadas en la representación universal del Oeste estadounidense. Lo sorprendente es que reconocerlo no disminuye el asombro. Al contrario. Es uno de esos pocos lugares cuya realidad supera a la imagen que llevamos años viendo en el cine. He conducido por carreteras imposibles, atravesado montañas capaces de poner a prueba cualquier coche y recorrido parajes de medio mundo, pero nada se parece a Monument Valley.

Estados Unidos
Las impresionantes puestas de sol en Monument Valley
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Antes de entrar en el valle hay una parada obligatoria que no figura en los mapas oficiales. Está en la carretera 163, en la milla 13 hacia Utah, a unas 13 millas al norte de Monument Valley. En el arcén se acumulan coches de alquiler, motocicletas y autocaravanas. Una fila improvisada de viajeros espera su turno para caminar hasta el centro del asfalto y hacerse una fotografía. Han venido porque allí, exactamente allí, Forrest Gump decidió dejar de correr.

En Forrest Gump, el personaje interpretado por Tom Hanks se detiene después de atravesar Estados Unidos durante más de tres años. Mira a quienes le siguen y pronuncia una frase tan sencilla como inolvidable: “Estoy bastante cansado. Creo que volveré a casa”. Hoy ese lugar recibe el nombre de Forrest Gump Point.

Esperar turno para hacerse la foto resulta casi tan fascinante como el propio paisaje, aunque nosotros decidimos seguir adelante para llegar cuanto antes al hotel dentro del valle. Resulta curioso comprobar cómo un instante de ficción acaba formando parte del imaginario colectivo. Pero Monument Valley existía mucho antes de Hollywood y mucho antes de Forrest Gump.

El punto de Forrest Gump
El lugar donde Forrest Gump dejó de correr en Monument Valley
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El valle no pertenece al Servicio de Parques Nacionales de Estados Unidos. Forma parte de la Nación Navajo, la mayor reserva indígena del país, con un territorio que supera los 70.000 kilómetros cuadrados repartidos entre Arizona, Utah, Nuevo México y Colorado, los cuatro estados que confluyen en el célebre Four Corners. Aquí son los navajos quienes gestionan el territorio porque este lugar sigue siendo el corazón espiritual de su nación.

Durante demasiado tiempo Monument Valley fue presentado como un decorado natural para los héroes del western que cabalgaban hacia el horizonte. Sin embargo, nunca fue un escenario vacío. Era el hogar de quienes llevan siglos viviendo aquí, mucho antes de que llegaran los exploradores españoles y, siglos después, los equipos de rodaje.

La entrada permite recorrer un circuito de unos 27 kilómetros entre algunas de las formaciones más conocidas. Los nombres parecen extraídos de una novela de aventuras: East Mitten Butte, West Mitten Butte, Merrick Butte, Elephant Butte o Three Sisters. Puede hacerse en coche, deteniéndose únicamente en los miradores autorizados. Nosotros preferimos abandonar el volante y recorrer el valle a caballo con un guía navajo.

No soy una amazona experimentada. Ni mucho menos. Pero hay algo profundamente espiritual en avanzar al paso entre aquellas columnas de roca mientras el polvo rojizo se levanta.

A caballo resulta imposible no pensar en John Ford. Fue él quien convirtió Monument Valley en el escenario definitivo del western clásico. Aquí rodó buena parte de sus películas junto a John Wayne y aquí construyó una iconografía que acabaría identificándose con Estados Unidos. Millones de personas aprendieron cómo era el Oeste sin haber puesto nunca un pie en Arizona. John Wayne resumió aquella primera impresión con una frase que todavía hoy repiten los guías locales: “Aquí fue donde Dios puso el Oeste”.

Cabalgando entre aquellas montañas de piedra entendí lo que quería decir.

Monument Valley
Cabalgar en el Monument Valley es una experiencia única
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El paisaje posee una escala difícil de explicar. Las formaciones rocosas desafían cualquier referencia y uno pierde la capacidad de calcular las distancias. Lo que parece estar a unos cientos de metros puede encontrarse a varios kilómetros. Todo es más grande de lo que imaginamos.

Nuestro guía, un navajo que conocía cada curva del camino, nos llevó fuera de la ruta principal hasta rincones a los que solo puede accederse acompañado por miembros de la comunidad. Entramos en cuevas de paredes pintadas por sus ancestros, descendimos hasta pequeños riachuelos que nacen bajo las rocas y, allí donde el silencio era aún más profundo, disfruté viendo a mi hija, que entonces acababa de cumplir diez años, vestida como Navajo sobre el caballo. Volví a reír, descubriendo aquel paisaje junto a mi mejor amiga, Aurora Baranda, y a su entonces pareja, Santi, que comprendió enseguida que viajar con nosotras significaba aceptar cualquier tipo de aventura improvisada.

Nuestro guía nos habló de las familias que siguen habitando el valle, de antiguos asentamientos, de las pinturas rupestres realizadas por pueblos anteriores a los navajos y del significado espiritual de aquellas formaciones. En algún momento dejé de hacer fotografías. Ya no importaba John Ford, ni la cámara, ni siquiera nosotras. Me importaba escuchar. Comprender que Monument Valley no se visita; se escucha. Entendí en aquel paisaje una forma distinta de medir el tiempo.

La imagen más buscada sigue siendo Totem Pole, esa estrecha aguja de piedra que parece desafiar cualquier ley de la gravedad y enamora al amanecer, cuando las primeras luces tiñen de naranja las paredes de arenisca. Pero incluso allí, donde las cámaras se vuelven locas, lo que más me impresionó fue el silencio.

Al caer la tarde regresamos al centro de visitantes. La luz transformaba el rojo intenso de las rocas en una sucesión de tonos ocres y violetas. Comprendí por qué tantos pintores, fotógrafos y directores de cine han vuelto una y otra vez a este lugar. Es un paisaje en movimiento que cambia a cada hora con cada nube y con cada estación.

La aventura, sin embargo, no terminó allí.

Al día siguiente descubrí que montar a caballo durante varias horas tiene consecuencias muy poco cinematográficas. La parte interior de mis piernas había adquirido un color entre morado y violeta que no desentonaba demasiado con los tonos de Monument Valley. Cada paso era una negociación con mis músculos. Caminar hasta el coche exigía más voluntad que cualquier excursión del día anterior.

Y lo peor era que el viaje continuaba. Me esperaban casi seis horas de carretera rumbo a las dunas de Colorado.

Conducía despacio, todavía dolorida, mientras el paisaje volvía a convertirse en kilómetros de desierto. Pensé entonces que aquella era la mejor forma de abandonar Monument Valley. Me llevaba algo más que fotografías. Porque hay lugares que permanecen en la memoria por lo que vemos y otros que también dejan huella en el cuerpo. Monument Valley había conseguido ambas cosas.
Quizá por eso ocupa un lugar único dentro del imaginario estadounidense. Aquí, donde palpita el corazón de la Nación Navajo, nació el Oeste. Aquí fue donde Hollywood se inventó el arquetipo con el que Estados Unidos aprendió a imaginarse a sí mismo. Todo lo demás llegó después.

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