En París, algunos ciudadanos desafían estos días la prohibición de bañarse en determinados tramos del Sena. El agua no está precisamente limpia, pero es peor la alternativa de soportar temperaturas que superan los 40 grados en una ciudad construida para resistir el frío mucho mejor que el calor. Mientras unos buscan alivio en el río, otros abarrotan las piscinas públicas gratuitas. Y miles de escolares se han quedado en casa porque sus colegios parecían invernaderos.
Francia vive estos días una de las olas de calor más intensas de su historia reciente, la segunda canícula de este año. La temperatura media nacional ha batido récords y más de 1.800 colegios han tenido que cerrar temporalmente. El termómetro se ha recalentado también en la Asamblea Nacional, donde el aire acondicionado se ha convertido en un nuevo campo de batalla ideológico.
¿Es el aire acondicionado de derechas? La pregunta parece absurda. Sin embargo, en una Francia polarizada, donde casi cualquier cuestión acaba convertida en un marcador ideológico, la climatización marca una nueva línea divisoria. La extrema derecha de Marine Le Pen reclama un gran plan nacional para escuelas, hospitales y residencias de mayores. La izquierda ecologista teme que la dependencia masiva del aire acondicionado agrave los problemas que pretende solucionar. Entre una posición y otra, el Gobierno de Macron intenta navegar.

Un país mal preparado para el calor
A diferencia de España, donde alrededor del 49% de las viviendas cuenta con algún sistema de climatización, Francia no ha desarrollado una gran cultura del aire acondicionado. Sólo una pequeña parte de los hogares dispone de sistemas de climatización permanentes. Los edificios históricos, las restricciones urbanísticas, el coste energético y una cierta tradición de sobriedad ambiental han contribuido a que el país llegue relativamente mal preparado a un mundo cada vez más caliente.
Los climatólogos llevan tiempo advirtiendo de que Francia se está calentando más deprisa de lo que se adapta. Miles de escuelas carecen de sistemas de refrigeración. Muchas líneas de metro y cercanías continúan sin climatizar. Hospitales, residencias y edificios públicos se diseñaron para conservar el calor invernal, pero no para expulsarlo en verano.

El fantasma de 2003
Cada vez que llega una ola de calor, los franceses recuerdan el verano de 2003. Aquel agosto murieron cerca de 14.000 personas, la mayoría ancianos que vivían solos. El país quedó conmocionado al descubrir que el calor podía matar con la misma eficacia que cualquier desastre natural.
Desde entonces, las temperaturas extremas se han convertido en una amenaza recurrente. El calor es un asesino discreto. No deja imágenes espectaculares como las inundaciones o los incendios, pero mata lentamente. Aumenta los infartos, agrava enfermedades respiratorias, dispara las descompensaciones cardiovasculares y golpea especialmente a quienes tienen menos recursos para protegerse. La discusión, por tanto, va sobre vidas humanas.

Marine Le Pen no reniega ya del cambio climático, entiende que genera demandas de protección. La líder de Reagrupamiento Nacional propone climatizar masivamente edificios públicos y ha defendido un plan valorado en 20.000 millones de euros para preparar Francia ante los veranos del futuro. Su mensaje es que nadie debería morir de calor en un país desarrollado. Con su habitual pragmatismo, defiende que ninguna residencia de ancianos debería estar sin climatizar, que una escuela no debe alcanzar temperaturas incompatibles con el aprendizaje y que un hospital no puede funcionar sin refrigeración suficiente.

La izquierda la acusa de apropiarse políticamente de la protección ciudadana, una causa tradicionalmente defendidas por ideologías menos conservadoras. Jean-Luc Mélenchon, líder de La Francia Insumisa, y buena parte del ecologismo consideran que el aire acondicionado no puede convertirse en la respuesta principal al calentamiento global. Argumentan que consume energía, genera nuevas necesidades de consumo y puede fomentar la ilusión de que la tecnología resolverá por sí sola un problema climático que exige transformaciones mucho más profundas. Su partido apuesta por rehabilitar edificios, plantar árboles, multiplicar las zonas de sombra, reducir el asfalto y crear redes urbanas de refrigeración.
Sin embargo, incluso dentro del ecologismo francés empiezan a aparecer matices. El climatólogo que ha roto el tabú es François Gemenne, una de las voces climáticas más influyentes del mundo francófono. Su tesis, aunque no sea del agrado de algunos sectores ecologistas, es que el aire acondicionado salva vidas. Lamenta que Francia siga discutiendo como si el clima de hace treinta años fuese el actual. La cuestión, en su opinión, no es elegir entre rehabilitar edificios o instalar sistemas de climatización, sino hacer ambas cosas.
En España la batalla es otra
En España, el verdadero problema es quién puede permitirse encender el aire acondicionado. Aquí aparece la desigualdad térmica. No todas las familias viven la ola de calor refugiadas en viviendas bien aisladas, con aire acondicionado y capacidad para asumir facturas eléctricas elevadas. Más de la mitad de la población pasa las noches tropicales en pisos mal orientados, con escasa ventilación y sin recursos para refrigerarse. La urgencia, por tanto, es sobrevivir al calor.

