Décimo aniversario

Siete primeros ministros después, la herida del Brexit sigue abierta

La salida de Starmer coincide con el décimo aniversario del referéndum que desencadenó una década de agitación política en Reino Unido

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Mujeres a favor de la UE y contrarias al Brexit se manifiestan en Londres
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Reino Unido se prepara para tener su séptimo primer ministro en una década. Keir Starmer anunció este lunes su dimisión tras perder la confianza de su grupo parlamentario y encajar un serio revés en las elecciones locales inglesas y regionales escocesas y galesas del 7 de mayo. La noticia no hace sino subrayar la agitación política que sacude al país desde que, hoy hace diez años, el referéndum del Brexit abrió una herida que dista mucho de haberse cerrado.

LONDON (United Kingdom), 22/06/2026.- British Prime Minister Keir Starmer after making a statement in Downing Street, London, Britain, 22 June 2026. Keir Starmer has resigned as UK Prime Minister. (Reino Unido, Londres) EFE/EPA/TOLGA AKMEN
El primer ministro británico, Keir Starmer, tras hacer una declaración en Downing Street, Londres
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El plebiscito que hace diez años decretó la salida de los británicos de la Unión Europea ocurrió casi por inercia. Lo que había comenzado como un envido político de un mandatario que quería sofocar la eurofobia en su propio partido acabaría convertido en el mayor terremoto de la historia comunitaria, sacudiendo, a su paso, los cimientos existenciales de una de las democracias decanas del continente. La brecha continúa patente, como un escozor incómodo y embarazoso que regresa tras un tiempo soterrado en el shock colectivo causado por el Brexit. La falta palpable de beneficios una década después ha transformado las fobias en filias y, según revelan unánimemente los sondeos, de celebrarse hoy un plebiscito, una mayoría de británicos apostaría por volver.

Brexit, el resultado del 23 de junio de 2016

El resultado de la votación fue extremadamente ajustado, un 51,9 por ciento a favor de romper frente a un 48,1, pero como ocurre con los planteamientos binarios, la opción ganadora no aceptaba matices. Pese a no contar con el apoyo del Gobierno, ni de economistas, ni de la mayoría del músculo empresarial británico, el veredicto del 23 de junio de 2016 condenaba inexorablemente a Reino Unido a abandonar la UE, pese a que nadie en el frente a favor de la salida había explicado qué supondría la ruptura en la práctica.

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“IV Marcha Nacional por la Reincorporación”, una protesta en apoyo al regreso de Reino Unido a la Unión Europea en Londres
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Y es que lejos de una contienda entre dos planteamientos contrastados y mensurables, el debate descendió a una porfía emocional que apelaba a esencias primarias como miedo, ansias de libertad y un importante componente de bravuconería que los defensores del divorcio acabarían lamentando. Eslóganes directos, pero ficticios, encajaron mejor en el imaginario colectivo que la retórica de aprensión alentada por quienes preconizaban la continuidad. La promesa de dedicar íntegramente a la sacrosanta Sanidad pública los 350 millones de libras que Reino Unido enviaba a la semana a Bruselas, según fabricó la campaña pro-Brexit, sonaba demasiado tentadora frente a las farragosas cifras de PIB o déficit que agitaba el bastión pro-permanencia.

La decepción por el Brexit

En lugar de explicar los beneficios de un acceso sin barreras a una sociedad comercial de 450 millones de consumidores y la flexibilidad de viajar sin fronteras, su campaña se centró en alertar de las perniciosas consecuencias de abandonar el club de Veintiocho. Sus proyecciones económicas, que anticipaban una grave recesión inmediata y el hundimiento de la libra, se basaban, después de todo, en hipótesis y futuribles, con un hiperbólico grado de alarma que los eurófobos pudieron despachar fácilmente como ‘Proyecto Miedo’ (‘Project Fear’).

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“Diez años de sufrimiento, ¿qué se ha conseguido?”, se puede leer en uno de los carteles
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Entre la continuidad en un complejo ente comunitario, considerado remoto y excesivamente burocrático, y la promesa etérea de un futuro mejor, los británicos se lanzaron al “bueno por conocer” del proverbio que recomienda quedarse con lo “malo conocido”. Poco más de 1,3 millones de votos de diferencia, en una votación que contó con una participación del 72,2% (relativamente alta, para los estándares británicos), abrían paso a lo desconocido, pero, diez años después, la decepción es el sentimiento dominante.

Quienes abogaban por continuar en la UE creen que su argumento queda probado por la desalentadora evolución de los acontecimientos, ya que, aunque la economía no sufrió el hundimiento repentino augurado antes del referéndum, sí ha experimentado una erosión gradual pronunciada. Los partidarios del Brexit, por su parte, hablan de una oportunidad perdida y achacan la falta de resultados a una pobre materialización del divorcio.

Golpe a la economía británica

El problema inicial, con todo, era más circunstancial. Bruselas no dominaba la conversación a pie de calle y abandonar tampoco era un clamor popular. El referéndum no estaba concebido para abrir un debate sobre la soberanía y qué vínculos le convenían a la segunda economía comunitaria con su socio natural, y la realidad, diez años después, arroja una difícil lectura para quienes habían vendido las beldades del Brexit.

Aunque la pandemia del coronavirus dificulta calcular el golpe sobre la economía, el consenso general de los expertos, incluyendo el Banco de Inglaterra, calcula una dentellada al PIB de entre un 6 y un 8 por cierto. La migración, uno de los grandes catalizadores del resultado, tampoco quedó controlada tras la salida, al contrario, pese a que los ciudadanos comunitarios dejaron de cruzar el Canal de la Mancha, el nuevo modelo disparó los números, ayudado por el endémico desabastecimiento de mano de obra que sufre Reino Unido en sectores como el sanitario o el asistencial.

Siete primeros ministros en una década

Pero si algo revela la transformación del Brexit es el estado de agitación permanente en el que continúa sumido Reino Unido. Si los 35 años previos al referéndum habían visto cinco primeros ministros en Downing Street, en la última década ha habido seis y el séptimo llegara en septiembre al Número 10, después de que, la semana pasada, se saldase con éxito la maniobra planificada para devolver al alcalde de Mánchester al Parlamento y poder así desafiar la continuidad de Starmer.

Los anhelos de libertad y las soflamas de un futuro mejor de hace diez años no se han materializado. El Reino Unido del presente es un país con una economía de menor tamaño, barreras comerciales que dificultan importaciones y exportaciones y una crisis de identidad sobre su papel el mundo. El Gobierno actual ha comenzado el deshielo con Bruselas, ante las evidencias de que el socio natural, pese al 23 de junio de 2016, está en Europa. De momento, han retomado programas clave como Horizon, de investigación científica; Erasmus, de intercambios universitarios; y Reino Unido puede acceder, con condiciones, al fondo comunitario de Defensa.

El acercamiento a la UE

En los próximos meses se espera más integración, como la esperada movilidad juvenil, y mayor alineamiento normativo, así como una nueva cumbre bilateral en Bruselas, tras la celebrada el año pasado en Londres. De momento, son pasos certeros, pero ya hay voces que hablan abiertamente de regresar, por lo que la gran incógnita en este décimo aniversario del referéndum es si el llamado Bregret (fusión de Brexit y regret, “arrepentimiento” en inglés) logrará suficiente tracción para revertir un plebiscito histórico que demostró el peligro mortal de jugar a la ruleta rusa en política.

La dimisión de Starmer llega en el momento en que se cumple una década de aquel 23-J, y añade un nuevo capítulo a la inestabilidad que el Brexit instaló en la política británica. Seis primeros ministros en diez años –Cameron, May, Johnson, Truss, Sunak y el propio Starmer– y un séptimo en camino conforman un balance que, por sí solo, ilustra el coste institucional del divorcio europeo. El Bregret avanza en las encuestas, el deshielo con Bruselas gana terreno y la gran pregunta ya no es si los británicos se arrepienten, sino si ese arrepentimiento acabará teniendo consecuencias políticas reales.