Al cumplirse cien días desde el inicio de la guerra iniciada por Estados Unidos e Israel contra Irán, el conflicto ha derivado en una suerte de guerra fría en Oriente Medio. Más allá de los intereses de cada una de las partes enfrentadas, al frente de cada país sus líderes masculinos mantienen agendas y objetivos distintos. Los ataques cruzados de este sábado, en que Irán disparó misiles balísticos y drones hacia Kuwait y Bahréin y el ejército estadounidense atacó posiciones militares iraníes, dan fe de que el conflicto persiste. En Líbano, el fuego cruzado entre Israel y Hizbulá continua pese al nuevo anuncio de tregua.
Donald Trump, Benjamin Netanyahu y Mojtaba Khamenei encarnan tres perfiles muy diferentes para una crisis de repercusiones globales. El del presidente estadounidense, que mezcla presión con amenazas explosivas en redes sociales y negociaciones aparentemente encaminadas a lograr la paz; la del primer ministro israelí, que entiende la guerra como una oportunidad estratégica para sobrevivir políticamente; y la del nuevo líder supremo iraní, que intenta sostener un régimen golpeado por la guerra y la represión interna, pero que salió fortalecido tras resistir al primer envite bélico.

Trump ha hecho de la ambigüedad su principal baza. En las primeras semanas de la guerra, pasó de la amenaza a la negociación en cuestión de días, y su discurso osciló entre la dureza máxima y la promesa de una salida pactada. “Puedo cambiar de opinión en segundos”, respondió cuando le señalaron contradicciones en su relato sobre la ofensiva.
Dicha frase resume bien su táctica, que también emplea en otras crisis, como las de Venezuela o Cuba: desorientar al adversario, conservar margen de maniobra y presentarse como el único actor que decide el ritmo del conflicto. En otra intervención, el presidente insistió en que era él quien había “iniciado” la guerra para impedir que Irán obtuviera un arma nuclear, y que no fue movido por la presión de Netanyahu.

A medida que la guerra se alarga, Trump necesita mostrar que el conflicto no se le ha ido de las manos. A nivel doméstico, buena parte de los estadounidenses cuestionan la guerra. La subida del precio del petróleo, así como la cercanía de las elecciones de medio mandato (noviembre) condicionan la estrategia del líder republicano. Por eso, combina anuncios de dureza con mensajes de tregua o negociación, en un intento de no quedar atrapado en una guerra sin final claro.
Según publicó un mes después del estallido de la guerra el analista Stephen Collinson en la CNN, su guerra con Irán llegó a “una encrucijada decisiva”, de la que parece no encontrar escapatoria. En el mismo compás del conflicto, un editorial del New York Times advertía que “el presidente Donald Trump fue a la guerra contra Irán sin explicar su estrategia al pueblo estadounidense ni al mundo. Ahora parece que, en realidad, no tenía ninguna estrategia definida”. Los esfuerzos del presidente estadounidense se centran ahora en vender cualquier futuro acuerdo como una victoria, aunque el régimen iraní conserve el poder ni el plan nuclear se haya desmantelado.

Netanyahu, en cambio, ha hablado desde el primer momento como un líder que interpreta la ofensiva como una necesidad histórica. Al inicio de la ofensiva, afirmó que “esta guerra conducirá a la paz” y llamó directamente a los iraníes a derrocar al régimen. El premier amplificó la tesis de la inteligencia israelí y norteamericana, que daban por hecho que el pueblo iraní se sublevaría contra los ayatolás, un elemento imprescindible dada la negativa estadounidense de desplegar botas sobre el terreno.

Netanyahu llevaba preparando al pueblo de Israel para la guerra contra Irán desde hacía más de una década. Con Trump convencido, se presentaba una oportunidad de oro para degradar la capacidad militar y nuclear iraní. Tras los últimos intercambios de fuego en el Golfo Pérsico, Bibi recordó que la guerra “no ha terminado”, lo que hace temer a millones de israelíes volver a pasar semanas encerrados en los búnkeres.
Netanyahu sabe que el conflicto también le sirve políticamente. Ante las elecciones previstas para el próximo octubre, al premier israelí le interesa mantener frentes abiertos, que le eviten rendir cuentas por el fracaso del 7 de octubre de 2023 (ataque sorpresa de Hamás) o seguir postergando sus juicios por corrupción. Netanyahu vende la operación militar contra Irán en una historia de supervivencia nacional, de resistencia frente a una amenaza existencial y de legitimación de su propio poder.
Del lado iraní, Mojtaba Khamenei sostiene -desde un lugar oculto- las riendas del régimen de los ayatolás. Tras la muerte de Ali Khamenei en un bombardeo, su hijo asumió el poder en Teherán. De un plumazo, la figura que encarnó el mantra de “Muerte a América, muerte a Israel” fue sustituido por un líder opaco -no se le ha visto en público- y con dudas sobre su capacidad de mantener la cohesión interna del régimen y su aparato represivo después de la guerra. Expertos lo describen como un hombre de ala dura, con muy buenas conexiones en el aparato de seguridad.
Pese a subsistir, el régimen sostiene un país tensionado al límite. Deutsche Welle describió un régimen que resiste mientras “el país se hunde en la crisis”, que ya padecía una crisis económica galopante. Dos meses antes de la guerra, miles de iraníes fueron asesinados y encarcelados por protestar por el declive económico de Irán. La guerra ha reforzado la represión, pero también ha agravado problemas económicos y sociales que ya existían antes del conflicto. Para Mojtaba, el desafío no es solo contener a sus enemigos, sino evitar que la guerra desate una erosión interna que vuelva ingobernable al sistema.

Los tres líderes comparten una obsesión: no parecer débiles ante su opinión pública. Los tres buscan proyectar control y estabilidad en medio del caos. Pero sus objetivos no son idénticos. Trump busca cerrar la guerra desde una posición de fuerza y presentarse como el artífice de un acuerdo beneficioso para EE UU; Netanyahu quiere prolongar la ventaja militar israelí hasta dejar a Irán incapacitado para amenazar la región -incluyendo a sus proxy regionales-; y Mojtaba Khamenei pretende que el régimen sobreviva a la guerra sin ceder el relato de resistencia ni aceptar una transición.

