Lo último que le convenía a Venezuela era un terremoto devastador. En un país sumido en una crisis política y económica devastadora, agravada por la captura y extradición del presidente Nicolás Maduro a Estados Unidos en enero, los venezolanos se esforzaban por mantener la moral alta y celebrar la vida. En Naiguatá (La Guaira), los lugareños celebraban al ritmo de una batucada la festividad de San Juan Bautista. De repente, todo empezó a temblar a su alrededor. Miles de personas, atrapadas en angostos callejones, pasaron de disfrutar una fiesta alegre y colorida a sufrir la peor pesadilla.
María Barco, de 24 años, de la ciudad de San Felipe -cerca del epicentro del terremoto-, explicó al New York Times que nunca había sentido algo tan fuerte. Describió una enorme sacudida que pareció durar entre 60 y 90 segundos. Su hija gritó descontrolada. La parte trasera de su casa se derrumbó, lo que impidió a la familia volver a entrar, y se quedaron sin internet ni electricidad. El segundo seísmo fue todavía más fuerte: se estima que es el más potente que sacude el país desde el año 1900. En la ciudad de Naguanagua, al oeste de la capital, Yohana Márquez no sabía si quedarse o salir de casa con sus hijas. “Fue el susto más espantoso que hemos vivido, pensé que no alcanzaríamos a salir de nuestra casa”.

Dos terremotos, de una magnitud de 7,2 y 7,5 grados en la escala de Richter, dejaron confirmados 188 muertos y más de 1.520 heridos durante el jueves, aunque especialistas consideran que la cifra de víctimas, heridos y desaparecidos será mucho mayor en los próximos días, a medida que vayan llegando los rescatistas a las zonas más afectadas. La cifra actual, dada a conocer este viernes, se eleva hasta los 589 muertos y 2.980 desaparecidos.
Los dos potentes terremotos que sacudieron Venezuela en la noche del miércoles sorprendieron no solo por su intensidad, sino también por la rapidez con la que ocurrieron. Ambos movimientos se registraron con apenas 40 segundos de diferencia y a escasos kilómetros de distancia. Los especialistas lo apodan “doblete sísmico”, una situación poco habitual que puede aumentar significativamente el potencial destructivo de este fenómeno natural.
Con puños y palas
En un país con escasos medios, muchos ciudadanos recurrieron a palas o sus propias manos para buscar a sus seres queridos en los edificios derruidos de la ciudad portuaria de La Guaira, donde más de 100 edificios quedaron completamente destruidos. En barrios marginales cercanos a la ciudad, epicentro del segundo terremoto, se teme que habrá muchos mas muertos, pues la gente vive en habitáculos precarios en las laderas.

En los vídeos que circularon en redes sociales se transmitía en directo el caos desatado en cuestión de segundos. Edificios enteros derrumbados, viviendas resquebrajadas, explosiones en el horizonte y gritos de pánico. Desde el aeropuerto internacional de Caracas hasta los barrios más humildes, nadie logró escapar del seísmo.
Una complicada reconstrucción
Venezuela, un país rico en petróleo y otros recursos, está sumido en una depresión que ha arrasado su sistema productivo y llevó a millones de sus ciudadanos a huir del país. Los que se quedaron lidian ahora con unos servicios de rescate muy deteriorados, que hacen pronosticar que la recuperación será muy complicada. Tras la captura de Maduro, el país, liderado por la que fuera vicepresidenta Delcy Rodríguez, ha pasado a estar de facto controlado por Washington. De hecho, Donald Trump fue de los primeros en mandar mensajes de solidaridad con Venezuela tras la catástrofe.

Es muy probable que estos terremotos sean la peor catástrofe humanitaria que haya sufrido Venezuela en décadas. El puerto de La Guaira, muy afectado, aún presenta las secuelas de los devastadores deslizamientos de tierra de 1999, que se estima que se cobraron al menos 15.000 vidas. El país latinoamericano tiene una extensa historia sísmica, y se estima que el 80% de su población vive en zonas de riesgo de terremotos.
Según la Fundación Venezolana de Investigaciones Sismológicas, la combinación de un cinturón de fallas activas y el contacto entre las placas del Caribe y Suramérica hacen de Venezuela uno de los países más expuestos a terremotos del continente, con la mayoría de su población asentada en zonas de alta amenaza sísmica.

Delcy Rodríguez, visiblemente consternada, hizo un llamamiento a la unidad nacional y agradeció las promesas de ayuda humanitaria llegadas desde el exterior, incluidas las del presidente estadounidense Donald Trump. La gestión de la catástrofe será decisiva para la sucesora del chavismo, que aseguró que los primeros equipos de rescate llegados de Estados Unidos, República Dominica, El Salvador, México o Qatar ya están en camino. La presidenta anunció la creación de un fondo inicial de 250 millones de dólares aportados por recursos del Fondo Monetario Internacional (FMI).
“La gente está demasiado abajo y no pueden llegar hasta ellos sin maquinaria”, dijo desesperada Brigeanner Soto, una venezolana residente en Estados Unidos. La diáspora vivió en vilo las horas posteriores al terremoto, tratando de localizar a sus seres queridos por teléfono, pese a los cortes de luz e internet extendidos por el país. “Estos edificios se derrumban exactamente como estamos viendo: colapsos masivos, con un piso cayéndose encima del siguiente”, explicó Christian Málaga–Chuquiataype, experto en resiliencia sísmica del Imperial College de Londres. Los materiales baratos y la mala planificación urbanística agravaron la magnitud de la catástrofe.

Paradójicamente, los terremotos se produjeron por la tarde de un día festivo en el que se conmemora una batalla de 1821 que acabó conduciendo a que Venezuela lograra independizarse de España. Los colegios estaban cerrados y, cuando ocurrieron los temblores, muchos venezolanos estaban en casa porque ese miércoles no habían ido a trabajar.
El principal reto de los equipos de rescate durante el jueves fue salvar la mayor cantidad de vidas un día después de la tragedia. Muchas personas detectaron a supervivientes por sus gritos de auxilio, o porque algunos encendían sus linternas de los móviles bajo los escombros. Ante la falta de maquinaria y personal, los rescatistas trabajaron contra reloj. “Los terremotos superan la capacidad de respuesta de Venezuela”, lamentó a France 24 Antonio de Lisio, geógrafo y profesor de la Universidad Central de un país sumido en estado de shock.
