Sólo quien se ha criado allí, sabe que ser del Madrid a la vera del Manzanares es cosa difícil. Veías aparecer la marea esa de rojiblancos acercándose por Pirámides y el alma del barrio doblaba la cerviz. No había vecino que no se hiciera del Atleti ante semejante marabunta. No en vano, todos mis tíos y primos, también inmersos en la vecindad, son colchoneros de pura cepa. Por eso me imagino a mi padre como a Rick en Casablanca: Bogart veía pasar a todos los ricachones camino de Estados Unidos como mi progenitor veía pasar nuevas conciencias haciéndose atléticas. Sólo él resistía con su escondida camiseta del Madrid debajo del suéter, como Bogart parapetado en ese café donde Sam tocaba el piano para nadie.
Tantos años después, guardo algo de ese romanticismo en otros barrios y en otras vidas. Todavía hoy subo en mi Toyota al bar Puente, alegre y risueño como las mocitas esas del himno, y espero allí a mi padre para tomar una cerveza tranquilamente y verlos correr con la misma zamarra blanca de siempre. Quizá por eso, veo la historia esta de las camisetas de Ceuta como quien ve marcharse un avión con Ingrid Bergman a bordo: es el final de una época, es el ocaso del mundo que conocimos.

¿Quién puede dejar de solidarizarse con Ceuta? Hablamos de un pueblo que ve cómo su vieja tranquilidad se ha ido al garete por culpa de una política de salón, la vieja aristocracia gubernamental moviendo peones. Ahora, gracias a esta gentuza, los ceutíes deben ver triturados sus servicios públicos, amenazada su seguridad, vilipendiada su convivencia y pisoteada su concordia. De la noche a la mañana, un grupo de burócratas les ha destrozado la vida. ¿Quién, en su sano juicio, puede no estar a favor de mostrarse solidario con esta gente? ¿Quién, despojado de ese virus que es la ideología, puede dejar de aprovechar su altavoz para intentar levantarles mínimamente el ánimo?
Claro, si uno aparca en el Puente, se coloca con su cerveza y sus panchitos delante del pantallón, y ve a dos tipos hacer el ridículo con las camisetas de apoyo a Ceuta, ¿qué puede pensar? Lo primero, y más allá de la moralina cartón piedra que nos soltarán después estos wokistas de poca monta, es que estos dos muchachos tienen menos luces que un barco pirata. Pero, después, la pantomima me lleva a una reflexión mayor.

¿En qué momento se vino a abajo la identificación en el fútbol? Yo me crie en ese mundo: los barrios eran de este o de aquel color, las selecciones nacionales unían países, y las familias se arremolinaban en torno a un transistor para abrazarse con el gol de Santillana. ¿Qué queda de todo eso? Apenas un par de críos, a los que les han hecho creen que pueden salvar un mundo que no va con ellos, y que ahora lanzan proclamas vacías al aire sabiendo que recogerán un cuantioso beneficio pecuniario por ello.
Así es. El fútbol es hoy algo más parecido al baloncesto norteamericano, donde los equipos pasan de Charlotte a Nueva Orleans sin que nada importe. Puro espectáculo sin arraigo ni pasión, apenas una carcasa vacía de contenido. En un mundo de gestos, el fútbol sólo es un gesto más. Y no culpo a nadie. Es lo que reclama el espectador. La demanda grita, el mercado responde.
Lo cierto es que, no lo dudo, algo se gana -empezando probablemente por pingüe capital, que decía la copla- pero también algo se pierde. Los estadios se llenan de turistas que viajan desde lejanos países con el PIB por las nubes, sí; pero mi hijo no podrá experimentar con su padre lo que su padre experimentó con su abuelo: subir las escaleras del Bernabéu mientras el olor a puro y la masa ocre de aficionados se iban agrandando delante de su memoria. Se pierde la identificación que este que ahora les escribe un día tuvo con unos colores como resistencia dentro de territorio comanche. Se pierde, en resumen, la esencia de lo que un día fue este deporte.
En una región española estamos viviendo una catástrofe humanitaria sin precedentes, un desastre que puede modificar la tipología geopolítica de una generación. Pero quizá el equipo más importante de ese país no puede mostrar solidaridad y respaldo hacia esa región porque dos críos han decidido que hay que sacarle lustre a una moralina vacía. Adelante, hagan con este producto lo que deseen, ya no es otra cosa.
Mientras, mi padre ha pedido otra cerveza en el descanso. No le culpo tampoco, la melancolía entra mejor con alcohol. Ya lo dijo el propio Rick, con mucha más elegancia: los problemas de dos pequeños seres no importan nada en este loco mundo, o algo así. Mientras, en el pantallón, el Madrid ha marcado el tercero. Miro a mi lado, tengo la sensación de que nadie celebra nada. Será que me hago viejo.

