En España tenemos a un ministro que la mayor parte del tiempo de su exposición pública la dedica al insulto. Esto es así. Y sin decirles el nombre seguro que ya saben a quién me estoy refiriendo. Para más señas, es el mismo tipo al que Pedro Sánchez le encomendó dar la réplica al líder de la oposición en la última sesión de investidura. Este Gobierno vino a cambiar las cosas, sin duda, pero a peor. Con la bandera del progreso como coartada, prometieron que el alma social mejoraría las políticas de vivienda, las educativas o las sociales. Y creo que no hace falta que les diga lo complicado que lo tienen la mayoría de los españoles para conseguir un techo digno (el último caso lo tuvimos ayer con la anciana de 87 años que fue desahuciada en Madrid), lo bien que nos ha dejado el último informe PISA o los incontestables avances que hemos tenido como sociedad en temas como el bullying, el feminismo prostibulario de la moqueta o cualquier otro campo que queramos mirar.
Este Ejecutivo que no gobierna, que está a todas horas intentando convencernos inconscientemente de que no sirven para nada, pues únicamente se dedican a hacer oposición a las comunidades autónomas para liberarse del reparto de cualquier responsabilidad, ha decidido que va a resistir hasta el final agarrado a dos pilares: la mentira y el odio. Pero estos dos salvavidas que utilizan hay que diferenciarlos entre sí, porque, aunque van de la mano y se retroalimentan, funcionan por dos conductos distintos.
La falsedad cada vez más descarada de la que hacen gala tiene un componente más de supervivencia que de otra cosa. Usan el embuste como un puente para llegar a una verdad inventada, verdad que nadie cree, o que los que han decidido creer tragan por puro interés, por la certeza de que lo que vendrá será peor. Mienten por deporte, pero sin esfuerzo ya. Sin preocuparse en fabricar bolas convincentes y digeribles. Les importa un pimiento que la realidad arrolle al embuste en tiempo récord, trabajan en colocar su mercancía y se instalan en el pataleo de su universo paralelo, con el convencimiento de que habrá más penalización en una recogida de cable que en el insistir en lo que a todas luces son teorías infundadas. Por eso, cuando les pillan con el carro del helado y hay pruebas que refutan sus versiones, echan mano de cualquier proclama ideológica que desvíe el foco cambiando el marco de la conversación. ¿Y por qué pueden hacer esto? ¿Por qué pueden mentir una y otra vez de forma impune sin que, para una parte de la población, el descrédito que se han labrado sea definitivo?
Pues bien, esa es la parte interesante y la que conecta con la segunda pieza de esta teoría: por el odio. Es en realidad lo que lo ensambla todo. Por eso, a diferencia de la mentira, sí que es premeditado y lleva aparejado la alevosía de las cosas que responden a una estrategia bien diseñado. Hemos repetido en muchas ocasiones que este sanchismo 2.0 se inició cuando se dijo en sede parlamentaria que se iba a levantar un muro entre españoles, y que posteriormente continuó con la carta de Pedro a sus coristas y los cinco días de reflexión. Cuando Sánchez decidió abonarse a la polarización no lo hizo para salir del paso, sino que fue una decisión a largo plazo. Y la está llevando hasta las últimas consecuencias. Ha conseguido resquebrajar al país, tener enfrentada y dividida a la sociedad en férreas trincheras ideológicas. Ha preparado el terreno para que el fanatismo absorba todo el cinismo y la incompetencia de su gestión.
Y para llegar hasta ese punto ha necesitado usar a peones como Óscar Puente, dispuestos a cargar en su biografía con el inédito descaro de llevar una cartera ministerial y comportarse como un vulgar pandillero, como un sicario del poder que insulta desde una de las cumbres de nuestras instituciones a todo el mundo. Comenzó bloqueando a medio país desde su cuenta de Twitter, prosiguió con sus formas patibularias y ha acabado insultando a todo el mundo, sin discriminar su profesión, su orientación ideológica o su procedencia. No, no solo llamó ‘saco de mierda’ a un personaje anecdótico como Vito Quiles al que acabaron haciendo famoso a fuerza de encumbrarlo. Luego pasó a la descalificación constante y grosera de la oposición, con el nivel de un quinceañero inmaduro. Y finalmente ha acabado rompiendo en un follonero que ataca de igual manera a jueces, a periodistas y a integrantes de su propio partido que osan cuestionar la deriva por la que va la formación del puño y la rosa.
Esta semana le ha dado tiempo de atacar a la Juez Biedma, a Antonio García Ferreras y a Eduardo Madina. Tiene para todos, y todos son ultraderechistas a los ojos de un tipo que no da una a derechas. Lo mejor es cómo es capaz de llegar a confrontar con gente como Ignasi Guardans, un tipo que se desvive por defender en los platós muchas de las políticas del Gobierno, y que en una iluminación divina le reprochó los constantes exabruptos. Fíjense como serán las cosas que este guardián del odio que le permite a Sánchez resistir a través de la mentira al único que no le ha contestado es a Davinchi, el lateral del Getafe cuyo padre murió en la tragedia de Adamuz. Asesino le llamó. No sé si asesino, pero un incompetente y un matón de medio pelo seguro que sí. Además de ser un mero peón de una de las etapas más convulsas y feas de la historia de la democracia. Esperemos que en un tiempo seamos capaces de olvidarnos que tuvimos a un maleducado y a un irresponsable de esta magnitud sentado en uno de los mayores órganos de decisión de nuestro país. Óscar Puente es el perro del perro. Y está orgulloso de ello. El mismo que dijo que había solucionado la crisis de Ceuta.

