Una de las citas más célebres atribuidas a Talleyrand (apócrifa como la mayoría de las grandes frases de la historia) es aquella que dice: “Lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible”. No hay mejor resumen para explicar lo que ha pasado en las izquierdas españolas en los últimos meses. El profeta Rufián (una de mis conocidas y confesadas debilidades) ilusionó a sus feligreses con un Frente Amplio, pero al final el sumo sacerdote Pablo Iglesias (con ese apellido estaba condenado desde la cuna a ser un promotor entusiasta de cismas) reventó la unidad de los creyentes e impuso un Frente Raquítico.
El minifundismo atroz de las izquierdas españolas se puede analizar desde muchos puntos de vista, unos más serios, otros más cómicos. En cincuenta años de democracia (y dejando al margen a don Santiago Carrillo, el miembro rojo del triunvirato que junto al rey don Juan Carlos y al miembro azul, Adolfo Suárez, trajo la democracia a España) solo tres políticos han conseguido liderar a la izquierda del PSOE con una fuerza política unida y con éxito en las urnas: Julio Anguita, Pablo Iglesias y Yolanda Díaz. El califa cordobés está ya en los altares laicos de la política española; mi paisana de Fene está camino de la OIT (es curioso que aún no se ha ido y ya la están echando de menos) y el Marat de Vallecas es el jubilado político más activo y trabajador que se recuerda.ça
La tentación fácil sería referirme a las peleas, a las disputas, a los líos (siempre que utilizo esta palabra me acuerdo del presidente Rajoy) de las extremas izquierdas patrias mentando los reality shows de las televisiones españolas, porque las nominaciones de Gran Hermano son pellizcos de monja comparadas con las puñaladas por ir bien situado en sus listas electorales; los sacrificios de Supervivientes son una broma viendo la angustia y el dolor que producen las continuas purgas que sufren los miembros de estos partidos, donde sobrevivir de diputado es más difícil que hacerlo de primer ministro en Downing Street. Mis lectores comprenderán que del tercer reality de moda La isla de las tentaciones abdique de buscar cualquier analogía o similitud con la realidad de las extremas izquierdas patrias.
“Aquí las sonrisas son puñales”
La razón de esta continua división y enfrentamiento de las izquierdas ibéricas también se puede descubrir leyendo a los grandes anatomistas del alma humana, leyendo, por ejemplo, a Shakespeare. Estos días todos los actores de este fiasco político han exhibido de cara a la galería sus mejores palabras y sonrisas, pero ya nos dice el Bardo de Avon en Macbeth: “Aquí las sonrisas son puñales”.
Me niego a identificar a Macbeth y a Lady Macbeth, porque a pesar de las apariencias, tal vez nos llevaríamos enormes sorpresas. Los odios entre ellos son africanos, los resentimientos insuperables, las heridas sangran eternamente. El Cervantes inglés lo vuelve a clavar: “La venganza, única medicina de nuestros males, ha de ser tremenda”.
Los líderes y las lideresas de los partidos que consideran al PSOE un socio de derechas son también reos de celos enfermizos y el Hugo británico, en Otelo, también radiografió esta patología letal del alma humana con absoluta precisión: “Los celos nunca son razonados. Son celos porque lo son: monstruo que se devora a sí mismo”. Los celos entre ellos (además de los odios) son una de las principales razones de que vayan separados a las elecciones de finales de noviembre, lo que aumenta exponencialmente las posibilidades de una victoria de las derechas.
Generosidad y valentía
Por último, para alcanzar un acuerdo de la naturaleza del que buscaban y necesitaban, se exigen dos condimentos esenciales del alma humana de los que carecen: generosidad y valentía. El Goethe de la isla vecina de Irlanda, la isla que se resiste a ser europea, ya nos lo dice en su Julio César (una de las obras del poeta de los poetas que más me entusiasman): “Los cobardes mueren muchas veces antes de perder la vida. Los valientes no experimentan la muerte sino una vez”. Y las extremas izquierdas españolas han sido profundamente cobardes y por eso tal vez muy pronto se lamenten, y parafraseando a Ticinio, uno de los amigos de Bruto y Casio, digan: ¡Se ha puesto el sol en Madrid! ¡Se ha acabado nuestro día!
Tenía casi terminada mi columna político-literaria sobre los motivos de la desastrosa división de la extrema izquierda española frente a la férrea unidad de sus antagonistas derechistas, salvo que Alvise Pérez resucite y se recupere pronto de la resaca que padece tras el fin de su fiesta.
Pero visitando el Museo del Prado (junto a la lengua española y El Quijote, el tercer elemento de la tríada que convierte a nuestra apaleada España en una de las grandes potencias culturales del orbe) con mi mujer, en la sala de las Pinturas Negras de Goya comprendí que las luchas y hostilidades de las izquierdas tienen causas más profundas, están grabadas a fuego en su ADN y en su alma.
El Duelo a garrotazos me recordó a Sumar y Podemos, pero a su lado Saturno devorando a su hijo me impactó y recordé que el dios los devoraba por miedo a ser desalojado del poder por algunos de sus vástagos. Ahí comprendí, definitivamente, que las disputas entre todas las familias izquierdistas estatales (a ellos les gusta más esta palabra que nacionales o españolas) y autonómicas durarán tanto como dure la especie humana y como duremos esos bípedos imperfectos llamados españoles. Para aumentar mi convicción recordé las palabras del girondino francés Vergniaud ante el Tribunal Revolucionario poco antes de ser guillotinado: “La revolución es como Saturno, devora a sus propios hijos”.
Una paradoja electoral
Las consecuencias políticas de esta debacle a la izquierda del Partido Socialista son evidentes, incluso Marcos Llorente podría pontificar con acierto sobre ellas. Es posible y probable que esta decisión suicida de los izquierdistas puros haga que los resultados de las elecciones de 2026 sean los mismos que los de las de 2023, pero al revés.
La conversión del sueño del Frente Amplio en la pesadilla del Frente Raquítico hará que miles de esos votantes apoyen masivamente al partido del presidente Sánchez. Con lo que se puede dar la paradoja de que Sánchez gane las elecciones y su partido sea el más votado, pero no pueda “Sumar” con nadie para formar gobierno.
En cambio mi paisano Feijóo puede que quede en segundo lugar (al revés que hace tres años que ganó las elecciones) y, sin embargo, pueda formar gobierno con Vox. Tengo claro que si este es el resultado de las elecciones (todas las encuestas lo dicen, pero yo vuelvo a ver, como siempre, a contracorriente, las cosas mucho más ajustadas) el Partido Popular y el presidente Feijóo serán la voz del gobierno de España y sus socios lucharán, como mucho, por ser el eco.
Un animal político incomensurable
Antes de terminar esta columna sobre las izquierdas de la izquierda quiero rendir homenaje a Xosé Manuel Beiras, histórico líder del nacionalismo gallego de izquierdas, recientemente fallecido. Beiras fue además de un ilustre catedrático de Estructura Económica y de un gran intelectual, un animal político inconmensurable que ejerció durante casi quince años la oposición a don Manuel Fraga durante su presidencia de la Xunta de Galicia.
Fraga y Beiras, dos hombres con una inmensa formación y cultura, convirtieron el Parlamento gallego en otra Cámara de los Comunes, en otra Asamblea Nacional Francesa por la altura, hondura y, también, por la pasión y temperamento de sus inolvidables debates parlamentarios.
Todos mis lectores saben que me gusta concluir siempre mis columnas con poesía. Hoy no lo voy a hacer, por la tremenda carga literaria que las intrigas y traiciones de las izquierdas me han evocado (no quiero provocar un síndrome de Stendhal colectivo) y porque creo que a los protagonistas de esta tragedia shakesperiana lo que mejor les retrata es una celebérrima frase de un personaje legendario, Álvaro de Figueroa, el conde de Romanones: “Joder, qué tropa”.

