Hace exactamente una semana, el 11 de octubre, la Plaza de San Pedro de Roma, como cada domingo alrededor de las doce del mediodía, estaba llena de gente. Pocos minutos después, desde la ventana en el lateral derecho por la que habitualmente el papa reza el Angelus, llegaba la noticia que, irremediablemente, cambiaba para siempre el pontificado de León XIV. A menos de un año y medio de su elección y con un tono sorprendentemente tranquilo el pontífice anunciaba que en los próximos días se operaría, siguiendo el consejo de los médicos, de un “nódulo en el pulmón”.
Un papa ágil, que cuidaba su forma física y relativamente joven, 71 años, y que hacía solo unos días había seguido una intensa agenda en el viaje apostólico a Francia sorprendía al mundo comunicando directamente la noticia en primera persona. Solo dos días después, el martes, lo veíamos entrar en el Hospital Gemelli de Roma, conocido como el Vaticano III (el segundo es la residencia de Castel Gandolfo), con esa misma tranquilidad y saludando con la mano a las decenas de personas que habían hasta allí para verlo. Sorprende la rapidez con la que el Pontífice decide operarse lo cual arroja un miedo sobre la “gravedad” que se confirma esa misma noche con un boletín médico que pone nombre a la enfermedad de la que ha sido operado: cáncer de pulmón.
Una operación que dura 90 minutos, aunque el Santo Padre está durante 3 horas en la sala operatoria. Sus médicos, Stefano Margaritora y Luigi Carbone, en una nota concretan que “para que la intervención fuera radical, se extirpó el lóbulo inferior del pulmón derecho mediante una técnica videoasistida». León XIV había sido operado de un tumor maligno, encontrado en una fase inicial, pero los detalles concretos sobre la enfermedad, la necesidad de un tratamiento y de qué tipo, no podrán determinarse hasta dentro de unos días con los resultados del examen histológico de los gánglios linfáticos.

Sorprende la claridad del mensaje y la rapidez, en menos de tres días el mundo sabe que el papa está enfermo y que ha sido operado de cáncer. Un gesto insólito si consideramos que hasta tiempos de Juan Pablo II hablar sobre los problemas de salud de un papa era todo un tabú. De hecho, el viernes fueron publicadas ya las primeras fotos del pontífice desde que había entrado en el hospital oficiando una misa en la capilla a su disposición en décima planta del hospital ante el personal sanitario y la guardia suiza. En las imágenes se le ve de pie y con buen aspecto, a su lado su secretario particular, monseñor Edgar Ivan Rimaycuna Inga.
Hacia el final de la semana el papa que, insisten los médicos, se recupera según lo esperado e incluso las radiografías torácicas demuestran una “buena recuperación del pulmón operado”, ha retomado el trabajo. De hecho, comenzaron paulatinamente a llegar algunas visitas reducidas pero significativas como la del sustituto de la Secretaría de Estado del Vaticano, que se encarga entre otras cosas de su agenda. También ha visto estos días al vicario general de la diócesis de Roma, Baldassare Reina y al nuevo decano del colegio cardenalicio, Luis Antonio Tagle. Este último, por cierto, fue uno de los dos importantes nombramientos de altos cargos del Vaticano que el papa realizó cuando, pocos días antes de comunicarlo abiertamente al mundo, ya sabía que estaba enfermo. En aquel momento, cuando el 9 de octubre el Vaticano anunció este nombramiento, pasó inadvertido. Ahora es lógico darle una doble lectura sobre todo si tenemos en cuenta que es un cargo fundamental para gestionar la Iglesia católica en la “sede vacante”, cuando fallece un papa, o en la organización, por ejemplo, de un Cónclave. Prevost, de carácter metódico y con la mente de un matemático, quiso dejar esa decisión tomada porque, de alguna forma, sabía el peso que tendría la cirugía a la que estaba a punto de someterse y que trajo consigo ese diagnóstico que lo cambió todo.

A la espera de conocer el alcance de la enfermedad lo ocurrido esta semana ha cambiado el ritmo del pontificado y hace que cada uno de los movimientos, más públicos o menos, del Vaticano, sean observados con una enorme atención. Un pontífice sano y que acaba de ser elegido, como era su caso, puede permitirse un ritmo pausado, como el que había demostrado hasta ahora León XIV. En muchos casos un diagnóstico como este acelera los ritmos de algunas decisiones o fuerza algunos nombramientos más significativos. De hecho, en la tarde del viernes sorprendía la noticia, a media tarde, de que el Papa había hablado telefónicamente con el presidente ruso Vladimir Putin. Según informaba la oficina de prensa del Vaticano el Pontífice había “expresado su profunda preocupación por la grave situación humanitaria en la ciudad de Oleshky, en laregión de Jersón, y ha solicitado una tregua que permita la llegada de ayuda alimentaria y sanitaria, así comola evacuación voluntaria y segurade la población civil. Por último, el Santo Padre ha reiterado el compromiso de la Santa Sede en favor del diálogo y la paz.”
Hasta el momento, a pesar de que sorprendieron las palabras el jueves del Secretario de Estado Parolin, “si fuese necesario el Papa reajustará su pontificado“, todo sigue como estaba. Durante la enfermedad de un Papa no se activa la “sede vacante” y el viaje a Latinoamérica, aunque es poco probable por la dificultad que representa visitar 3 países y realizar en 12 días 31.000 km para un paciente que acaba de operarse de un tumor maligno, sigue en pie. También el Angelus que hoy León XIV, según ha confirmado la sala de prensa del Vaticano, rezará como cada domingo. La gran diferencia es que en 7 días ha pasado un huracán que ha cambiado ya su pontificado.

