Opinión

La pocilga de Sol

MADRID, 16/10/2026.- Vista del acceso a la estación de Metro de Sol, que ha cerrado este viernes para realizar labores de limpieza ante la "insalubridad" derivada, según la Comunidad de Madrid, de la acampada por la vivienda en la Puerta del Sol desde hace 21 días, mientras que la estación de Cercanías, situada en la misma plaza, se mantiene operativa. EFE/ Borja Sánchez-Trillo
Vista del acceso a la estación de Metro de Sol, que ha cerrado este viernes para realizar labores de limpieza ante la "insalubridad" derivada, según la Comunidad de Madrid, de la acampada por la vivienda en la Puerta del Sol. EFE/ Borja Sánchez-Trillo
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Tendente al viejunismo como soy, no puedo evitarlo, escribo estas letras con cierta melancolía personal. Bajaba yo este jueves por Montera, y me imaginaba a mí mismo como un Valle-Inclán de otro tiempo, dirigiéndome a la Puerta del Sol camino del café de la Montaña. Pero, ay de mí, querido lector. Ni el café de la Montaña es ya refugio cultural alguno -tienda de iPhones y otras moderneces-, ni por supuesto este que les escribe es Valle, ni sobre todo la Puerta del Sol es hoy el elegante inicio de todos los caminos.

El hedor inicial me lo confirmó, que diría el himno reguetoniano. Me temo que ese kilómetro cero ya no mide la distancia a otro punto, sino la caída higiénica de un pueblo. Veo esa explanada, que ya de base parece el patio de un psiquiátrico de poema de Panero, y no puedo por menos que llevarme las manos a la cabeza. La vibración -perdone el eufemismo- que se percibe en el ambiente es tétrica, una degradación estética que se incrusta en las fosas nasales.

MADRID, 16/10/2026.- Vista del acceso a la estación de Cercanías de Sol, que a diferencia de la de Metro permanece abierta. La estación de Metro de Sol ha cerrado este viernes para realizar labores de limpieza ante la "insalubridad" derivada, según la Comunidad de Madrid, de la acampada por la vivienda en la Puerta del Sol desde hace 21 días, mientras que la estación de Cercanías, situada en la misma plaza, se mantiene operativa. EFE/ Borja Sánchez-Trillo
Vista del acceso a la estación de Metro de Sol, cerrado el viernes para realizar labores de limpieza. EFE/ Borja Sánchez-Trillo

Veo a unos tipos dormidos a las ocho de la tarde bajo una tienda improvisada. Giro, y ahora se me descubren tres fulanos intentando avivar una fogata. En la fuente, otrora símbolo del poder social de las ciudades romanas, se bañan cuatro o cinco con un flotador que tiene forma de aguacate. El desagradable ruido que se percibe en algún punto de este Chernóbil social resulta ser un concierto de música electrónica. Muchos bailan, digamos, alegremente animados por sustancias que no se compran en el ultramarinos. Decido largarme rodeando la plaza, y un tío me saluda por la salida de Carretas leyendo, bien tumbadito en la esquina, ni más ni menos que Trainspotting, de Irvine Welsh.

El destino siempre une los puntos con criterio. No es baladí que se me aparezca esa Edimburgo mugrienta, que se pudre bajo la heroína descontrolada y el abandono industrial. Percibo el mismo vacío existencial en la plaza madrileña: turismo de masas mezclado con seres haciendo del espacio puro lodazal humano. Las luces de neón que rodean Sol alumbran un desfile de personajes apáticos, que han dejado caer el futuro como lo dejaron escapar aquellos personajes de Welsh.

MADRID, 16/10/2026.- Vista del acceso a la estación de Metro de Sol, que ha cerrado este viernes para realizar labores de limpieza ante la "insalubridad" derivada, según la Comunidad de Madrid, de la acampada por la vivienda en la Puerta del Sol desde hace 21 días, mientras que la estación de Cercanías, situada en la misma plaza, se mantiene operativa. EFE/ Borja Sánchez-Trillo
Vista del acceso a la estación de Metro de Sol, que cerrado el viernes para realizar labores de limpieza. EFE/ Borja Sánchez-Trillo

Ante el estercolero de las calles, los paseantes observan con desprecio el espectáculo. También los tenderos de la zona, que ven cómo sus negocios declinan bajo este esperpento social. Es inevitable comparar esto con aquel 11-M que tanto cambió el panorama político. Han pasado quince años, pero todavía puedo recordarme paseando del mismo modo entonces, y ver a centenares de personas que como yo observaban con relativa admiración aquel fenómeno que no sabíamos cómo acabaría. Nada hay de admiración en los transeúntes que ahora observan el detritus moral que se ha montado esta vez. Al igual que el infame retrete de Trainspotting, el peor lavabo de Escocia, Sol se ha convertido en un inodoro estético al que la gente acude a sumergirse, no por placer, sino por una adicción colectiva e inexplicable al tumulto.

No hay servicio de limpieza que disimule esto. Ni el bronce de la estatua de Carlos III se salva: tres desarrapados se han aupado a ella y se cuelgan como macacos. Predicadores con megáfono hablan de utopías sobre la vivienda, y cientos de fieles asienten como si el sistema no fuese por otros caminos. Un tipo se mete un bocata de gallinejas a la altura del madroño. Nada puede resultar más desagradable que respirar sesenta veces por minuto en esta pocilga.

Vuelve a mí la novela de Welsh: no hay redención para esta fealdad. Caminar entre losas sucias huyendo de semejante escenario produce la misma fatiga mental que correr por Edimburgo escapando de la policía. A la altura de Gran Vía ya no queda rastro de la kafkiana escena que se desarrolla quinientos metros más abajo. Me engulle la boca de metro y, antes de volver a mi tranquilo poblachón serrano, pienso en que todo declinar civilizatorio cumple una misma regla: antes de arrasar la moral, cae la belleza.

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