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Por qué no la cesta de la compra no va bajar … y si acaso subirá

Los españoles gastan un 18,5% más en alimentación que en 2019, pese a comprar un 7,9% menos. Los expertos explican por qué los precios difícilmente bajarán y advierten de nuevas subidas por el alza de los combustibles

La sensación que tienen muchos ciudadanos al llenar su despensa de pagar más por menos es real. Antes de la pandemia, en 2019, comprar un litro de leche, una docena y media de huevos, un kilo de pollo y otro de manzanas costaba 8,60 euros. Siete años después, esa misma selección de productos básicos supone un desembolso de 12 euros, casi un 40% más.

Entre estos alimentos básicos destaca especialmente el huevo. El precio de una de las fuentes más asequibles de proteína se ha multiplicado por 1,7, por la gripe aviar y su impacto sobre la producción, una circunstancia que también afecta al sector avícola. Un ejemplo en sentido contrario es el aceite de oliva, que, tras precios récord por encima de diez euros por litro en 2024, comenzó a abaratarse con la recuperación de las cosechas. En 2025, cayó casi un 50% y este año ha vuelto a recuperar la senda alcista de precios.

Son datos de Worldpanel by Numerator para Artículo14 que reflejan cómo, tras la pandemia, las sucesivas crisis han elevado el coste de la cesta de la compra y, sobre todo, cómo esas subidas se han consolidado. Para entender por qué los precios se encuentran en los niveles actuales, hay que remontarse a 2020.

Un poco de historia reciente

Tras la pandemia de la Covid-19, la recuperación de la actividad en 2021 provocó problemas de suministro y un fuerte aumento de los costes energéticos y del transporte. En diciembre de aquel año, los alimentos acumulaban una subida del 5% respecto al mismo mes de 2020 -1,5 puntos menos que el IPC general-. Sin embargo, fue la invasión rusa de Ucrania, en febrero de 2022, la que disparó los costes energéticos -especialmente del gas natural y la electricidad- y de las materias primas agrícolas, como los cereales y los aceites vegetales. Cinco meses después, el IPC general alcanzó una tasa interanual del 10,8%, la más alta desde septiembre de 1984.

En diciembre de 2022, el Banco de España advertía de que, aunque los precios energéticos comenzaban a moderarse, el traslado de los incrementos de costes a los precios finales todavía era incompleto, por lo que la inflación alimentaria tardaría más en remitir. Ese desfase quedó patente en febrero de 2023, cuando los alimentos registraron una subida interanual del 16,6%. Tras este pico, los precios moderaron su ritmo de crecimiento, pero sin regresar a los niveles anteriores.

Ormuz llega al surtidor en 2026

En este contexto, el pasado 28 de febrero, Estados Unidos e Israel iniciaron una ofensiva contra Irán, que ha provocado el bloqueo del estrecho de Ormuz, una de las principales rutas del comercio mundial de petróleo. El barril de Brent, referencia en Europa, ha sufrido fuertes altibajos -pasó de unos 70 dólares antes del conflicto a 127 dólares a finales de marzo-, pero ahora oscila en el entorno de los cien dólares. Una muestra de la magnitud de la crisis es la intervención de la Agencia Internacional de la Energía (AIE) con un acuerdo para liberar parte de las reservas estratégicas de petróleo.

En España, el Gobierno acordó en marzo liberar hasta 11,5 millones de barriles de petróleo en diferentes fases -la segunda se activó el pasado 15 de octubre-. En paralelo, se han activado medidas para amortiguar el encarecimiento de los combustibles, entre ellas una rebaja de 20 céntimos por litro en el surtidor. Esta subida de costes afecta no solo al transporte, sino también al sector primario. Es más caro poner a trabajar el tractor, pero también se encarecen otros insumos agrícolas, como los fertilizantes, cuya producción depende en buena medida del gas natural. Su cotización también ha aumentado por el impacto de las tensiones derivadas del conflicto en el Golfo Pérsico.

En septiembre, la inflación general se disparó al 4,9% interanual, su nivel más alto desde febrero de 2023. El gasóleo se encareció un 34% y la gasolina, un 27,5%. Por ahora, el impacto sobre la alimentación es más limitado. Los precios de los alimentos y bebidas no alcohólicas aumentaron un 2,7% interanual en septiembre, más de dos puntos por debajo de la inflación general. Sin embargo, esta diferencia no garantiza que la cesta de la compra quede al margen de la nueva crisis energética.

La cadena alimentaria, nuevamente bajo la lupa

En plena precampaña electoral, la reacción del sector primario -Asaja, COAG y Unión de Uniones, sin UPA- no se ha hecho esperar: el campo saldrá a la calle en Madrid el próximo 28 de octubre con una tractorada por lo que consideran una respuesta insuficiente del Gobierno ante la subida de los costes de producción. Entre sus reivindicaciones figuran unos precios justos en origen y el cumplimiento de la Ley de la Cadena Alimentaria.

“No es aceptable que agricultores y ganaderos sigan siendo el eslabón más débil de una cadena en la que sus costes aumentan sin que puedan trasladarlos a los precios que perciben”, señalan los convocantes en un comunicado conjunto.

En este contexto, consciente de que los efectos de la guerra de Irán aún no se han trasladado a la cesta de la compra, el vicepresidente primero y ministro de Economía, Carlos Cuerpo, ha pedido a la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC) que vigile la evolución de los precios de los alimentos en “todos los pasos” y “fases de esa cadena de valor”, desde los productores hasta la llegada al lineal.

“El foco sobre cómo se forman los precios de los alimentos desde el origen hasta el punto de venta es una cuestión recurrente. Y cuando surge este debate lo que hay que explicar al consumidor, especialmente en el caso de los productos frescos, es que no llegan del árbol a la mesa. Hay procesos que encarecen el coste -desde la recogida en el campo hasta la selección y el transporte”, explica a Artículo14 Ignacio Cruz Roche, catedrático de Comercialización e Investigación de Mercados de la Universidad Autónoma de Madrid.

¿Quién gana con la subida de precios?

En los periodos de mayor inflación alimentaria, en el imaginario colectivo -muchas veces alimentado por el debate político, que aún no puede descartarse cuando formalmente no ha comenzado la campaña electoral del 29N- la subida de precios se tiende a asociar con un aumento de los beneficios empresariales. Sin embargo, los datos del Observatorio de Márgenes Empresariales de la Agencia Tributaria muestran una evolución más compleja. El margen sobre ventas de la industria alimentaria cayó durante la crisis de costes de 2022, pero posteriormente se recuperó hasta superar los niveles pre-pandemia.

En el sector primario (agricultura, ganadería y pesca) se refleja un margen sobre ventas superior al de la industria alimentaria, con una evolución similar: también retrocedió en 2022, antes de experimentar una recuperación más intensa. En este caso, se trata de un agregado de actividades muy diferentes que no permite conocer la situación particular de cada tipo de productor.

Para ambos sectores, el resultado bruto de explotación representa ahora una proporción mayor de las ventas que antes de la pandemia. Pero esto no significa necesariamente que las empresas hayan aumentado los precios para obtener mayores beneficios. Como advierte Cruz Roche, este indicador puede reflejar también una mejora de la rentabilidad porque las empresas son más eficientes y consiguen reducir sus costes. Como recuerdan fuentes sectoriales, el sector innova buscando elevar el valor añadido del producto, lo que puede justificar también un mayor precio. Un ejemplo es el tomate rosa, que ronda los cinco euros, mientras que el tradicional de ensalada no llega a tres euros.

¿Cómo reacciona la distribución?

Cuando este mismo análisis se traslada al ámbito de la distribución, Ignacio Cruz Roche subraya la fuerte competencia del sector, que obliga a los supermercados e hipermercados a mejorar su eficiencia para competir en precio, uno de los principales factores de atracción y fidelización de clientes. Una prueba de ello es el crecimiento en España de las cadenas alemanas de descuento, Lidl y Aldi, con el gancho de las promociones.

“Hay mucha competencia porque, a diferencia de otros países, tenemos menos concentración. Es algo que presumiblemente señalará en sus conclusiones la CNMC”, apunta Cruz Roche. En la anterior escalada inflacionista, en 2023, la CNMC analizó si los supermercados habían trasladado a los consumidores la rebaja del IVA de los alimentos básicos aprobada por el Gobierno. Tras examinar más de 60.000 precios minoristas, el organismo concluyó que “no se habían detectado indicios sistemáticos de falta de traslación impositiva”.

Más visitas al supermercado y menos productos por compra

Una vez contextualizado el entorno macroeconómico que ha impulsado el alza de los precios de la cesta de la compra y la adaptación de cada uno de los eslabones, la última palabra la tienen los consumidores. ¿Qué hacen cuando suben los precios?

Los datos de consumo de Worldpanel by Numerator facilitados a Artículo14 reflejan que, entre 2019 y 2025, el valor total de las compras de alimentación en España subió un 23,9%, hasta 89.962 millones de euros. En paralelo, el volumen adquirido disminuyó un 3,7%. Es decir, en este periodo, los consumidores gastaron más en alimentación pese a comprar menos cantidad. Esta diferencia se acentuó a partir de 2022.

Extrapolado al presupuesto de los hogares, la tendencia es similar. Según la misma fuente, el gasto medio anual en alimentación pasó de 3.930 euros en 2019 a 4.657 euros en 2025, un 18,5% más. Al mismo tiempo, la cantidad media adquirida se redujo un 7,9%. Una de las estrategias de ahorro del consumidor, además de reducir las cantidades, ha sido acudir más veces al supermercado, realizar compras más pequeñas y dar mayor protagonismo a las marcas de distribución. Estas últimas representan ya el 47,3% de las ventas en valor de productos de gran consumo envasados, frente al 44,5% en 2024.

Somos más y tenemos récord de turistas extranjeros

Hay otros dos factores que ayudan a explicar la evolución del consumo alimentario y que, a priori, no van a cambiar a corto plazo. “Por ahora no se vislumbra una caída del consumo. Los últimos datos siguen siendo muy favorables. El incremento de la población y el aumento del turismo conllevan un incremento de la demanda“, explica a Artículo14 Silverio Alarcón, catedrático de Economía Agraria de la Universidad Politécnica de Madrid.

Con datos del INE a 1 de julio de 2026, España roza los 50 millones (49,80 millones) de habitantes, lo que supone un crecimiento de algo más del 6% sobre los 47 millones (46,92) contabilizados en enero de 2019. La demanda alimentaria seguirá contando con el impulso demográfico y, así, la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal (AIReF) prevé un saldo migratorio neto este año de 360.000 personas y de otras 308.000 en 2027. A su vez, España se prepara para alcanzar el hito histórico de los 100 millones de turistas internacionales, casi un 20% más que antes de la pandemia.

Todo ello en un contexto de buena marcha de la economía española, con una previsión de crecimiento del PIB del 2,6%, apoyado en el consumo privado -el Banco de España prevé que crezca un 3% este año- y en unas cifras récord de empleo, con 22,5 millones de afiliados.

¿Por qué no van a bajar los precios?

“En general, una vez que los precios se han consolidado, es muy difícil que bajen. Suelen tener un comportamiento en escalera al alza“, advierte Ignacio Cruz Roche. Incluso en el supuesto de que se produjera una reducción de los costes que están impulsando las subidas —como los combustibles—, no necesariamente cabría esperar una bajada equivalente de los precios finales.

“Durante los últimos 20 años, la tónica general de los precios de los alimentos ha sido un crecimiento de entre el 1% y el 3% anual porque somos un país productor y muy competitivo. Durante la crisis económica -que impactó negativamente en el consumo-, entre 2008 y 2014, los precios cayeron porque no había demanda. Pero esa no es una situación deseable para nadie”, recuerda una fuente sectorial. Según el INE, en 2009 los alimentos encadenaron nueve meses de descensos interanuales y terminaron el año con una caída del 2,4%. En este sentido, Cruz Roche apunta que las crisis intensifican las guerras de precios entre los distribuidores, que pueden provocar la expulsión del mercado de los más débiles.

El riesgo de nuevas subidas en el horizonte

Pero que resulte improbable una bajada generalizada de los precios no significa que estos hayan tocado techo. El encarecimiento de los combustibles aún no se ha trasladado por completo a los precios finales. Especialmente en el sector agrario, los ciclos de producción son largos y los incrementos de costes tardan en llegar al mercado. “Todas las subidas de costes de producción que ha habido en los últimos seis meses probablemente se trasladen en los meses que vienen”, advierte Silverio Alarcón.

El impacto no será igual para todos los productos, sino que variará en función del peso que tengan el transporte y la energía en el precio de cada uno. Una subida del gasóleo puede afectar proporcionalmente más a productos básicos como las patatas que a determinados alimentos de mayor valor añadido. En septiembre, los no elaborados se encarecieron un 5,8% interanual, frente al 1,1% de los elaborados, según el INE.

A su vez, las estrategias comerciales condicionarán el traslado a los precios finales. Como señala Ignacio Cruz Roche, una cadena puede optar por reducir su margen para no perder clientes, mientras que otra puede tener menos capacidad para hacerlo.

Así, la subida del gasóleo no permite anticipar por sí sola cuánto se encarecerá la cesta de la compra, aunque lo que sí parece muy probable es que la nueva escalada de costes tirará al alza de los precios. Y, como ha ocurrido en crisis anteriores, lo harán para quedarse.