El 12 de octubre, después del desfile del Día de la Hispanidad, decenas de jóvenes decidieron que, en vez de irse a tomar unas cañas, era un buen momento para ir a la Puerta del Sol a hacer el saludo fascista y cantar el “Cara al sol”. Mientras tanto, grupos ultras hostigaban a quienes acampaban en defensa del derecho a la vivienda. ¡Qué gran ejemplo de unidad en el Día de la Patria!
Este bochornoso ejemplo retrata una tendencia en auge. Durante años hemos tratado el progresismo juvenil como una consecuencia casi biológica de haber nacido después, confiando en que el relevo generacional arrinconaría ciertas ideas. Sin embargo, el atractivo de Vox, que sube como la espuma entre los menores de 35 años -y, en general, de ideas totalmente opuestas a las conquistas sociales de las que todos nos beneficiamos-, para algunos jóvenes pone en cuestión esa comodidad. Como señalaba esta semana en La Sexta el politólogo Manuel Rodríguez, “la extrema derecha es el nuevo punk”: frente a un discurso institucional que defiende la igualdad, reivindicar jerarquías antiguas puede percibirse como un gesto de independencia. La reacción ofrece la satisfacción de desafiar a la autoridad a quienes identifican el orden establecido con aquello que quieren combatir.
Pero reducir el auge de las tendencias de extrema derecha a la frustración no es un análisis acertado. La frustración, por sí sola, no conduce a una respuesta reaccionaria. Entre atravesar dificultades económicas para emanciparse y responsabilizar al feminismo de todos tus males hay un trecho. Ese proceso de interpretación del malestar, la extrema derecha lleva tiempo construyéndolo y se ha hecho experta en ello. Cuando para una gran parte de la juventud resulta difícil imaginar una vida propia fuera de la casa de los padres, la extrema derecha ofrece la posibilidad de recuperar una posición que parece arrebatada. Sentirse por encima de alguien termina por compensar simbólicamente la falta de control sobre el futuro, aunque las condiciones materiales que alimentan ese malestar sigan intactas.
Ese relato, que para algunos es inocuo, no lo es tanto para nuestra democracia, ya que está marcando los primeros aprendizajes políticos de nuestros adolescentes. Si se les enseña que la igualdad les quita algo y que quien discrepa es un enemigo, aprenden también qué trato merecen los demás; cuando despreciarlos les proporciona reconocimiento dentro del grupo y amedrentarlos apenas encuentran oposición, la intimidación puede incorporarse a su idea de lo que está autorizado a hacer para imponerse. Lo que los adultos consideran una provocación puede estar convirtiéndose en una forma de entender las relaciones con los demás.
Las redes aceleran ese aprendizaje, pero no lo explican al margen de lo que sucede fuera de ellas. Como bien señaló Rodríguez, había padres que acompañaban a sus hijos menores mientras increpaban a los acampados, lo que transmitía una autorización difícil de contrarrestar después con una lección sobre el respeto. La indulgencia adulta forma parte de esa socialización, aunque resulte más cómodo buscar toda la explicación en un algoritmo.
Esa responsabilidad también se extiende a quienes hacen política desde organizaciones ajenas a la extrema derecha. Cuando el PP difunde un vídeo de Óscar Puente gritando de dolor tras lesionarse, con el mensaje “Miedo le tenías tú a un esguince”, o cuando el PP madrileño utiliza imágenes antiguas de la analista política Sarah Santaolalla bailando para responder a una insinuación suya sobre Ayuso en un acto público, está ofreciendo una recompensa a quienes celebran la humillación del adversario. La pose transgresora también puede publicarse desde una cuenta oficial.
El PSOE tampoco queda libre de pecado: en junio de 2024, Puente llamó “saco de mierda” a Vito Quiles (con quien discrepo en contenido y forma de ejercer su “periodismo”) al desmentir que hubiera utilizado un coche oficial para acudir a un concierto. Más tarde, Puente reconoció el exceso de grosería, aunque defendió que había sido descriptivo y que no había que escandalizarse tanto. Aquel mismo año, la exministra de Hacienda Montero se refirió a Miguel Tellado como “el que tiene menos pelo”, aunque posteriormente ofreció disculpas si se había sentido ofendido, y él las aceptó. Las diferencias en la gestión de estos patinazos verbales importan, y reconocer un límite también forma parte del ejemplo que se da.
Un insulto y un saludo fascista tienen significados y consecuencias distintos. Eso no impide que quienes están formando su criterio político también aprendan al observar qué comportamientos otorgan “prestigio” a los adultos. Si la humillación recibe aplausos cuando proviene de unas siglas conocidas, la lección es clara: el límite depende de quién la ejerce y de contra quién se dirige. Los partidos deberían preguntarse qué autoridad conservan para combatir la deriva reaccionaria si celebran formas de desprecio que contribuyen, precisamente, a normalizarla. Cada vez que convierten la humillación en una prueba de valentía y presentan el respeto como una concesión a los débiles, refuerzan una idea de la transgresión que la extrema derecha sabe aprovechar, aunque no siempre sea ella quien la inculque.
Ahí encuentran su oportunidad los rebeldes del orden: cuando imponerse a los demás se celebra como una muestra de carácter, resulta más fácil presentar como rebeldía el viejo propósito de “poner a cada cual en su sitio”. En esta campana electoral, empecemos por retirar nuestro aplauso a quien necesita humillarse para parecer valiente, incluso cuando lleve nuestras siglas. De lo contrario, estaremos formando parte del trabajo de quienes quieren restaurar esas jerarquías: enseñar a quienes vienen detrás que ponerse por encima de los demás es una forma de hacerse respetar.

