Opinión

Polarizados y atrincherados

Tensión en Sol entre acampados y asistentes al 12O
Tensión en Sol entre acampados y asistentes al 12O
Europa Press
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Fui un niño durante la Transición que merendaba pan con chocolate mientras la canción “Libertad sin ira” sonaba en la radio transmitiendo una alegría inefable. Recuerdo los debates televisivos en La clave que mi padre veía —se admiraba de tanta lumbrera como intervenía—, los carteles electorales pegados con engrudo que tachonaban las paredes de las calles y, también, las acaloradas discusiones de política entre mis familiares o entre las amistades. Es cierto que los españoles tenían mayoritariamente ganas de cambiar y las ilusiones por la venida de la democracia eran similares a la celebración triunfal del adventus de los emperadores romanos, pero muchas personas se comportaban como bólidos que pasaban de cero a cien en pocos segundos al hablar de política. Se calentaban. No pocas conversaciones acaban a gritos, con gestos crispados y envueltas en una atmósfera eléctrica que amenazaba con explotar al menor chispazo, pues la violencia verbal y gestual estaba por aquel entonces muy enraizada. A mucha gente se le pelaba el cable enseguida. La polarización no es un invento de hoy.

Los españoles que hicieron la Transición —un rápido bricolaje de manual improvisado para desmontar la dictadura y construir la democracia— estaban demediados, divididos en función de sus ideas, pero esa polarización horizontal, desde abajo, se desactivó desde arriba merced a los discursos, declaraciones y actitudes de los políticos, y también, debido a los periodistas, que moldeaban la opinión pública a través de la radio, la prensa y la televisión gracias a un trabajo riguroso y responsable. La mayoría de los políticos tenían una sólida formación profesional y vital, unos comportamientos públicos y una oratoria inimaginables en la actualidad; y en los medios de comunicación —a excepción de una residual prensa extremista— no existía el basureo ni se encrespaba al personal con opiniones empapadas en napalm. Ese clima permitía que quienes opinaban de manera diferente no fuesen tachados de disidentes, que conviviesen sin problemas personas de distinto pelaje ideológico, que otras maneras de pensar fuesen toleradas con pasmosa naturalidad. No fue ningún milagro, sino un empeño en entenderse.

Sin embargo, la decidida voluntad de convivencia de aquel entonces se ha tornado en una fastidiosa coexistencia. Dicha mutación ha sido trabajada a conciencia desde arriba por un sector sustancial de la clase política y por el seguidismo (generosamente remunerado en pasta y especie) de una porción de periodistas y tertulianos de bocas municionadas que confunden los platós con trincheras y califican como enemigo a quien no detente su pasaporte ideológico. Como era de esperar, lo woke y su sectarismo de martillo pilón han tenido su karma, con lo cual los polos opuestos se rechazan con la fuerza de un electroimán. Y por si fuera poco, las redes sociales —un invento que la ciencia ficción ni imaginó— se dedican a emporcarlo todo, y hasta los cargos políticos y gubernativos compiten en ellas en un pimpampum de tuits barriobajeros propios de pintadas de baños públicos. No es de extrañar cuando la esgrima verbal de los inteligentes ha sido sustituida por el navajeo bocachancla de los mediocres. Hoy día la polarización proviene de arriba y se retroalimenta con la de abajo, produciendo una tormenta perfecta. Aviados estamos.

Es ridículo —pero es real— que haya quienes, previamente a relacionarse con compañeros de trabajo, de estudios o de cualquier ámbito de sociabilidad, pidan (de forma tácita) la credencial ideológica para determinar si merece la pena conversar con ellos. Son personas infusionadas en sectarismo, con una mente puesta al baño maría de la politización que están programadas para negar incluso el saludo a quien, sospechan, tiene una cosmovisión diferente a la de ellas. Lo he comprobado no pocas veces en los institutos en los que he dado clase la última década. Por cierto, esta gente suele confundir adoctrinar con enseñar a su alumnado. Y es que, en el fondo, estos savonarolas le temen más que a una vara verde a debatir ideas con quienes piensen de manera diferente a ellos, y a la postre resuelven las discrepancias recurriendo a un par de insultos archisabidos.

Ante un horizonte tan tormentoso, conforta comprobar que, en numerosos aspectos, muchas personas parecen vestir impermeables para que les resbale la lluvia ácida de hostilidad así caiga desde arriba o desde el mundo virtual de las pantallas. La edad y la formación académica no influyen en este comportamiento sensato, sino la estructura ética, o sea, el conjunto de ideas, principios y valores. Codearse con estos hombres y mujeres equivale a superar un cursillo acelerado de tedax para desactivar explosivos sociales.

La civilización romana fue la primera en construir puentes de gran entidad. Los ingenieros emplearon el arco como solución técnica para edificar unos puentes hechos con piedra e incluso hormigón. El pontifex maximus era el supremo sacerdote de la religión oficial romana, cargo que empleaba una etimología poética insuperable, pues él personificaba el puente que unía ambas orillas, la de nuestro mundo y la del mundo de ultratumba. Que los papas adoptasen este hermoso título —el de sumo pontífice— demuestra la religación entre la cultura cristiana y la Roma antigua. No estaría mal que, frente a quienes se jactan de levantar muros entre españoles, se les responda tendiendo puentes de entendimiento para pasar de la coexistencia a la convivencia, como se ha hecho en otras ocasiones en un pasado reciente o distante.

Cuando estuve en Berlín compré una bola de plástico que contiene un trozo de hormigón del Muro que separó la ciudad durante la Guerra Fría. En el despacho de mi casa, en las estanterías repletas de libros, fotos y recuerdos, está ese pedazo gris con la etiqueta que certifica su procedencia. Es un símbolo de la opresión caída, de la libertad recuperada.

Que suene de nuevo “Libertad sin ira”, porque se avecinan tiempos nuevos. ¿Acaso no los oís llegar y no precisamente a ritmo de batucada? Mejor, escuchad a Bob Dylan.

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