Opinión

Disolver el Congreso y elegir otro

MADRID, 05/10/2026.- Vista de la entrada del Congreso de los Diputados este lunes, después de que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, haya anunciado el adelanto de las elecciones generales para el 29 de noviembre. EFE/ Fernando Villar
MADRID, 05/10/2026.- Vista de la entrada del Congreso de los Diputados este lunes, después de que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, haya anunciado el adelanto de las elecciones generales para el 29 de noviembre. EFE/ Fernando Villar
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Me siento a escribir y leo cómo los socios que sostienen a Juanma Moreno en la Junta de Andalucía han registrado una reforma de la legislación andaluza para eliminar el derecho de Adelante Andalucía a contar con un consejero dentro de la Cámara de Cuentas: o sea, mutilar un poquito más la representación parlamentaria, la cortesía con los diferentes. Esta mañana desperté, ante los anunciados como martes sociales, y sospeché que el Gobierno se predispone a hacer, en el mes y poco que nos queda de campaña eterna, o que al menos eterna nos resultará, más decretos-leyes de los que ya ha producido durante toda la legislatura.

Es curioso, porque se han dado cuenta, al final, de que más eficiente era legislar en el tiempo de descuento, con la Diputación Permanente de por medio, que legislar en el tiempo verdadero: no les hace falta contar con Junts; la pequeña cámara, su miniatura, que sirve para que haya algo en vez de nada, permite más margen y flexibilidad, una ínfima desproporción parlamentaria mediante. ¿Saben aquello de Bertolt Brecht sobre si no sería más fácil disolver al pueblo y elegir otro? Si la dicotomía es entre Congreso y Diputación Permanente, se puede, con efectos evidentes, disolver uno y obtener otra, relativamente semejante, más eficiente a unos intereses dados.

Me han preguntado alguna vez, varias veces, qué me parecen actuaciones así, como también podrían preguntarme qué me pareció la modificación de las mayorías necesarias para nombrar a los consejeros de RTVE, o qué me parecerían modificaciones a otras mayorías necesarias para facilitar cambios y que no todo dependa de mayorías reforzadas. Mi problema, confieso, es que soy una pudorosa, y la política del siglo XXI no es política para pudorosos. A mí me genera un inmenso reparo que cualquiera se cargue lo que los anglosajones llaman checks and balances, o nombre a cargos no neutrales para puestos que supuestamente requieren una neutralidad; al tiempo, soy capaz de identificar que no hacer nada equivaldría, en muchos casos, a aceptar tableros de juego que están inclinados, por diseño injustos.

No me valen en esto las críticas parciales: ¿en serio vamos a criticar, entonces, la disparidad en representación entre Congreso y Diputación Permanente, como si el Congreso fuera un fiel reflejo del país, y no distorsionara los votos a través de una ley electoral que, por su división provincial, premia a las circunscripciones más pequeñas, y encarece el voto de las más grandes? Si lo pensáramos, ¿sería, en realidad, la Diputación Permanente, por puro azar y contingencia de tener menos escaños e infrarrepresentar toscamente a uno al que en otra representación le tocaban, sí, esos menos, más representativa del voto real del país que el Congreso de los Diputados, por más que su composición fuera el fruto de un mal procedimiento?

Son un poco excusas y justificaciones. Confieso, como confesaba lo otro, que en mí gana el prurito moral, que tiendo más bien a lo procedimentalista, que el aspecto más formal de la democracia me importa, mucho, así como su buen funcionamiento, que idealizo y concibo como algo que me protegerá, supuestamente, de algo, del mal, de cualquier cosa. Pero no son, claro, procedimientos tan eficaces como dicen.

Mientras el Gobierno de Donald Trump destroza la democracia, y la prensa, y las instituciones estadounidenses, y cuando los republicanos ya han modificado a su antojo tantísimas cámaras legislativas, ¿cómo voy yo o va alguien a reprocharles a los demócratas que alteren las circunscripciones electorales de sus estados, en ejercicios de gerrymandering, cuando, cometiendo una injusticia, están acercándose más a lo justo que si asumieran simplemente la injusticia infligida por el adversario? ¿Con qué justificación, con qué objetivo? ¿Por hallarme mejor al final del día conmigo misma? ¿Por amor a la democracia como arte abstracto?

Lo que dicen protestas como las que vemos en París, en Italia, en toda Europa, en realidad, es que hoy en día la democracia fracasa, fracasa estrepitosamente. Esto explica todo, en el fondo, así el voto a unos como el voto a otros: las instituciones que nos otorgamos en distintos momentos, algunos tras la Segunda Guerra Mundial, otros bochornosamente después, ¡algunos antes!, se muestran incompletas, incapaces de satisfacer las necesidades más básicas de los ciudadanos, de darles una casa digna en la que vivir, el pan que llevarse a la boca, la felicidad de poder construir un proyecto de futuro. Ante ello, ¿voy yo a permitirme el privilegio, el lujo, de defender los procedimientos, de velar por ellos, atenderlos? Ojalá pudiera más que en mi fuero interno. Pero no es política para pudorosos, ni siquiera a la hora de comentarla; qué feliz, entonces, de no tener que estar dentro de ella, no tener que cometer ninguna injusticia en nombre de la justicia, no tener ni siquiera que pensarlo.