El café puede modificar la composición de la microbiota intestinal y provocar cambios relacionados con el estado de ánimo, el estrés y determinadas funciones cognitivas. Esa es la principal conclusión de una investigación dirigida por el neurobiólogo John Cryan, uno de los mayores especialistas internacionales en el eje intestino-cerebro, que ha analizado qué ocurre en el organismo cuando consumidores habituales abandonan temporalmente el café y después vuelven a tomarlo con o sin cafeína.
El trabajo, publicado en Nature Communications por investigadores de APC Microbiome Ireland y University College Cork, apunta a que los efectos del café son considerablemente más complejos que la conocida acción estimulante de la cafeína. Algunos cambios aparecieron incluso entre quienes tomaron café descafeinado, lo que señala hacia otros compuestos de la bebida, como los polifenoles.
«El café es más que cafeína: es un factor dietético complejo que interactúa con nuestros microbios intestinales, nuestro metabolismo e incluso nuestro bienestar emocional», explica Cryan.
Qué ocurrió al retirar el café durante dos semanas
Los investigadores estudiaron a 62 adultos sanos de entre 30 y 50 años. La mitad eran consumidores habituales de café —entre tres y cinco tazas diarias— y los otros 31 no lo tomaban. El grupo cafetero tuvo que abandonar completamente su consumo durante dos semanas antes de iniciar una nueva fase experimental.
La retirada produjo cambios detectables en los metabolitos y en determinadas poblaciones bacterianas intestinales. Posteriormente, los participantes recibieron durante tres semanas café instantáneo de manera ciega: 16 tomaron la versión con cafeína y otros 15, descafeinado.
Al reintroducir cualquiera de las dos modalidades, los científicos observaron nuevas modificaciones en varias especies bacterianas. Algunas de ellas se produjeron independientemente de la presencia de cafeína, una de las razones por las que el estudio insiste en que no puede atribuirse todo el efecto fisiológico del café a su principal estimulante.
La microbiota responde al consumo de café

Entre las diferencias detectadas aparecieron mayores cantidades de especies como Cryptobacterium curtum y algunas bacterias del género Eggerthella entre los consumidores de café. El análisis también identificó cambios en distintos metabolitos relacionados con la actividad microbiana y con el propio metabolismo de la cafeína.
Los resultados refuerzan así la existencia de una relación entre lo que ocurre en el intestino y determinados procesos cerebrales. El llamado eje microbiota-intestino-cerebro describe precisamente esa comunicación bidireccional mediante la cual microorganismos, metabolitos, sistema inmunitario y sistema nervioso pueden influirse mutuamente.
Cryan considera que el café «puede modificar lo que los microbios hacen colectivamente y los metabolitos que utilizan», aunque los investigadores subrayan que todavía queda por determinar qué mecanismos son directamente responsables de cada efecto observado.
Café con cafeína y descafeinado no producen exactamente lo mismo
Una de las conclusiones más interesantes aparece al comparar las dos modalidades. La cafeína estuvo asociada específicamente con una reducción de la ansiedad percibida y con mejoras en la atención y la vigilancia durante las pruebas realizadas.
El café descafeinado, en cambio, fue el único que mostró una mejora apreciable en las pruebas de aprendizaje y memoria. Los autores plantean que compuestos diferentes de la cafeína, especialmente los polifenoles, podrían participar en estos efectos.
Ambas modalidades coincidieron en otros resultados. Tras recuperar el consumo de café, los participantes mostraron menores puntuaciones de estrés percibido, síntomas depresivos e impulsividad. Sin embargo, se trata de medidas obtenidas en adultos sanos mediante cuestionarios y pruebas experimentales, no de evidencia de que el café pueda tratar la depresión, la ansiedad u otras enfermedades.
Un estudio prometedor, pero todavía pequeño

Los propios autores introducen cautelas importantes. La investigación cuenta con una muestra reducida y reconoce que puede no tener suficiente potencia estadística para detectar algunos efectos pequeños o moderados. Tampoco permite concluir que todos los cambios observados en la microbiota sean necesariamente beneficiosos.
Además, el estudio fue financiado por el Institute for Scientific Information on Coffee, una organización respaldada por compañías del sector cafetero. El artículo científico declara expresamente esa financiación y detalla también posibles conflictos de interés de algunos investigadores relacionados con otras empresas alimentarias y farmacéuticas.
Con esas limitaciones, el trabajo aporta una idea especialmente relevante: la cafeína explica solo una parte de lo que ocurre después de beber café. La bebida contiene numerosos compuestos biológicamente activos capaces de interactuar con las bacterias intestinales y modificar distintas rutas metabólicas.
«Nuestros hallazgos sugieren que el café, ya sea con cafeína o descafeinado, puede influir en la salud de maneras diferentes pero complementarias», concluye Cryan. Más que convertir el café en un tratamiento, el estudio abre ahora otra vía para entender hasta qué punto una bebida cotidiana puede intervenir en la compleja comunicación entre el intestino y el cerebro.

