Creo que todo niño ha deseado alguna vez dar patadas voladoras, esa técnica en la que el atacante coge impulso para, en el aire, golpear con una pierna a su oponente (aunque en verdad eso es una patada lateral voladora). La cosa puede ser incluso más molona si el atacante es capaz de hacer antes un girito volador. La patada voladora pierde el savoir-faire si el luchador cae al suelo tras el golpe, y es aún peor si el atacante no solo falla en golpear, sino que encima cae torpemente hacia atrás, impulsado por su propia pierna. Una patada voladora es un riesgo que puede convertir un enfrentamiento lúdico en charlotada de soportal. Luego creces y dejas la violencia para las películas o para el contexto deportivo (ya sea como noble competidor en deportes de contacto o como adulto frustrado que vuelca sus problemas en el partido de fútbol del niño, que también ).
Y hoy no estaría escribiendo esto si no hubiera visto a un encapuchado agredir por la espalda a un empleado que defendía su negocio de compra-venta de comics y derivados, en Niza. Ningún país de Europa tiene protestas tan violentas como Francia, y con todo y con eso de unos años a esta parte Francia parece el escenario de una distopía. En la ciudad del amor dan hostias como panes, en Bordeaux saquean tiendas de lujo, arde Limoges, tiemblan Lyon, Lille, Toulouse. Violencia por la violencia. He dedicado un buen rato a analizar el vídeo del vendedor (un particular más cercano al dependiente de La Mazmorra del Androide que a un CEO de Louis Vuitton) para entender técnica, impacto y contexto de la patada voladora: el atacante (blanco, joven, encapuchado y con media cara tapada) coge carrerilla y desde el mismo suelo salta alto para golpear con una pierna perfectamente estirada mientras que mantiene la otra doblada. Luego aterriza con agilidad sin rastro de esfuerzo, sorpresa o siquiera ira. El comerciante, golpeado en la columna vertebral, cae de morros y el impacto le arrastra unos metros hacia delante mientras algunos de los reunidos le vuelven a golpear y se ríen de él. Magnífica representación de la clase de gentuza que se adhiere a cualquier conflicto. Belisario convenció a Totila de no destruir Roma aduciendo que crear una ciudad tan bella es signo de civilización, ergo reducirla a cenizas sería justo lo contrario. Parece que aquí, entre cabestros, patadas voladoras, y tontainas grabando la gracia, no va a haber Belisario que valga.
He conocido gentuza de todos los colores. Brutos, sádicos, maquinadores y pésimos gestores de sus propias emociones. Adictos a la adrenalina, justicieros de un mundo sin grises, pésimos estudiantes casi siempre, y acérrimos extremistas que en algún momento dan el pendulazo. Esta gente, más visible en la adolescencia, va a donde haya movida. Y si no la hay, la provocan. La gente normal camina por la vida (y por la calle) sin mayor problema, mientras que este perfil humano siempre acaba a puñetazos por a saber qué afrenta entre borrachos e hiperventilados. Siempre perciben una provocación previa, una causa de fuerza mayor para dar el primer golpe. Son ellos los que se unen a grupos radicales, los que se agarran a los márgenes para prenderle fuego al mundo entero. Entre ellos juntan palos y pelos para hacer el nido en el que reposan los polluelos desocupados de las clases medias-altas y las clases bajas, esos que destrozan todo bien por rabia, bien por diversión. Los que viven como una jarana de juventud eso de destrozar la propiedad ajena y que, por desgracia, no cambiarán de opinión por más años que cumplan. Los he conocido en todo el espectro político y social. Lo que necesitan es un caldo de cultivo que les permita crecerse y aprovechar el estallido. Y una sociedad es más avanzada cuanto más contiene a esta gente que existirá siempre, como los niños jugando a las peleas, los cambios de chaqueta, o los amores de verano.

