Opinión

Acción individual

LYON, 17/10/2026.-Las protestas contra el encarecimiento de la vida celebradas este sábado en Francia estuvieron acompañadas de enfrentamientos entre grupos violentos y fuerzas del orden, incendios y daños o asaltos en edificios públicos y comercios en ciudades como París, Marsella (sur), Lyon (sureste) en la imagen, o Lille (noroeste), entre otras. La movilización reunió a decenas de miles de personas en todo el país -500.000 según el sindicato CGT-, a seis meses de las elecciones presidenciales, con reivindicaciones relacionadas con la inflación, el precio de los carburantes y la pérdida de poder adquisitivo-EFE/ Carmen Menéndez
-Las protestas contra el encarecimiento de la vida celebradas este sábado en Francia.
EFE/ Carmen Menéndez
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Como si se hubiera propuesto encarnar el cliché de la izquierda francesa, la vicepresidenta de la Asamblea Nacional, Clémence Guetté, sostiene un cigarrillo en una mano y un café en la otra, una banda tricolor que le cruza el pecho y la identifica como diputada francesa y una mala leche a toda prueba que la convierte en una diminuta tanqueta de movimientos sólidos como el plomo. Tiene 35 años, pertenece a La Francia Insumisa y su actitud relajada, casi insolente mientras conversa con varios agentes antidisturbios en medio de las protestas que han sacudido Francia ha suscitado admiración y críticas. Y memes. Solo las huelgas incendiarias podrían competir con ella en cuanto a imagen mítica, y de eso estas semanas han andado sobrados en el país vecino.

Muy por detrás de ellas, incluso detrás de la Pantera Rosa arrastrada por las fuerzas del orden, otra escena se ha abierto paso: en otra grabación difundida hasta el infinito, una mujer anónima se enfrenta a los muchachos que saquean un comercio. Se interpone, les grita, coloca las manos sobre el pecho de uno de ellos, les advierte que no es para eso para lo que han iniciado la lucha. Como cabía prever, nadie le hace caso.

Señeras entre las imágenes de los disturbios franceses, estas dos mujeres representan dos extremos, dos reacciones posibles en un escenario dominado por la fuerza; la autoridad política, una, la carencia de cualquier influencia reconocible la otra.

Sabemos ya, a estas alturas, por qué comenzaron las protestas, lo legítimo de sus reivindicaciones estudiantiles y el horror generado por las escenas de destrucción. Presenciamos también, poco a poco, la infiltración y el uso de las mismas por diversos factores, el pánico ante los encapuchados, hombres jóvenes y fuertes, liberados de cualquier control, enfrentados a otros hombres jóvenes y fuertes a quienes se les entrega el privilegio de la violencia institucional. El resultado ha sido un muerto y terribles lesiones.

¿Por qué la violencia pública sigue siendo una actividad predominantemente masculina? Un informe de la OCDE publicado este mismo año relacionaba las normas masculinas más restrictivas con una mayor incidencia de comportamientos agresivos. La pertenencia al grupo y el reconocimiento de los iguales resultan determinantes, por encima del nivel cultural, económico, la raza o la religión. En ese contexto, la violencia se convierte en un lenguaje de aceptación colectiva en el que importa tanto lo que se destruye como quién contempla la hazaña.

He pasado gran parte de mi vida dedicada a escribir sobre las consecuencias de la socialización tradicional de las mujeres: la imposición de la obediencia, el cuidado, la complacencia, la renuncia a ocupar espacio son la sombra de la dura luz en la que se educa a los varones, y que incluye la competitividad, la dureza, el dominio y el desprecio por la debilidad. La pelea física como parte del aprendizaje de la masculinidad ha sido alentada durante generaciones. Lo desearan o no, los niños debían responder a las provocaciones, ocultar su miedo. Las huellas que deja la educación huellas resultan difíciles de borrar, y eso explica por qué no basta con castigar las conductas violentas cuando has sido recompensadas durante años con admiración, complicidad y silencio.

Ninguna reforma presupuestaria resolverá por sí sola el problema de una masculinidad que encuentra prestigio en la intimidación. El fracaso de la mujer del comercio que intenta imponer una responsabilidad individual donde domina la impunidad del grupo resulta resulta desolador. Que todos los hombres que la oyen decidan seguir adelante y que ninguno esté dispuesto, ni por un momento, a desautorizar a sus compañeros solo confirma los peores presagios.

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