El pasado 10 de octubre, William Chapman, de 24 años, escaló una de las vallas que rodean el recinto de tigres de Yorkshire Wildlife Park, en Doncaster, saltó dentro, se acercó a un ejemplar de tigre de Amur, llamado Altai, y murió zarandeado ante la mirada atónita de un puñado de familias que no sabían si increpar al chaval, increpar al tigre o increpar directamente al cielo mientras seguían grabando —¿cuántas cosas se nos acumulan en la agenda, desde que las tenemos que grabar?—, así que optaron por hacer las tres cosas a la vez. Esto lo sabemos porque a los pocos minutos las redes se infestaron no tanto con las imágenes como con los comentarios a las imágenes, en esa especie de festín que siempre sucede al propio festín.
Viendo las imágenes, observando a través de la pantalla a un chico con problemas mentales a punto de ser devorado, era perturbadoramente fácil sorprenderse queriendo ver un poco más; haciendo scroll entre los comentarios para buscar un vídeo un poco más explícito; buceando en la sección de teorías que se lo cuestionaban todo, la propia veracidad de la historia, pues no es posible a estas alturas que un tigre se coma a un hombre y no haya un ranking con los diez momentos más sangrientos en algún rincón oscuro de internet.
Pensé en el primer filósofo que dijo aquello de que el avance militar más bestia no fue la bomba atómica sino la flecha; que si por algo la tecnología facilita las guerras, es decir, los asesinatos, no es tanto porque haga matar más rápido o a mayor escala, sino porque nos permite hacerlo a distancia, donde es más difícil que se nos manche la moralidad. Me vino a la cabeza el gran debate de la violencia en videojuegos, La banalidad del mal, el vídeo ese que vi en Youtube recopilando las muertes más patéticas del cine, las más inverosímiles, las más emotivas, las más explícitas y las más realistas. Recordé las risas enlatadas. Los llantos sobreactuados a la salida de La bola negra. La insensibilidad. También la frase: “La muerte de un hombre es una tragedia; la de un millón, una estadística”. Me pregunté cómo debíamos contabilizar a Chapman, si como uno o como el número de pantallas en las que haya aparecido con el tigre encima. Me dio pereza ponerme a contar.
Al cabo de unos días me apareció otro vídeo. Esta vez delante del tigre no estaba Chapman sino Donald Trump, que lo perseguía con un sprint magnífico y lo domesticaba mediante un mataleón que ni el Undertaker en la WWE. El vídeo había sido subido por el propio presidente de los Estados Unidos a su red social Truth, así que fue sencillo enredarse un rato en la ironía de que los vendedores de verdades, hoy, se esfuercen tanto en subrayar su irrealidad.
Trump ha condiviso un video AI di se stesso mentre lotta e gioca con una tigre per parodiare la tragedia di William Chapman, ucciso giorni fa da una tigre allo Yorkshire Wildlife Park.
Make this makes sense. pic.twitter.com/9AH3pXwbme— l_aforista (@aforista_l) October 14, 2026
Fue un rato que se me hizo eterno porque además abrí la prensa. Acababa de aparecer el último barómetro del CIS, que le daba al PSOE una ventaja de doce puntos sobre el PP. En X había cortes de Montse Mínguez haciéndonos escoger “entre los buitres y las familias”, alternado con noticias sobre las más de treinta casas que atesora la empresa de su novio. Pedro Sánchez surgió de pronto para hablarme de la “hucha” de las pensiones —se ve que existe— y para morrear a Begoña Gómez —al parecer, sigue profundamente enamorado—. Un calendario de pared deshojaba los días que todavía faltan hasta el 29N. Y yo qué sé. Por un segundo se me ocurrió pensar que el voto en urna, con listas cerradas, cada cuatro años, se asemeja bastante al tiro con arco. Uno dispara y lo que ocurra será cosa de la papeleta. No hablemos ya desde que los mítines de precampaña suenan a arenga militar.

