Opinión

Las pensiones y Luis de la Fuente: el único consenso nacional

Protestas de jubilados - Economía
Un grupo de jubilados protesta por la situación de las pensiones
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A los españoles nos encanta discutir, discrepar, llevarnos la contraria los unos a los otros, la mayoría de las veces, apasionadamente. Es tal nuestro virtuosismo en este otro auténtico deporte nacional, que hemos regalado al mundo una nueva especie de intelectuales, de gigantes del mundo de las ideas: los “cuñados”. El cuñadismo es a la sabiduría lo que José Luis Ábalos es al feminismo: un despropósito. Al lado de los “cuñados” españoles, que todos conocemos y padecemos, los humildes diletantes patrios que vagan sus anónimas existencias entre libros y lecturas son auténticos Sócrates, Platones y Aristóteles del espíritu.

Hay, sin embargo, dos temas en los que reina entre los ciudadanos de este viejo reino europeo un extraño consenso: las pensiones y la selección nacional de fútbol, actual campeona del mundo. Del equipo de Luis de la Fuente ya hemos escrito mucho. Ahora toca hacerlo de las pensiones, el único tema del que los políticos españoles tienen prohibido hablar en campaña electoral.

Estas elecciones son tan decisivas y excepcionales que amenazan con que las semanas previas de precampaña y campaña sean también sorprendentes y extravagantes. Ester Muñoz y José María Figaredo, portavoces de las dos derechas (la centrada y la extrema) rompieron torpemente este tabú, pero fueron pronto corregidos por sus superiores jerárquicos. El mensaje de Feijóo y Abascal fue nítido, claro y rotundo: ¡Las pensiones no se tocan!

Un envidiable bienestar

Los españoles somos uno de los grupos humanos más afortunados de la Tierra por haber nacido en el lugar en que lo hemos hecho y por haberlo hecho en esta época. No me canso de repetir que España es una gran nación, pero estas palabras no son una frase grandilocuente, ni una carpetovetónica manifestación de chovinismo ibérico: son una realidad. España goza de uno de los estados de bienestar más envidiados y envidiables del mundo. Pocos países gastan más en pensiones, sanidad, educación y dependencia que la sufrida patria de Gaspar Melchor de Jovellanos.

Y dentro de este enorme desembolso son las pensiones la partida más abultada y generosa. Los diez millones de pensionistas españoles se llevan la tercera parte de todo el gasto social del país. Los jubilados españoles saben en sus bolsillos y en sus carnes que somos una gran nación.

Hay otro dato espectacular sobre España que los ciudadanos no valoramos como se merece. Los españoles tenemos una de las mayores esperanzas de vida del mundo, tras Japón y a la par de Suiza y Suecia. La dieta mediterránea, nuestra sanidad, nuestra forma de vida son factores que contribuyen a que ocupemos un lugar de honor en una clasificación tan importante.

La combinación de una de las mayores esperanzas de vida del mundo y un gasto enorme en pensiones genera incertidumbres y preocupaciones sobre la sostenibilidad del sistema público de pensiones español; para responder a las cuales se creó en el Congreso la comisión del Pacto de Toledo, que ha realizado un gran trabajo estas tres últimas décadas con sus aportaciones y recomendaciones.

No hace falta ser, sin embargo, el gran Lorenzo Bernaldo de Quirós, el único economista español que funde en sus análisis y artículos la precisión de los números con la belleza de las letras, para saber que el sistema necesita reformas profundas que aseguren que los jóvenes actuales puedan cobrar sus pensiones en el futuro.

Las tres soluciones

Hay tres soluciones principales para reducir el inmenso déficit que se está generando y de esta forma evitar que el sistema quiebre, como muchos sostienen en privado y pocos se atreven a sostener en público.

La primera sería aumentar aún más las cotizaciones y los impuestos de los que están trabajando: esto solo lo defendería la extrema izquierda, que querría pasar de un sistema impositivo progresivo a otro casi expropiatorio, porque nadie ignora que en España ahora se pagan ya muchos impuestos.

La segunda sería reducir las pensiones de los jubilados actuales, que creo que no defendería nadie porque sería una medida profundamente injusta e impopular.

La tercera solución, que es la que yo defiendo, es que teniendo en cuenta que la esperanza de vida en España es muy elevada, habría que retrasar la edad de jubilación en todos los sectores en que eso fuese posible. Excluyo, evidentemente, los trabajos duros y los que causan un gran desgaste físico y emocional. No es lo mismo estar en un andamio a las ocho de la mañana de un lunes de enero poniendo ladrillos que en la redacción de un periódico escribiendo columnas como esta. ¡No es lo mismo!

Una deuda imperecedera

El mantenimiento del sistema público de pensiones es un imperativo categórico, un compromiso irrenunciable e inexcusable entre generaciones. Los mayores españoles son quienes trajeron la democracia a España y quienes lucharon para que nuestro país formara parte del proyecto europeo. Son la generación que apostó por el futuro y supo dejar atrás las rivalidades del pasado. Lo hicieron con inteligencia y nobleza de espíritu, escribiendo las mejores páginas de la historia de España durante la Transición. Por todo ello, por ese legado de incalculable valor que hemos heredado de ellos, los españoles tenemos con nuestros mayores una deuda imperecedera e impagable.

Tenemos, además, que aprovechar su sabiduría y experiencia para afrontar los graves problemas que asolan hoy a nuestra España, pero no porque lo diga yo, sino porque lo afirmó William Butler Yeats, el gran poeta que Irlanda regaló al mundo: “La decrepitud física es sabiduría; jóvenes / nos amamos tú y yo y éramos ignorantes”. Por último, el deber moral que tenemos de garantizar las pensiones de nuestros mayores permite que ellos puedan hacer realidad el sueño de Jorge Luis Borges, siempre Borges: “La vejez (tal es el nombre que los otros le dan) puede ser el tiempo de nuestra dicha”.

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