Todos los veranos vuelvo a las Crónicas marcianas de Ray Bradbury. No es ninguna novedad por aquí, porque ya lo he dicho en más de una columna, que admiro, que adoro a Ray Bradbury, por su escritura y su imaginación y todo lo que me transmite a través de sus palabras y puede que lo que no he contado antes es que encantaría poder sentarme a charlar un día entero con él, aunque creo que es bastante improbable teniendo en cuenta que murió hace años.
Todos los veranos vuelvo a leer sus Crónicas marcianas, quizá porque me gusta comparar lo que sucede en Marte en verano con lo que sucede en mi verano terrestre, y me gusta ver que en algunos aspectos los marcianos y los terrestres no somos tan diferentes, al contrario, somos muy iguales.
Pues vuelvo a las Crónicas marcianas y mientras releo las expediciones que Bradbury hizo llegar a Marte, lideradas por los distintos capitanes, el Capitan York, el Capitan Williams, el Capital John Black y el Capitan Wilder, pienso cómo nos sigue fascinando el espacio. La próxima semana tendremos el primer eclipse solar desde hace más de cien años, en realidad el primero del siglo XXI que llevará la oscuridad total durante unos dos minutos a varias ciudades de España y son miles de personas las que llevan tiempo preparándose para vivirlo y estarán atentas a este acontecimiento extraordinario, aunque, si lo pensamos, yo lo pienso continuamente, no hace falta que haya un eclipse solar para sentir que vivimos acontecimientos extraordinarios todo el tiempo. Desde mi punto de vista todo es extraordinario.
Sabemos que la Tierra es un planeta que gira sobre sí mismo y alrededor del Sol, una estrella que a su vez gira sobre su propio eje, y alrededor del cual orbitan los ocho planetas que forman el Sistema Solar, que a su vez forma parte de una galaxia, la Vía Láctea, que se mueve a 600 kilómetros por hora por el espacio intergaláctico, moviéndose al mismo tiempo este sistema dentro de la galaxia de la que forma parte, bamboleándose y oscilando mientras realiza la traslación galáctica.

Y todo esto lo sabemos porque lo aprendimos desde niños, desde que nuestros profesores nos lo contaron en el colegio, y desde entonces nos parece tan normal. Pero si uno lo piensa, de verdad, todo es extraordinario, y por eso no es extraño que tantas personas siguen fascinadas con todo lo que ocurre en el Universo del que formamos parte, sin que haya un eclipse de sol ni total ni parcial.
Vivimos en una bola que gira sobre sí misma y alrededor del sol y además se balancea y oscila levemente, y ahí estamos nosotros, vagando en este nuestro planeta por un espacio lleno de estrellas que nuestra mente humana no es capaz de procesar en todo su esplendor. “La vida puede contemplarse de dos maneras: pensando que todo es un milagro o pensando que nada es un milagro” es una cita atribuida a Einstein, y cuando nos adentramos en las cuestiones del Universo, creo que tiene más sentido que nunca traerla a colación.
Nos fascina todo lo que está relacionado con nuestro entorno espacial, tan desconocido, tan gigantesco y todo nos parece tan normal y no nos planteamos que lo normal podría ser lo que sucede en otro de los cuentos de Bradbury, Todo el verano en un día, donde el sol sale apenas una hora cada siete años.
Y es que todo es tan normal o tan extraordinario como quieran verlo nuestros ojos o como se hayan acostumbrado nuestros ojos y nuestras vidas a vivirlo.
Yo pertenezco a ese grupo de personas que sigue sintiendo fascinación por todo lo relacionado por el Universo, como cuando era una adolescente que se tumbaba a mirar las estrellas en las noches de verano, y por eso estudió Ciencias Físicas, porque quería ser astrofísica. Sigo mirando las estrellas las noches en que no hay nubes y sigo sintiéndome fascinada y, sobre todo, muy diminuta pensando desde donde miro esas estrellas, que es desde esta bola en la que vivo, en la que vivimos, que sigue girando y moviéndose, y bamboleándose, aunque yo no lo perciba, y me sigue pareciendo todo extraordinario, y sigo pensando que todo debe ser un milagro.

