Opinión

El otoño y la banalidad del mal

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En abril de 1961 la filósofa Hannah Arendt asistía a las primeras sesiones del juicio contra Adolf Eichmann, teniente coronel de las SS de la Alemania nazi y uno de los principales organizadores logísticos del Holocausto durante la Segunda Guerra Mundial.

Arendt se había ofrecido a The New Yorker para cubrir el juicio y escribir los artículos para la revista, siendo ya entonces una prestigiosa intelectual que se había convertido en la primera mujer en ser profesora titular en la Universidad de Princeton, y cuyo libro Los orígenes del totalitarismo, publicado diez años antes, había creado un gran revuelo en el mundo intelectual y político.

Aunque el juicio contra Eichmann, donde fue condenado a muerte, terminó el mismo año 1961, los artículos de Hannah Arendt sobre el juicio no se publicaron hasta dos años después, 1963, el mismo año en que se publicó su famoso libro, basado en su experiencia sobre el mismo juicio, y que arrastra polémica hasta nuestros días, donde ella acuñó el concepto de “la banalidad del mal”.

Con este concepto, la banalidad del mal, la filósofa intentó explicar que el mal más destructivo no siempre proviene de personas que podríamos imaginar como monstruos o seres demoníacos, sino que puede provenir de personas normales, en ocasiones burócratas, que renuncian a su capacidad de pensar críticamente y se limitan a cumplir órdenes en un sistema deshumanizado. Y es que la propia filósofa afirmó que para ella Eichmann no era un monstruo sádico ni un demonio con un odio patológico, sino que se había encontrado con un hombre “terroríficamente normal”.

Este concepto, el de la banalidad del mal, fue asimilado y aplicado a nuestra vida actual (y digital) por pensadores, sociólogos y filósofos posteriores a Arendt como Giorgio Agamben, Zygmunt Bauman o Byung Chul-Han, y aún hoy sigue creando mucha controversia. Y es que tan sólo pensando en el significado de la palabra banalidad (cualidad de banal, es decir, aquello que es trivial, intrascendente, común o que carece de importancia y profundidad, también una cosa o dicho que no tiene valor ni sustancia), es difícil manejarla junto al concepto del “mal”, porque el mal es el mal y no hay que darle vuelta de hoja, pero sí es cierto que no es tan fácil identificarlo cuando se aceptan como normales situaciones que objetivamente no lo son, que han dejado la ética y la moral a un lado, deshumanizando a otras personas, que en la lejanía no es complicado que esto suceda.

A menudo creemos que somos mejores que todos los que nos precedieron, que nuestra brújula moral es más fina que las anteriores que guiaban, pero debemos tener cuidado. Vivimos en un estado de semi anestesia colectiva donde no paramos de recibir imágenes e información de lo que sucede en determinados rincones del mundo, más lejanos o más cercanos, y nos hemos acostumbrado a ver todo tipo de desgracias como si formaran parte de nuestro entretenimiento.

Y tampoco vemos todo lo que sucede, vemos ciertas cosas de ciertos lugares, el resto no existe. Lo que ayer abrió noticias, hoy pasó al olvido, sin más. Los miles de palabras que se escribieron hablando sobre un tema, van al vacío, a la nada, no volvemos a saber qué pasa allí, en aquel lugar que un día fue titular en las noticias.

Basta recordar que sólo han pasado cinco años desde que los talibanes volvieron a Kabul, pero la vida para las mujeres de cualquier edad en este país ha cambiado de manera radical, para mal. Y si entonces vivimos en directo el regreso de los ahora gobernantes, poco o nada se habla ya de cómo la vida de las mujeres ha sido deteriorada desde las instituciones.

Y esto sirve como ejemplo para darnos cuenta de cómo el mal llega y se queda, porque nadie hace nada, o se sistematiza, o lo ampara la legalidad y los de abajo hacen lo que le dicen los de arriba. Que tampoco hace falta que uno forme parte de quienes se encargan de ejecutar, basta con mirar y no hacer nada.

Y puede que estés preguntándote que tiene que ver el otoño con el mal y la banalidad del mal. Pues nada. O todo.

Con todas las situaciones que ven nuestros ojos cada día, y precisamente por eso, por verlas tanto a menudo, corremos el peligro de convertirnos en seres indolentes, corremos el peligro de que el mal, pequeño o grande, se quede como algo que forma parte del paisaje, mientras el pensamiento crítico y la responsabilidad individual desaparece, porque todo está en otras manos, en otras cabezas, otros son los responsables.

Nos acostumbramos a ver todo y ese todo nos parece normal, y mientras, ha llegado el otoño y vuelve a ser noticia el tiempo y las temperaturas. A todo nos acostumbramos mientras no nos afecta de cerca, mientras está lejos de nosotros. Esa es nuestra condición humana. Y así nos va tantas veces.