Opinión

El PISA 2025 refleja el fracaso rotundo de la Lomloe

Selectividad Cataluña 2025 - Sociedad
Alumnos listos para someterse a un examen de Selectividad en Cataluña en 2025. | Archivo.
EFE/ R. García
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El último informe PISA (Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes) es, para qué andarse con rodeos, una auténtica vergüenza: España ha obtenido en 2025 sus peores registros históricos en Lectura, Matemáticas y Ciencias: 451, 457 y 477 puntos, respectivamente. Un tercio de los alumnos no alcanza siquiera el nivel mínimo de competencia en Lectura y Matemáticas. Para el Gobierno, todo está bien, a la manera de Ceuta: el secretario de Estado de Educación, Abelardo de la Rosa, destacaba “la importancia de la curiosidad, que es la principal actitud para ser un buen investigador”.

El último PISA es la cristalización de la ley educativa que convertiría al sistema educativo español en la nueva escuela de Atenas: la LOMLOE, aprobada en 2020, y que culminó su implantación curricular en el curso 2023-2024. El informe de 2025 es, por tanto, el primero en el que los alumnos evaluados han pasado buena parte de su etapa educativa bajo el nuevo sistema, uno que ha marginado la cultura del esfuerzo, del estudio y de la memorización; uno que ha sobreprotegido a los alumnos, no sea que estos suspendan, repitan y queden traumatizados de por vida.

“Modernizar la educación” se ha traducido en perder, desde 2015, nada menos que 45 puntos en Lectura, 29 en Matemáticas y 16 en Ciencias; respecto a PISA 2022, se dejan otros 23 puntos en Lectura, 16 en Matemáticas y 8 en Ciencias. Quizá haya llegado la hora de preguntarse si el problema no reside también en aquello que la LOMLOE considera una virtud.

Durante años se ha presentado como una conquista educativa sustituir el conocimiento por las competencias, la exigencia por la flexibilidad y la evaluación de los aprendizajes por una maraña de criterios, situaciones y procedimientos destinados a demostrar que el alumno es capaz de “hacer”. Pero hay una evidencia elemental que ninguna jerga pedagógica puede derogar: no se puede hacer sin saber. No se comprende un texto sin vocabulario. No se resuelve un problema matemático sin conocimientos matemáticos. No se razona ni se aprende a pensar prescindiendo de la memoria, del esfuerzo, de la concentración y de la lectura. Y, por supuesto, ni la igualdad consiste en que nadie suspenda, ni la inclusión en rebajar el listón, ni modernizar la educación en sustituir conocimientos por amables chorradas.

Para concluir la pintura negra, comparemos los resultados de España con los del líder: Japón. Desde la democracia, España ha acumulado ocho grandes leyes orgánicas sobre la educación no universitaria: LOECE, LODE, LOGSE, LOPEG, LOCE, LOE, LOMCE y LOMLOE. Japón, en cambio, construyó su sistema educativo de posguerra sobre dos pilares legales promulgados en 1947 —la Ley Fundamental de Educación y la Ley de Educación Escolar— y la primera no fue sustituida hasta 2006, cuando se reformó íntegramente para adaptarla a las nuevas circunstancias. Mientras España ha convertido la educación en una sucesión de revoluciones legislativas, Japón la considera una política de Estado sometida a reformas y ajustes sin necesidad de reinventar el sistema cada equis. Algo deberíamos aprender de ellos. Y no poco.

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