Opinión

El último “juego” de Juan Tamariz

El mago Juan Tamariz presenta su espectáculo "Magia potagia y más".
El mago Juan Tamariz presenta su espectáculo "Magia potagia y más".
EFE/Víctor González
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A Juan Tamariz, el mejor mago del mundo, no le gusta nada echar mano del término “truco”. Para él, su arte lo define más la palabra “juego”. Y en genial metalenguaje con su vida y con su profesión, que lo mismo es para él, su existencia ha estado conducida por su opción fundamental, el juego, y su perfecta metáfora: la magia de cerca. Mi favorita de lejos. Un pequeño arte para gobernarlos a todos.

Ya he escrito alguna vez por aquí que, después del cine, lo que más me gusta del mundo es la magia, y que el séptimo arte es un claro esqueje del gran árbol del ilusionismo. El propio padre del cine tal como lo conocemos (menos mal que adelantó por la derecha a los pedorros de los Lumière), George Méliès, era mago, y gracias a él suspendemos la incredulidad cada vez que hacemos ese viaje de luz. En el caso de la magia, el sentido de la maravilla es aún más puro, orgánico y analógico: ningún filtro hay entre el mago y tú, aquello que crees imposible se transmuta delante de tus narices sin pantalla que valga. Juan Tamariz quiso ser cineasta antes que brujo: rodó un corto con Carmen Maura titulado El espíritu, pero lo dejó por su pasión infantil. La historia, qué eterno retorno tan mágico, a veces.

¿Cómo no honrar a la magia, madre del cine y a su sumo sacerdote?

¿Cómo no agradecer a quien nos sube en su alfombra de cartón y nos transporta a un mundo de ilusión donde no existen los lunes por la mañana, aunque solo sea por un segundo?

Juan Tamariz es su mejor representante. En fondo y en forma.

MADRID, 18/08/2026.- Fotografía de archivo, tomada el 26/12/2013 en León, del veterano mago español Juan Tamariz (Madrid, 1941), que ha fallecido a los 83 años de edad, según ha anunciado en redes sociales su hija. EFE/Archivo/J.Casares
Juan Tamariz (Madrid, 1941), que ha fallecido a los 83 años de edad.
EFE/Archivo/J.Casares

Al igual que todos los Boomers, X, y algún Millennial vintage, Tamariz se nos corporeizó en el tubo catódico a través de la nave nodriza de la televisión, el seminal Un, dos, tres…y más tarde en programas ‘nicho’ como Por arte de magia, Magia Potagia, o sus incursiones en esa joya de retales que era Cajón Desastre, que apuntalaron su idilio con la televisión. La cámara le quiere. Y no me extraña. Su aspecto de dandi descuidado, jeans, chaleco o jerséis de cachemira, contrastan con esa melena acalvalada camuflada en preciosos sombreros de fieltro, que le dan al conjunto un aspecto definitivamente punki, y, desde luego, único. Y es que él es único: por fuera y por dentro. Su carisma, su sentido del show, la narrativa que incluye en cada uno de sus trucos -perdón, juegos-, y los inteligentes tics autorales marca de la casa, le convierten en el padre de la magia moderna, espejo de miradas de todas las generaciones de magos que han venido después, incluidas sus poperas némesis.

Le he visto varias veces en directo, en teatros grandes y pequeños, repitiendo los mismos “juegos” como si fuera la primera vez: esa es exactamente la medida de la capacidad de fascinación. Después, he seguido su estela disfrutando de discípulos mayores, el genio Jorge Blass, quien le honra cada vez que puede y reinventa su legado en esa catedral del ilusionismo que es el Festival Internacional de Magia y otros, más concentrados y magófilos, como mi último descubrimiento, el anacoreta Mago Jaque y su micromagia, escondido en esa cueva para cafeteros que es la Sala Houdini.

Así que permíteme que haya escrito este texto en presente, en lugar del pasado simple. Si el hombre que ha hecho que veamos más allá de Orión a través de una simple baraja, y hacer del magistral Truco de las Seis Cartas, el encofrado de todo lo que vemos ahora con un fulano subido en un taburete, comprenderás que me cueste bastante creer que se ha ido, así, sin más, inocente como ese niño que cada vez que se le sienta en la butaca de terciopelo empieza a chorrearle el agua bautismal. Si me dejas, me gustaría seguir hablando de él en presente, pero no por una elegía melancólica, sino porque realmente tengo mis dudas razonables de que toda la historia de su muerte sea cierta.

Podría escribir un obituario, tal como me ha pedido la jefa de todo esto, si de verdad tuviéramos la certeza de que los teletipos están más allá de la magia: podría, entonces, alabar su aportación al marco teórico de la cartomagia, sus fundamentales manuales sobre rutinas y técnicas, la creación de La Gran Escuela de Magia, y su mayor truco -permíteme Juan, por esta vez, la palabra-: gustar a todo el mundo. Pero no conviene creerse la realidad del todo. Él nos lo enseñó así.

Y aseguran que se ha muerto con 83 años. Iluso de ti. ¿Acaso crees que el hombre que susurraba a la baraja para que bailara a su son no iba a ser capaz de realizar un último truco, o juego, mejor? ¿Quién crees que está ahora detrás del rojo telón, orquestando ese viaje y convirtiéndonos a todos, por primera vez, en auténticos ilusos?

Y además sabe tocar el violín. Lo tiene todo el chaval